Gazo (que comience el juego) Borrador

Cap 27. Primer inseminación

¿Que motivos llevan a una joven de 17 años a inseminarse?

Ella estaba recostada sobre una camilla ginecológica, en una habitación ya conocida. Vestía un equipo de paciente: gorra, bata y zapatos de hospital.

Tenía apenas diesisiete años, de edad, pero se veía como una joven de poco más de 20, muy madura para su edad.

El lugar parecía seguro para ella, eso su cuerpo lo demostraba.

A su alrededor, un equipo de profesionales se movía con precisión. Sobre una mesa estaban preparadas las muestras y las herramientas necesarias para realizar el procedimiento.

Todo estaba dispuesto para insertar los dos óvulos fecundados.

Sí, dos óvulos, había que asegurar que 4 niñas nacieran y sería un exito sólo dos embarazos.

La chica permanecía tranquila y, al parecer, hasta relajada.

No había nervios en su rostro ni señales de miedo, pero sí algo ruborizada.

Tampoco parecía particularmente emocionada. Permanecía allí con una seguridad que resultaba difícil de interpretar, como si aquella situación perteneciera a su destino.

El equipo médico se encontraba atento, supervisando cada paso. La genetista encargada del procedimiento mantenía la mirada fija en el monitor.

Mientras los especialistas avanzaban, este mostraba las imágenes para comprobar que los dos óvulos quedaran correctamente colocados.

Sin contratiempos se realizó correctamente.

Los genes que llevan esos óvulos son extraordinarios.

El silencio en el pasillo que conectaba el laboratorio principal con el área residencial era casi absoluto. Solo se escuchaba el leve zumbido del sistema de ventilación de alta eficiencia y el eco amortiguado de los pasos a su alrededor que salían de la habitación.

La genetista le dió unos minutos para el cambio de ropa, alsalir le entregó una receta con los detalles del cuidado que debía mantener desde ahora.

—Vuelvo en una semana para el chequeo, asegúrate de cumplir con lo indicado ahí.

—Si, tranquila, sé que debo cuidarme.

—Intenta reposar las horas que más puedas el primer mes, una vez que estén desarrollándose y sin riesgo, podrás volver a tu rutina habitual, pero sin excesos.

—Lo tengo claro, reposo, nutrición, complementos, y cero estrés.

—Perfecto, ahora sí me retiro. Cuídate.—se despidió con un abrazo acogedor y un beso en la coronilla de la joven.

—Lo hareeé, lo haré. —le dió un par de palmaditas en la espalda durante el abrazo.

Una hora después se dirigio a su dormitorio, llevaba la bolsa de la farmacia en la mano, el cadete fue rápido.

La luz tenue de los veladores y el resplandor blanco de la pizarra de cristal iluminaban la estancia. Su compañera de dormitorio estaba sentada con las piernas cruzadas sobre su cama, con una libreta apoyada en las rodillas y un marcador entre los dientes. Al verla entrar dejó todo de lado de inmediato.

—¿Cómo te fué? — analizando el rostro de la ahora futura madre, en busca de cualquier rastro de dolor o incomodidad.

Terminó de entrar cerró la puerta con suavidad y apoyó la bolsa sobre la mesa de luz. Se quitó los zapatos con calma y se dejó caer en la cama frente.

—Todo perfecto —respondió con esa tranquilidad pasmosa que la caracterizaba.

—Los dos óvulos quedaron en la posición correcta. Confirmado por la ecografía, ahora a esperar mientras descanso, me alimento y sigo al pié de la letra todas las recomendaciones.

Sltó un largo suspiro que no sabía que estaba reteniendo y sonrió, dejando ver alivio.

—Dos... —murmuró la otra, mirando el vientre aún plano.— Es una locura pensar que ahí adentro ya se está armando un dúo magistral. ¿Te sentís bien? ¿Te dolió algo?

—Nada, esto me va a salvar de a los dolores menstruales por 9 meses. «hay que ver el lado positivo » —La incomodidad se quedó en la camilla, pero no fue corporal, sino pudor, con los hombres que estaban ahí, se que son profesionales, pero que te vean la flor, o mejor dicho el pimpollo, da verguenza, creo que es l peor parte.

—Ya tengo la lista de indicaciones y los medicamentos para asegurar la fijación

—señaló la bolsa. —Ya pedí todo, a partir de mañana empiezo con la rutina estricta.

Su compañera se levantó, caminó hacia la bolsa y sacó las cajas de medicamentos para revisar las prospectos uno por uno, comparando los componentes.

—Me voy a encargar de que no te saltees ninguna toma —dijo, ordenando los blisters sobre la mesa de luz —De la parte física y del seguimiento de ustedes voy a estar atenta. —Mantendré el registro privado en la libreta encriptada.

La furura mamá la observó trabajar con una mezcla de orgullo y afecto silencioso. Afuera, a través de la gran ventana que daba hacia el valle, la noche de la montaña era de un negro profundo, salpicada únicamente por las estrellas y las luces distantes de la garita de seguridad.

—Él estuvo hace una hora aquí, como siempre revisando los nanotransmisores y dispositivos antes de irse —comentó en voz baja, cambiado de tema.

Su compañera se detuvo un segundo con una caja en la mano y la miró.

—¿El Monarca?

—Sí. Los dejó funcionando en la mesa central. Tiene una precisión milimétrica, un pulso envidiable.

—Él me da cada vez más curiosidad, no habla de nada que no sea de sus proyectos—admitió, volviendo a guardar los medicamentos.

—Pero me encanta su profesionalismo y me alegra que su tecnología responda de manera óptima. —Si los nanotransmisores están estables, el monitoreo a distancia cuando viajes a casa los fines de semana va a ser indispensable.

Mientras la escuchana se recostó sobre la almohada y miró el techo. Por primera vez, se llevó una mano al vientre de forma instintiva, cubriéndolo.

—A partir de hoy, empezó la cuenta regresiva.

Su compañera regresó a la cama, apagó la luz principal del escritorio y dejó solo la lámpara tenue de noche. Se acomodó de lado, mirando la cama de en frente en la penumbra.




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