La casa de la familia Reyes estaba ubicada en una colonia prestigiosa y el panorama era muy bello porque cada vivienda estaba rodeada de extensos jardines, a una distancia considerable una de otra. La privacidad que había entre los vecinos era agradable.
En la yarda de la residencia, estaba Gustavo, sentado debajo de la sombra de un frondoso árbol.
El aroma a flores, vegetación y aire limpio lo rodeaba y aunque de vez en cuando respiraba profundo en medio de su concentración, el bello panorama lo tenía sin cuidado. Su interés se lo llevaba la pantalla de su laptop. Los dedos de sus manos en el teclado, se movían en armonía con las teclas que pulsaba. Examinaba el archivo de uno de los casos que llevaba el bufete y en el que su jefe, Luis Vázquez lo había puesto a trabajar. La defensa del caso la llevaría él mismo si a su jefe le gustaba lo que le presentaba.
Era su oportunidad.
Debía armar un escrito breve, limpio y en forma con todas las pruebas que tenía para demostrar la inocencia del cliente, uno de oficio. Aunque tenía días de no ir al despacho, seguía trabajando. Repasaba una y otra vez el perfil de los involucrados en el caso y las pruebas recolectadas por los peritos. Pensaba en motivos e ideaba hipótesis, escribiendo y borrando porque había algo que no encajaba.
—¿Es tu primer caso? —le preguntó alguien a su lado.
Sorprendido, Gustavo levantó la mirada para ver a Joel. No lo había escuchado cuando se le acercó.
—Sí, bueno, así era hasta que… está bien, no importa.
—Hasta que Luis te involucró con lo mío y no de manera legal, sino doméstica.
—Sí.
—Pero veo que no te has rendido.
—¡Jamás, señor! Seguiré siendo su chófer de tiempo completo hasta que se me libere de este cargo, pero también llevaré la defensa de este caso, tengo las pistas suficientes para armarlo.
La sonrisa apenas se dibujó en los labios de Joel al escuchar la convicción del joven, pero fue suficiente para suavizar su expresión.
—El culpable siempre es el que más inocente parece.
Gustavo sí sonrió al oírlo. Cerró la laptop, la metió a la bolsa y se levantó.
—A veces sucede así, como también ocurre que el que parece más culpable, es inocente. ¿Necesita que lo lleve a algún lado, señor?
—No, gracias, sigue en lo tuyo. Sólo salí a dar un paseo por aquí.
Señaló el bosque que colindaba con los jardines de las casas.
—Por cierto —dijo cuando ya se marchaba—. ¿Por qué sigues sin utilizar la habitación que te dio mi madre para trabajar en tu caso? Sólo entras a dormir.
—Gracias, señor, pero el aire libre me ayuda a despejar la mente.
—Bien, como prefieras. Me gustaría liberarte de esta faena, pero si Luis te puso aquí, por algo será.
—No se preocupe, señor, que disfrute de su paseo.
Joel agradeció y continuó su camino.
Gustavo lo miró alejarse mientras se internaba en el bosque, sin embargo, su pensamiento ya se había introducido de nuevo en la escena del crimen. Recreó las imágenes que tenía, el difunto encontrado en la sala de su casa (un hombre de cincuenta años de edad), acuchillado cuatro veces, dos en el vientre y dos en el pecho, el arma homicida: un cuchillo de cocina. En el arma se habían encontrado tres huellas diferentes, la de la víctima, la de su hijo y la del presunto asesino, quien a pesar de haber sido encontrado al lado del cadáver con el cuchillo en sus manos, alegaba inocencia.
—Es lo que se ve, pero ¿qué es lo que no veo? —se preguntó Gustavo—. Sé que hay algo más, ¿qué es?
Volvió a sentarse, sacó la laptop y repasó de nuevo todo, pensando en lo mismo una y otra vez.
Había huellas en el cuchillo: Lógico que se encontraran las de la víctima y las del hijo, ambos vivían en la misma casa y utilizaban la cocina por igual.
Coartada del hijo: A la hora en que fue el asesinato, él estaba en la fiesta de uno de sus amigos.
Coartada de los vecinos: todos tenían una y fueron comprobadas, excepto la del presunto asesino porque vivía solo y nadie pudo confirmar su justificación.
De acuerdo al testimonio del inculpado, una noche a la semana, él, la víctima y otro de los vecinos, los tres muy amigos, se reunían a jugar ajedrez y en esa ocasión tocaba verse en la casa de la víctima. Como siempre, él había estado en su casa antes de ir a la de la víctima. Le pareció curioso encontrar la puerta abierta y al llamar a su amigo y no obtener respuesta, entró, así encontró a su vecino de muchos años en la sala, herido de muerte. Le pareció que todavía respiraba y en su vientre estaba clavado el cuchillo. Sin pensar más que en ayudarlo, le sacó el cuchillo. En eso apareció en la escena el tercer jugador y al ver lo que pasaba, llamó a la policía, para él, su amigo lo había matado y así lo dijo cuando hizo la llamada.
Evidencia y testigo incriminaban al cliente, pero en todo eso, había un cuarto personaje que podría ser real o tal vez sólo un producto de la imaginación de la vecina que vivía enfrente de la casa del muerto. Poco antes de que la víctima fuera encontrada por el presunto asesino, a la mujer le pareció ver una sombra en el jardín de su vecino, pero la visión fue tan breve, que se desvaneció en la noche.
Editado: 28.09.2026