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GAS
Llegaron un miércoles por la tarde, cuando la luz de marzo empezaba a ponerse larga y dorada sobre las calles de Villaverde y Oliver estaba en medio de una declaración sobre un coche robado con una señora de setenta años que insistía en que el ladrón llevaba "una camisa muy bonita, azul verdoso, como el mar de Almería."
Tres camionetas. Negras, sin matrícula visible, con las lunas tintadas. Aparcaron en la calle de delante y en el callejón lateral simultáneamente, lo que significaba coordinación, lo que significaba que alguien sabía el plano del edificio.
Oliver no las vio llegar. Estaba de espaldas a la ventana.
Lo primero que oyó fue un sonido extraño, un silbido suave que no encajaba con nada de la sala, y luego vio a la señora del coche robado mirando hacia la puerta con una expresión confusa, y luego vio a Dante levantarse de su escritorio y decir algo que Oliver no pudo escuchar porque el silbido se estaba convirtiendo en algo más denso, algo que se sentía en la garganta.
Gas.
Oliver se levantó. O intentó levantarse. Sus piernas no respondieron del todo bien al primer intento, y el segundo ya era tarde porque el techo se estaba inclinando de una manera que los techos no deberían inclinarse y la señora del coche robado ya estaba en el suelo y Dante también y Oliver pensó, con la última claridad disponible antes de que todo se volviera negro, en Wren.
Wren.
Y luego nada.