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LA TUMBA
La enterraron en España.
Era lo que Oliver quería y Corvus, sorprendentemente, no puso obstáculos. Los papeles fueron complicados —Wren seguía sin existir oficialmente en ningún registro, lo que creó un problema burocrático que Mei y un equipo legal de Axil tardaron tres semanas en resolver— pero se resolvieron. Se le dio un apellido: Villa. Oliver lo propuso casi sin pensarlo y nadie lo cuestionó.
Wren Villa. En un papel.
En un cementerio de las afueras de Madrid, en una tarde de finales de abril con el tipo de cielo que tiene Madrid en esa época —alto, limpio, con una luz que no está ni fría ni caliente sino exactamente en el punto medio— Oliver y Mei estaban de pie frente a la tumba.
Dante estaba detrás, un poco apartado, con las manos en los bolsillos y una expresión que era exactamente la de alguien que entiende que hay momentos en que el mejor apoyo es estar presente y en silencio, y que ese era uno de ellos.
La lápida era sencilla. El nombre, las fechas aproximadas que el médico había estimado, y una frase que Oliver había elegido porque era la única que le parecía verdad:
Siempre supo la hora.
Mei, a su lado, tenía las manos cruzadas frente a ella. Miraba la lápida con la misma intensidad que ponía en todo, como si quisiera guardarla.
—She would have said this is too serious, —dijo en voz baja, en inglés, que ya era el idioma que usaban cuando hablaban de Wren.
—Probably, —dijo Oliver.
—She would have said something dry and slightly too accurate and then changed the subject.
—Yes.
Un silencio.
—I miss her, —dijo Mei.
—Yo también.
Oliver sacó del bolsillo el dibujo que Wren le había dado en el safe house de Sydney. La planta de la comisaría de Villaverde, con la silla junto a su escritorio marcada con una pequeña estrella. Lo miró un momento y luego lo puso delante de la lápida, en el suelo, apoyado en la piedra.
Luego sacó la foto doblada que llevaba siempre.
La miró. Su padre, joven, con la misma mandíbula cuadrada, sonriendo frente a algo que quedaba fuera del encuadre.
La devolvió al bolsillo.
—Dante —dijo Oliver.
—Aquí —dijo Dante desde detrás.
—Gracias por el artículo del periódico.
—El periodista lo hizo. Yo solo le di la información.
—Lo sé. Gracias de todas formas.
Dante asintió.
—Para eso están los compañeros, Villa. —Una pausa—. ¿Cuándo vuelves?
—¿A Villaverde?
—A trabajar. A cualquier comisaría. A donde sea.
Oliver pensó en Riera, que en ese momento estaba en mitad de un proceso disciplinario que probablemente terminaría en cargo formal. Pensó en el formulario 17-B, Incidente Menor con Vehículo de Motor. Pensó en el café quemado y en los años que tenía el olor de ese café.
—Pronto —dijo—. No sé dónde. Pero pronto.
Dante asintió de nuevo y guardó silencio.
Oliver miró la tumba.
En algún lugar de la instalación de Axil en Nueva Zelanda, las dos entidades que habían salido de Wren estaban en el proceso lento y extraño de aprender a existir. El médico los llamaba cada dos días con actualizaciones que sonaban a algo sin precedente porque eran algo sin precedente. Oliver hablaba con ellos —o hacia ellos, porque la comunicación todavía no era lo que podría llamarse comunicación convencional— cada vez que el médico lo permitía.
Le habían prometido a Wren que estaría ahí. Estaba ahí.
Mei se movió levísimamente, un cambio de peso de un pie al otro, y su brazo rozó el de Oliver brevemente antes de quedarse quieto.
Oliver no se apartó.
Y en el fondo del cementerio, junto a la verja de hierro vieja, una figura estaba de pie.
Oliver la vio antes de que Mei la viera. Un hombre. De pie sin hacer nada particular, solo mirando hacia donde ellos estaban. Desde la distancia no podía verse bien, pero Oliver reconoció la postura: la quietud particular de alguien que ha aprendido a estar en los márgenes sin llamar la atención pero que en este momento no está intentando no llamarla.
El Custodio.
Estaba ahí.
Los miró. Oliver lo miró.
Y luego, sin prisa, sin gestos, el Custodio se dio la vuelta y caminó hacia la salida del cementerio y desapareció detrás del muro.
Mei lo había visto también.
—Was that...?
—Sí —dijo Oliver.
Un silencio.
—He was there for her, —dijo Mei—. Not for Kronovus. Not for Axil. For her.
—I think so.