—Mariana, ¿me escuchas?
La joven madre se sobresaltó, ruborizándose a continuación cuando la voz de Joel penetró sus pensamientos. Se había quedado perdida en su mente, así que tardó en darse cuenta que ya estaban solos y él le anunciaba algo.
—Perdona, ¿qué decías?
Joel examinó el rostro de ella descubriendo el sonrojo en sus mejillas y deseó saber a qué se debía, pero debía concentrarse en lo que le había dicho anteriormente, cosa que no había sido fácil para él, así que volverlo a repetir era muy penoso para él.
—Me voy de viaje, Mariana.
Mariana se estremeció ante la sobriedad en la voz de él.
—¿Te vas de viaje? —repitió, confundida.
No quiso pensar mucho en lo que eso significaba. No deseó cuestionar si él iba a volver, porque esa nota en su voz la puso de nervios.
—Es un viaje de negocios y no sé cuánto tiempo me lleve.
Eso quería decir que se iba por tiempo indefinido y un dolor atravesó el corazón de ella, pero se obligó a preguntar:
—¿Te vas muy lejos?
Estúpida pregunta que salió en medio de un sollozo, pero no se atrevió a preguntar otra cosa ni a levantar la voz por temor de traicionarse y dar rienda suelta a la tristeza que ya sentía.
—Voy al extranjero —respondió, también en tono apagado.
Sintiéndose muy desdichada, Mariana luchó con sus sentimientos. Trató de sonreír.
Que no la viera llorar. Él había llegado en el momento más desesperado de su vida, así que estaba muy agradecida y por eso le dolía su partida.
Que no la viera sufrir por él, porque en ese instante supo que no sólo sentía agradecimiento hacia él, sino... algo más.
Que no se diera cuenta cuánto lo iba a extrañar.
Pero debía decir algo, porque los había envuelto un silencio muy incómodo, así que sin pensar, recurrió a un sentimiento que siempre la invadía cuando recordaba a cierto sujeto.
—Qué lástima que te vas, Nic, porque había pensado pedirte que me acompañes a ver a ese hombre. Tendré qué ir sola.
Joel, mirándola sorprendido, inquirió:
—¿A qué hombre, Mariana?
—A ése. A Joel Reyes, el asesino de mi hijo —le anunció con una voz tan llena de rencor, que él casi jadeó por la sorpresa.
También estuvo a punto de preguntar cómo sabía que era Joel Reyes quien había atropellado a Sergio, pero logró dominarse a pesar de la ansiedad que sintió. Sus manos temblaron al cerrarlas en un puño mientras pensaba en qué podía decir para no revelar su tormento.
—Mariana, no es conveniente que lo veas.
La irritación la doblegó al escucharlo. Se dio la vuelta y comenzó a alejarse de él a pasos agigantados, como si viera por dónde iba, así que antes de que un rosal se cruzara en su camino, pues se había lanzado sin primero reconocer el terreno donde estaba, Joel la detuvo. Se puso delante de ella manteniendo las manos sobre los hombros que temblaban por la agitación que le concedía el sentirse incomprendida.
A ella le decepcionó pensar que él no comprendía su deseo de enfrentarse al asesino de Sergio, ese anhelo que sentía de gritarle su dolor, que él supiera lo que padecía por su culpa.
Quería eso, sí.
De mínimo ese desahogo. Lo necesitaba.
—Quiero gritarle mi odio, Nic, que lo sepa —susurró entre lágrimas—. Sólo quiero un poco de justicia, porque sé que su hazaña ni siquiera salió en las noticias.
—Lo sé —la estrechó en sus brazos y rompiéndose su voz, manifestó—. Mereces esa justicia. Tu hijo la merece, pero no hay nada que puedas hacer. Él tiene todo a su favor, Mariana.
—No es justo. Mi hijo yace en una tumba oscura y fría, ahí donde los gusanos se lo comen y él... él anda por ahí gozando de la vida como si nada.
«No como si nada, Mariana. A él se le ha dado vivir en vida en un infierno», pensó él atormentado.
—Mariana —le susurró en el oído, controlando el temblor de su voz—. ¿Puedes por un momento ponerte en su lugar?
Ella levantó el rostro. Fijó su vista en la de él, como si de veras lo viera e interrogó, demasiado sensible.
—¿Qué quieres decir? ¿Estás de su parte?
—No, pero, ¿te has preguntado alguna vez cómo le ha afectado a él lo sucedido? ¿Crees que será fácil para ese hombre olvidar ese accidente? Si te hubiera pasado a ti, es decir, que tú hubieras atropellado a alguien, no digamos ya a un niño, sino a una persona cualquiera, ¿lo olvidarías? ¿Lo harías, Mariana?
Con sus preguntas, él deseaba tanto que lo comprendiera, pero ella se movió inquieta en sus brazos y no se apartó porque él no se lo permitió, sino que más bien, cuando ella se defendió, la estrechó más.
—No me sucedió a mí, así que la cuestión está de más y si tú no estás de mi parte, estás de parte de ese asesi...
La silenció de pronto para que no siguieran lastimándolo sus palabras y lo hizo con un beso. Un beso profundo que tomó a la mujer por sorpresa, no obstante, se encontraba en un momento en donde sus sentimientos estaban a flor de piel.
Editado: 28.09.2026