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SUJETO PRIMARIO
Tuvieron que retroceder.
Era lo que Oliver menos quería hacer en ese momento y lo que Sable determinó en dos segundos de cálculo que era lo correcto: había demasiadas personas en el área de procedimientos, la seguridad estaba en posición activa, y entrar sin más preparación equivalía a un fracaso garantizado.
Oliver lo aceptó porque sabía que era la decisión correcta. Lo aceptó con la misma sensación que tiene un dique cuando aguanta el agua: desde fuera parece estable, pero la presión que sostiene no desaparece, solo espera.
Salieron del conducto por una sección diferente, hacia un almacén vacío en el borde del nivel cinco, y Sable organizó el espacio en silencio, puso un sensor portátil en la puerta, y luego se giró hacia los dos.
—Necesitamos un plan más detallado antes de intentar entrar al área de procedimientos.
—Setenta y dos horas —dijo Mei—. Eso es lo que dijo la voz.
—La doctora Sauer —dijo Sable—. La reconocí. Lleva seis años en Kronovus, tres en esta instalación. Tiene autorización de nivel máximo.
—¿Qué sabemos de ella? —dijo Oliver.
Sable sacó el comunicador propio —uno más sofisticado que el que Oliver llevaba en el oído— y habló brevemente en voz baja. Un momento después consultó algo en una pantalla pequeña.
—Elke Sauer. Cuarenta y siete años. Doctorado en biología molecular en Heidelberg. Publicaciones legítimas hasta hace doce años, cuando desapareció del circuito académico oficial. Tres antes de eso trabajó en Zúrich en investigación de enfermedades autoinmunes. Nada en el registro público después del año doce.
—¿Familia? —dijo Oliver.
Sable lo miró.
—¿Por qué importa?
—Porque la gente que tiene algo que perder toma decisiones diferentes —dijo Oliver—. Si tiene familia, hay algo en ella que no está completamente...
—Un hijo —dijo Sable, consultando—. Treinta y dos años. En Berlín. No tienen contacto visible desde hace al menos cuatro años.
Oliver guardó eso.
—¿Y Wren? ¿Cómo está?
Sable lo miró con esa expresión que Oliver ya estaba aprendiendo a leer: no era frialdad, era procesamiento.
—Desde el conducto la vi —dijo finalmente—. Está sentada. No está en contención física. —Una pausa—. Parece entera.
Oliver exhaló despacio.
—Bien.
—Oliver —dijo Mei, y su voz tenía un cuidado particular—. Los documentos que vi en Rotterdam. Cuando el Remanente llega a la fase final en un portador... hay síntomas. No siempre visibles desde fuera. Pero el proceso empieza antes de la extracción.
—¿Qué tipo de síntomas?
—Los sujetos anteriores describieron algo como... presión. Desde dentro. Y algunos reportaron episodios donde no podían distinguir sus propios pensamientos de algo externo.
Oliver pensó en something moving underneath everything.
—Lleva tiempo con eso —dijo en voz baja.
—Lo sé. —Mei lo miró—. Eso puede significar que el Remanente está más avanzado de lo que Kronovus cree. O puede significar que Wren lleva más tiempo conviviéndolo que los demás sujetos y ha desarrollado algún tipo de... relación con él.
—¿Relación?
—No tengo una palabra mejor. Los datos son incompletos.
Oliver miró el suelo del almacén durante un momento.
—Hay algo que no os conté —dijo—. Antes de que nos capturaran. El último día en la comisaría, Wren me dijo algo. —Hizo una pausa—. Me dijo que a veces soñaba con dos voces que no eran la suya pero que la conocían. No como voces externas. Como... parte de ella. Y que cuando soñaba eso, cuando se despertaba, se sentía menos sola.
Silencio en el almacén.
—¿Cuántos seres describió Corvus que emergerían? —dijo Mei despacio.
—Dos —dijo Oliver.
—Dos voces —dijo Mei.
Nadie dijo nada durante un momento.
Sable rompió el silencio de manera pragmática, que era su especialidad:
—Tenemos setenta y dos horas. Yo necesito hacer un reconocimiento completo del nivel cinco antes de intentar la extracción. Ustedes dos necesitan descansar porque en las próximas veinticuatro horas voy a necesitar que funcionen. Y necesitamos encontrar a un hombre llamado Vaz.
—¿Vaz está aquí? —dijo Oliver.
—Según Corvus, sí. No se fue con la niña. Se quedó dentro. Lo cual es o muy estúpido o tiene una razón muy buena.
—Cuando lo encontremos, sabremos cuál —dijo Mei.
—Si es que quiere hablar —dijo Oliver.
—Hará que quiera —dijo Sable, con una tranquilidad que Oliver encontró tanto reconfortante como levemente preocupante.
Pasaron las horas siguientes en el almacén. Sable hizo el reconocimiento que prometió, saliendo y volviendo en intervalos calculados. Mei durmió durante tres horas con una disciplina que Oliver encontró admirable e inalcanzable. Oliver intentó hacer lo mismo y consiguió algo que fue más parecido a una vigilia con los ojos cerrados, en la que su mente recorrió en bucle los mismos puntos: Wren en el área de procedimientos, la voz de Elke Sauer diciendo seventy-two hours, los zapatos desgastados en el bordillo de una calle de Villaverde.