09
LA PARED DEL LADO
Mei tenía una mente que funcionaba como Oliver imaginaba que debería funcionar una máquina muy buena: ordenada, secuencial, con la capacidad de mantener varios problemas activos al mismo tiempo sin que se contaminaran entre sí. Era la persona más inteligente con quien Oliver había hablado en un espacio de confinamiento, lo cual era una categoría nueva para él pero que intuía que era una distinción significativa.
A lo largo de las horas siguientes reconstruyeron entre los dos, a través de la pared, todo lo que sabían: lo que Corvus había dicho, lo que Mei tenía de sus propias investigaciones, lo que Oliver sabía de Wren.
—La empresa —dijo Mei— tiene presencia oficial en Sydney, Seúl, Zúrich y São Paulo. Las tres primeras son instalaciones legítimas de investigación farmacéutica. Esta no aparece en ningún registro oficial. Ni en los catastros de Australia ni en los listados de empresas. Eso significa que está bajo algún tipo de estructura fantasma, probablemente a través de una serie de holdings que se terminan en algún paraíso fiscal.
—¿Cómo los encontraste tú?
—Seguí el material. Hace ocho meses apareció en el mercado negro europeo una muestra biológica que no coincidía con ningún patógeno conocido. Pequeña muestra, fragmentada, claramente extraída de un ser vivo bajo condiciones no ideales. La análisis genómica tardó semanas pero cuando llegó, el resultado fue que la secuencia era parcialmente artificial. No completamente —había un núcleo orgánico natural— pero con modificaciones que no deberían ser posibles con la tecnología que se conoce públicamente.
—¿Y eso te llevó a Kronovus?
—Eso me llevó a un laboratorio en Rotterdam que resultó ser un subcontratista de tercera generación de Kronovus. Desde Rotterdam hasta Lisboa, desde Lisboa hasta aquí. —Una pausa—. La muestra que encontramos en Rotterdam, Oliver. Era de una niña. El perfil genético era de un individuo femenino de entre ocho y doce años.
Oliver no dijo nada durante un momento.
—¿Wren?
—No puedo confirmarlo sin análisis comparativo. Pero la cronología encaja. Si alguien extrajo esa muestra antes de que Vaz la liberara, y luego la niña desapareció del radar de Kronovus...
—Kronovus la buscaba —dijo Oliver—. Por eso llegaron a la comisaría.
—Exacto. No vinieron por ti. Vinieron por ella. Y te llevaron a ti porque eras el único que sabía algo sobre ella.
Oliver pensó en Wren en algún lugar cinco pisos más abajo. En sus manos doblando papel. En something moving underneath everything.
—¿Qué es el Remanente, Mei? Corvus me dio la versión resumida pero tú llevas meses en esto.
Una pausa.
—Lo que sé con certeza es limitado. Los documentos que encontré en Rotterdam eran fragmentos, no el cuadro completo. Pero hay una teoría entre los pocos analistas que lo han estudiado —incluyendo los nuestros en Seúl— de que el Remanente no es solo un agente biológico modificador. Es algo más complejo. Algo que interactúa con el organismo a un nivel que va más allá de lo celular.
—¿Qué significa eso en concreto?
—Significa que tal vez Corvus tiene razón en que lo que Kronovus quiere hacer no es solo extraer un virus. Es extraer algo que está entretejido con ella. Y ese proceso...
—La matará —dijo Oliver.
—Sí.
Silencio.
—Mei —dijo Oliver—. ¿Tienes algo de entrenamiento físico?
—Karate desde los trece años. Cuatro años de entrenamiento de campo. He salido de dos situaciones de captura previamente.
—¿Cómo?
—La primera vez con un clip de carpeta y mucha paciencia. La segunda me ayudaron desde fuera.
—¿Y si tuvieras que salir sin ayuda exterior?
—Depende de cuánto acceso tenga a materiales. ¿Por qué?
—Porque Corvus dice que alguien va a llegar en veinticuatro horas. Pero si por alguna razón eso falla, quiero que tengamos un plan B.
Una pausa. Luego, y Oliver podría haber jurado que la oía sonreír a través de la pared:
—¿Sabes que llevas dos días secuestrado en un laboratorio ilegal en Australia y todavía sigues pensando como policía?
—Es que soy policía.
—Oliver. Eso ya no es suficiente para lo que viene.
—Lo sé —dijo él—. Por eso te estoy preguntando a ti.
La risa de Mei fue pequeña, breve, y completamente real. Era la primera vez que Oliver la oía reírse y fue, en las circunstancias, una de las cosas más inesperadamente reconfortantes que había escuchado en varios días.
—Bien —dijo Mei—. Hagamos un plan B.