Amor Ciego

Capítulo 12

—¡No lo puedo creer!

La exclamación provino de Paloma, la que, con una gran sonrisa, miraba a su hermana ir de un lugar a otro.

Estaba de verdad sorprendida y feliz.

Con el paso del tiempo, Mariana se había aprendido la ubicación de todos los muebles de la casa. Ya no había obstáculo que se le presentara a la joven madre, ni adentro del hogar ni afuera porque también había aprendido a andar por el extenso jardín; a reconocer los diferentes sonidos de la hacienda.

A falta de la vista para recopilar información, Mariana había incrementado la agudeza del resto de sus sentidos para organizarse mejor en su manera de comportarse. Su resolución de no ser una carga para su familia, la había ayudado bastante a adaptarse al problema de su ceguera.

Sin embargo, la sonrisa de Paloma se apagó cuando se acercó al alto ventanal de la sala cuyos cristales corredizos estaban abiertos.

Al mirar afuera, notó a sus sobrinos corriendo en el jardín detrás de unas mariposas. Los chicos aprovechaban las mejoras del mal tiempo, así que salían a jugar afuera tanto como podían, pues la época de lluvia duraba varios meses.

Los niños intentaban atrapar a las mariposas con unas pequeñas redes que Marcos les había proporcionado y Peludo corría detrás de ellos, saltando y ladrando, al parecer muy contento. Nucita en cambio, dormitaba al cobijo de la sombra del porche, indiferente a lo que hacían los demás.

Era un bello cuadro que Mariana no podía ver, así que suspirando y sin pensar, dijo:

—Si pudieras mirar a tus hijos.

Le dolió que su hermana no pudiera verlos, tan felices, renovados desde que habían llegado a la hacienda y Mariana, sintiendo su tristeza, habló en tono jovial:

—¡Vamos, Paloma! No te pongas triste por mí que puedo escucharlos y los noto más que felices. Mejor descríbeme lo que ves.

—Mmm, a lo lejos veo una colina llena de vegetación. Al pie de ella hay verdes prados que se extienden hasta esta propiedad. Hay muchas flores silvestres y el sol está en lo alto. La brisa que hace mueve las flores, como si las hiciera bailar. Frente a la casa hay un lindo jardín, grande y colorido. En medio están dos lilas que hacen sombra y ahora tus hijos se sientan debajo, con Peludo entre ellos, seguro para recobrarse de la agitación que les provocó perseguir a esas mariposas. La gata duerme en el porche.

—Puedo imaginarlo, Paloma.

Mariana se acercó a la joven y miró también afuera. Fijó su mirada en un punto en especial, como si de veras pudiera ver algo, entonces murmuró:

—Vienen unos caballos.

—¿Unos caballos? ¿Dónde? No veo nada.

Mariana señaló con la mano derecha una dirección y poco después, de entre una arboleda, los caballos se hicieron visibles. A medida que se acercaban a la casa, Paloma pudo distinguir con claridad a los jinetes. Sintió dos cosas. Emoción por ver a uno de los hombres y sorpresa de nuevo ante la agudeza del oído de Mariana.

Al igual que con Joel, la chica se había habituado a que con él llegaba también Gustavo. Él era muy conversador y siempre encontraba un tema para compartir con ella, pero lo que más le gustaba era que Gustavo se llevaba muy bien con Nat y Ander. Sus trucos de magia los entretenía a todos. Era muy alegre y siempre amenizaba los momentos que pasaba con ellos.

—¡Paloma! —dijo Mariana cuando la sintió moverse hacia la puerta—. Hace tiempo que quiero decirte algo, pero…

La chica se detuvo, se volvió y miró el cambio de expresión en el rostro de su hermana. Por alguna razón se sintió inquieta, así que volvió sobre sus pasos y se puso ante ella.

—¿Qué pasa, Mariana?

La voz de Mariana tembló cuando susurró:

—No sé si deba decírtelo, yo… no, olvídalo.

—¿Qué es? Dímelo, hermana. ¿Qué te inquieta ahora?

—Más que inquietar, me altera para mal desde que lo supe y mis sentimientos se vuelven malos, Paloma, porque…

Se rompió su voz y sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¿Por qué, Mariana?

—Porque le deseo todo lo malo a una persona.

—¿A quién?

—A Joel Reyes.

Paloma la miró con incredulidad al preguntar:

—¿A Joel Reyes, por qué? ¿De dónde lo conoces?

Mariana negó con la cabeza al momento de explicar:

—No lo conozco, pero sé que él… ese hombre, Joel Reyes fue quien mató a Sergio.

Paloma se echó para atrás, impactada por la revelación. Sin saber que su rostro se había desfigurado por la impresión, balbuceó:

—¿Qué dices, Mariana? ¿Cómo sabes que fue él?

—Lo sé porque ese mismo día del accidente, escuché a unos chicos comentarlo. Uno de ellos grabó un vídeo del suceso y lo subió a Yout, pero según él, se lo borraron. Yo no he podido buscar ese vídeo, o alguna nota en el periódico, Paloma, pero tú puedes, por eso es que me he animado a decírtelo.

—¡Mariana! —Paloma se asió de los hombros de su hermana y zarandeándola un poco, exigió, pálida—: ¿Estás segura? ¡Dime que no es verdad esto que dices!




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.