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EL ARCHIVO
El acceso secundario que Vaz les había descrito era una puerta de mantenimiento detrás de un panel de pared en el sector B, tan integrada en el diseño del corredor que Oliver habría pasado frente a ella diez veces sin verla. Sable la encontró en cuarenta segundos, que era el tipo de eficiencia que Oliver había dejado de intentar cuestionar y había empezado a simplemente agradecer.
Antes de entrar, Mei se detuvo.
—Hay algo que debería ver —dijo. Tenía en la mano varias páginas impresas que había sacado de la sala de Vaz mientras Oliver hablaba con él—. Tomé esto de su escritorio. Son registros internos.
Oliver y Sable miraron las páginas. Eran documentos de Kronovus: registros del Sujeto Primario, con fechas y observaciones en columnas apretadas.
Oliver los leyó.
Los primeros registros eran científicos: temperatura, presión arterial, respuesta neurológica, niveles de actividad del agente. El tipo de datos que se toman de algo que se considera un experimento. Eso lo hizo sentir un frío específico que no tenía que ver con la temperatura de la instalación.
Pero hacia el final de las páginas, los registros cambiaban de tono. Alguien —una letra diferente, no la de Elke Sauer según Sable, que reconocía la caligrafía de los documentos previos— había añadido notas en los márgenes.
Sujeto muestra respuesta cognitiva consistente con nivel adulto en sujeto de 10-12 años.
Respuesta emocional normal. Afectividad normal. Esto no es un síntoma del Remanente. Es ella.
Si el procedimiento continúa como está planeado, destruiremos algo que no podemos replicar.
Y al final, en la última página, en letras más pequeñas:
Debemos parar esto.
—¿Quién escribió esto? —dijo Oliver.
—No lo sé —dijo Mei—. Pero alguien dentro de esta instalación tiene dudas. Y eso puede ser útil o puede ser una trampa.
—¿Cómo distinguimos?
—Entrando —dijo Sable—. Vamos.
El acceso secundario daba a un corredor más estrecho que los principales, del tipo que usan los técnicos de mantenimiento y que por esa razón tiene menos cámaras y menos circulación de personal. Sable lo navegó con sus planos memorizados y las correcciones de Mei basadas en lo que había extraído de la tablet del rellano.
Cuatro minutos. Corredor, esquina, corredor, una puerta que Sable abrió con lo que Oliver había aprendido a llamar mentalmente "el aparato" porque no tenía nombre para él, y después un espacio diferente.
El área de procedimientos de Kronovus no era lo que Oliver esperaba.
Esperaba algo frío, de metal, quirúrgico. Y lo era, en parte: había una mesa central con equipamiento médico que Oliver reconocía y equipamiento que no reconocía. Había pantallas con datos activos. Había la inconfundible calidad de iluminación de un espacio donde se hacen cosas que requieren ver bien.
Pero también había libros.
Una estantería en la pared del fondo, llena de libros. No científicos, no manuales. Novelas. Una baraja de cartas sobre una mesa pequeña. Y en el suelo, junto a la pared de la derecha, varios papeles con dibujos.
Dibujos de plantas de edificios. Dibujados con una precisión pequeña y exacta.
Oliver los reconoció.
Y en el centro de la habitación, sentada en una silla junto a la mesa central pero no en la mesa, con la espalda recta y los ojos en la puerta como si llevara tiempo esperando que alguien la abriera, estaba Wren.
Los miró entrar.
Sus ojos fueron primero a Sable, evaluando, calculando. Luego a Mei, lo mismo. Y luego a Oliver.
Y algo en la expresión de Wren, que Oliver había aprendido a leer en dieciséis días de cartas y barritas de cereales y cuadernos compartidos, cambió.
No fue dramático. No fue un grito ni un sollozo. Era Wren, y Wren no hacía las cosas de manera dramática.
Fue el movimiento de sus manos: estaban doblando la esquina de un papel, como siempre, y de pronto se detuvieron. Completamente. Por primera vez desde que Oliver la conocía.
Se quedaron quietas.
—Hola, Wren —dijo Oliver en inglés, manteniendo la voz baja y firme a pesar de lo que sentía.
—You came, —dijo ella. No como pregunta. Como confirmación de algo que había calculado.
—Te dije que iba a estar ahí si me necesitabas.
—You didn't say that.
—No, tienes razón. —Oliver cruzó la habitación y se puso en cuclillas frente a ella para quedar a su altura—. Pero lo pensé. ¿Cuenta eso?
Wren lo miró durante un momento.
—It counts, —dijo.
Y luego hizo algo que Oliver no había visto antes: extendió la mano y la puso brevemente sobre el antebrazo de él. Un contacto pequeño, deliberado, que duró exactamente lo que tenía que durar y nada más.
Oliver tuvo que respirar despacio para que nada de lo que sentía en ese momento fuera visible en su cara, porque Sable ya estaba mirando las salidas y Mei estaba revisando el equipamiento médico y no era el momento.