Mariana caminó inquieta por toda la sala, tan distraída, que un par de veces se golpeó por debajo de las rodillas con la mesa de madera que hacía juego con los sillones que adornaban la estancia.
Atenta cada día en escuchar los ruidos que le llegaban de afuera, esperaba oír la cabalgata de aquellos dos caballos que en días pasados solían llegar a la hacienda de una dirección y en cuanto escuchaba llegar a un jinete, salía afuera sólo para descubrir que se trataba de alguno de los empleados que trabajaban en la propiedad.
Le costaba aceptar que Nic ya no iba a verlos… a verla.
Su pena por la ausencia de él era mucha y no bastaba el mes que había pasado para calmar su dolor y su decepción. Una tremenda y horrible desilusión que la desanimaba, pero no por lo que había ocurrido entre ellos, sino porque él de verdad se había ido a pesar de eso.
Eran sentimientos encontrados, pues no quería valerse de lo que había sucedido entre los dos para que volviera, pero era lo único que quizás lo movería a hacerlo.
Y en el revoltijo de sus emociones, comprendía que él nunca la engañó, de eso estaba segura. Cuando le dio todo de sí, ella ya sabía que él se iba de viaje.
Estúpida esperanza. Siempre en espera de que uno de esos días, él apareciera.
—Paloma —dijo en cuanto la escuchó entrar—, ¿cómo sigues tú?
La joven dejó la mochila en el sillón pequeño al momento de responder:
—Ya estoy mejor, Mariana, gracias.
La noche pasada, Paloma se levantó varias veces al baño. Al parecer, había comido un alimento que le hizo daño y aunque Mariana le pidió que faltara a clases, ella se empeñó en ir. A partir de que Joel los inscribiera en los institutos educativos, iban a clases. Marcos era quien los llevaba a la escuela y también los traía de vuelta a casa.
—¿Y qué, por tus hijos no preguntas, Mariana? No han entrado conmigo —informó la chica para desviar la atención de su hermana de sobre ella.
Paloma había estado luchando contra sus propios demonios. La culpa por haberle ocultado a Mariana la identidad de Joel seguía dañando su espíritu. Ya comprendía muy bien por qué él había aceptado presentarse a su hermana con otro nombre y ella, incauta, hasta le ayudó con el alias.
La chica se había vuelto reservada, porque temía que si hablaba mucho, podía revelar el secreto. Se sentía molesta y le costaba manejar su mal humor.
Cuando Mariana la escuchaba gritarle a los niños, trataba de comprenderla al pensar que su actitud se debía a que también extrañaba a Gustavo. Ella nunca había visto que Paloma se llevara tan bien con alguien ajeno a la familia como lo hacía con Gustavo y no veía mal la amistad que había surgido entre su pequeña hermana y Gustavo, pues ella misma había tenido un amigo que le llevaba muchos años, aunque después, este se convirtió en su esposo.
—Es cierto, ¿dónde están? —cuestionó la madre con aprensión.
—Acompañaron a Marcos a los corrales; los pollitos están rompiendo cascarón y han ido a ver.
—Vaya, qué rápido terminaron la incubación.
—Sí —asintió Paloma moviendo la cabeza de arriba abajo, aunque su hermana no la pudo ver y luego, sin transición, añadió—: ¡Tengo mucha hambre! ¿Qué comeremos hoy?
Mariana suspiró, después de lo cual preguntó:
—Paloma, ¿todavía no hay nada de nada de ese vídeo? Te pedí que lo buscaras, ¿no se te olvidó, verdad?
Paloma casi hizo una rabieta, pues pensó que ya la iba a dejar en paz. No quería gritarle que nunca buscó ese mentado vídeo del accidente de Sergio en Yout, ni en ninguna otra página de Internet y mucho menos en los periódicos pasados. ¿Para qué si ella ya sabía que sí, que Joel Reyes era la causa de la muerte de Sergio?
Joel por fin había salido de sus vidas y todos los asuntos relacionados con el trabajo en la hacienda corrían a cargo de Marcos, ¿qué caso tenía seguir amargando sus vidas? Sin embargo, a pesar de que pensara así, la culpa, el remordimiento y la pena no querían dejarla.
—No se me olvidó, Mariana, pero no hay nada. Yo creo que ese tipo que mencionó el vídeo mintió, quizá se lo inventó.
—Estoy segura que no, Paloma, ¿porqué lo haría?
—¡Yo qué sé!
—Paloma, cuando escuché a ese chico decirlo, lo noté muy serio, incluso irritado, así que lo que dijo es verdad, ¿dudas de lo que te dije?
—¡No, claro que no, pero... bueno, tú comprende que también es cierto que esa gente tiene el poder para cambiar la historia, si quiere.
—¡Malditos ricos! ¡Haber si su dinero les sirve cuando la destrucción les llegue a ellos!
Paloma quiso gritar. Ella ya había voceado a los cuatro vientos lo mismo y para nada le había servido. Su impotencia era tan grande como la de su hermana, pero como no podía hacer más que seguir guardando su secreto, fue a encender la televisión con la esperanza de encontrar un programa que tranquilizara a Mariana.
—Ponlo en el canal de las noticias —le pidió su hermana al momento de sentarse frente al aparato—. A ver si a alguien se le ocurre sacar la nota. Tarde o temprano tendrá que señalarse al culpable.
—Mariana, si la noticia no salió en su momento, menos saldrá ahora. Mejor vayamos a comer.
Editado: 28.09.2026