Amor Ciego

Capítulo 15

Mariana no pudo creer lo que escuchó de Marcos, así que él volvió a repetírselo:

—Es cierto, señora Mariana. De alguna manera, Joel Reyes consiguió contactarme y me pidió que le dijera eso. El jueves la espera en su casa.

A pesar de que hubo una cosa que Mariana no comprendió: ¿cómo es que Joel Reyes sabía que ella y sus hijos estaban en esa hacienda?, prefirió concentrarse en que por fin iba a verlo.

Él le daba la oportunidad de enfrentarlo.

Y mientras se llegaba dicho día de la semana, pasó el tiempo perdida en sus meditaciones, cambiando una y otra vez las palabras del discurso que le lanzaría a la cara. Primero lo acusaría de asesino, luego le mostraría su dolor y después, le diría que por su parte no lo perdonaba. Que lo odiaría toda su vida e incluso le desearía todo el mal habido y por haber.

Y lo haría sentir muy culpable cuando le pidiera la devolución de su hijo. Quería hacerlo sufrir más que lo que ella sufría.

—¿Qué tienes? —le preguntó Paloma el miércoles por la tarde al notarla muy inquieta.

—Nada, ¿por qué?

Mariana intentó tranquilizarse ya que no le había dicho a Paloma de la entrevista que tenía con Joel Reyes. ¿Para qué preocuparla? Ya de por sí su hermana estaba muy irritable.

—¿Te sigue doliendo el estómago? No te veo bien.

—Estoy bien, Paloma, no te preocupes.

Pero no se sentía bien y cuando llegó el jueves, su intranquilidad fue más difícil de dominar, aunque logró controlarse hasta que los chicos partieron a la escuela, pero Marcos se vio afectado por su ansiedad, así que más tarde, mientras la conducía a la residencia Reyes, tuvo que decirle en tono severo:

—Tranquilícese, porque si me preocupo de más por usted, no la llevaré allá.

Mariana aspiró y exhaló varias veces para sosegarse y aunque pudo reprimir sus emociones un poco, al entrar a la urbe sintió que sus sienes palpitaban y entonces, el olor del desodorante que había para aromatizar el interior del auto, le produjo unas horribles náuseas, así que fue la primera en descender al llegar a su destino. No pudo evitar arquearse sobre su vientre para vomitar.

—¡Mariana! —exclamó Marcos apresurándose a su lado—. ¿Se siente bien?

La palidez en el rostro de ella fue alarmante, pero irguiéndose, Mariana respondió con voz temblorosa:

—Sí, Marcos, gracias. ¿Por dónde vamos?

Él la tomó del brazo y la guió a la puerta en donde timbró sin saber que un percance inesperado le había ocurrido a Joel, quien en ese momento trataba de detener un taxi para llegar a su casa.

Hacía una semana que se había animado a volver a manejar, liberando así a Gustavo, quien a pesar de todo, había logrado armar el caso de la defensa de una forma tan concluyente, que convenció a Luis para que le diera el honor de representar ante el tribunal al presunto culpable.

«Sucedió lo que esperaba de él, Joel», le había platicado su amigo Luis después de ganar el caso. «Gustavo, a pesar de que lo aparté del caso al no darle las últimas pistas de la investigación, no se rindió y optó por hacerlo a su manera. Utilizó sus contactos y recopiló datos que lo llevaron al verdadero asesino. Lo hubieras visto de qué forma interrogó a uno de los testigos. Lo quebró, Joel y ante el jurado, lo hizo confesar la verdad».

«Me alegro por Gustavo, Luis, felicítalo de mi parte».

Joel había leído la reseña del juicio en el periódico. La nota destacaba el desempeño del joven abogado, de qué forma mediante su interrogatorio, había hecho que uno de los testigos del fiscal y que era el mejor amigo del hijo del muerto, confesara que él se había valido del curso que tomó en el último año de preparatoria en efectos especiales para hacer una máscara semejante al rostro de su amigo, contratar a alguien para que la usara la noche del asesinato y así hacer parecer que el hijo del difunto estaba en la fiesta con unos amigos mientras el verdadero iba a matar a su padre.

También fue revelado el motivo que llevó al hijo a matar a su padre: fue por venganza.

El difunto no era el verdadero padre, sino el padrastro, quien a su vez había matado a la madre del hijo adoptado cuando este era un niño de diez años, así el niño fue testigo del asesinato.

Por años, aquel niño creció detestando la impunidad del que se decía su padre. Nadie lo había castigado porque sólo él conocía la verdad, así que al final se había cobrado la muerte de su madre con la vida de su asesino.

Un gran rollo había sido todo eso, como lo era el percance de Joel en esos momentos que por más que levantaba la mano para detener a los taxis que pasaban por ahí, ninguno se detenía porque todos iban ocupados.

Joel mostró su desesperación lanzando una maldición. Miró el reloj de muñeca y maldijo de nuevo. Medio día y por la puntualidad que le conocía a Marcos, dedujo que las visitas ya estaban en su hogar.

—¡Con un demonio! —gritó cuando otro taxi pasó de largo.

Joel le dio un puntapié a la llanta del auto que, aparcado en la orilla de una de las más traficadas avenidas, se había desinflado.

—¿Por qué a mí?




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