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Cap 28. Secreto de Amatista

La manipulación genética.

Los cuatro meses habían sido eternos para Amatista.

Antes de que la genetista ingresara a la sala de procedimientos, ella se encontraba a solas preparando el contenedor criogénico sobre la mesa de esterilización. Su postura era tensa y sus movimientos, inusualmente calculados. Miraba de reojo la puerta mientras manipulaba con precisión quirúrgica el catalizador de nitrógeno donde descansaban las pajuelas con los embriones.

La chica, recostada en la camilla de la antesala, no notó el leve temblor en los dedos ni la forma en que Amatista contuvo el aire durante tres segundos antes de sellar el contenedor de inoculación

Un ojo entrenado o desconfiado habría notado la duda en su rostro, pero aquello solo era visto como el rigor científico habitual. Amatista acomodó los viales de la muestra sobre la bandeja estéril, ajustó la temperatura del bloque de incubación transitoria y dejó todo listo para el procedimiento.

Sin decir una sola palabra más de las necesarias, se retiró de l habitación y descendió en silencio hasta la planta baja, donde se ubicaban su laboratorio y su habitación privada.

Al cruzar el umbral de su dormitorio, la puerta se cerró con un clic. Soltó una exhalación profunda y comenzó a caminar en círculos en el reducido espacio entre la mesa de trabajo y la cama. El remordimiento, la adrenalina, los nervios luchaban en su pecho. Cruzaba los brazos, se tocaba la frente y volvía a recorrer la habitación de pared a pared, incapaz de calmar el pulso mientras imaginaba lo que estaba ocurriendo un piso más arriba.

La segunda inseminación, y una sería su bebé.

Arriba ya se encontraba posicionada en el sillón ginecológico reclinable, el mismo donde 1 año atrás había sido inseminada de Gizel. Llevaba puesta la bata médica desechable, el gorro quirúrgico y los protectores para calzado; el protocolo de asepsia la trataba con el rigor de cualquier paciente clínica.

La genetista ingresó, saludó con una inclinación de cabeza y verificó los marcadores de identificación en la bandeja que Amatista había preparado. Con pulso experto y la ayuda de un ecógrafo de alta resolución para guiar el catéter, procedió a la implantación. Introdujo con suavidad los dos embriones en la cavidad uterina.

A pesar de haber dado a luz a Gizel apenas tres meses atrás, el cuerpo de la chica mostraba una capacidad de recuperación extraordinaria. La combinación de juventud saludable y lo estricta de su rutina física, la nutrición optimizada y el complejo multivitamínico de alta síntesis que Amatista le había formulado personalmente habían devuelto a su matriz el tono e irrigación ideales para un nuevo gestación.

—El procedimiento fue un éxito absoluto nuevamente—le anunció, retirando el instrumental y apagando la luz del monitor auxiliar. —La transferencia se completó sin resistencia.

La doctora tomó su libreta digital, imprimió una receta física y la dejó sobre la bandeja.

—Te dejo la orden médica. Ya sabes el proceder, debes pedir hoy mismo en la farmacia el suplemento de hierro concentrado y los protectores hormonales para las primeras semanas.

La genetista se retiró del área estéril, la chica permaneció recostada unos diez minutos, guardando el reposo indicado. Luego, se incorporó con cuidado, se quitó la bata, el gorro, y se vistió con su ropa habitual.

El encuentro en la planta 1

Bajó por las escaleras hacia la planta baja y encontró a Amatista en el área común, tratando de fingir concentración en una pantalla de datos.

—¿Salió todo bien? —preguntó Amatista en cuanto la vio entrar, manteniendo la voz lo más neutra posible.

—Sí, todo correcto —respondió con una sonrisa cansada pero optimist. —Se hizo la implantación sin problemas. Ojalá que esta vez los dos embriones logren prenderse y llegar a término.

—Sí ojalá, y evitarás 4 partos, serán solo 3 embarazos.

—Voy a hacer el pedido y me voy a recostar.

—Claro, ve a descansar yo recibo la entrega.

A los pocos minutos, el timbre del canal de entregas sonó. El farmacéutico de la base llegó con el pedido de la receta: las cajas de hierro, el ácido fólico de alta absorción y los parches de soporte prostágeno.Los tomó y firmó la recepción de los medicamentos y guardó todo en su casillero.

Una semana después ambos seguían ubicados.

La esperanza era enorme para la mamá secreta.

Tres meses después — El ultrasonido

Doce semanas más tarde, la luz tenue de la sala de diagnóstico iluminaba la pantalla del ecógrafo en la planta 2. La genetista deslizaba el transductor sobre el vientre, cubierto de gel conductor frío.

En la pantalla, dos sacos gestacionales claramente definidos mostraban la presencia de dos siluetas en perfecto desarrollo, con sus respectivos latidos cardíacos resonando en un ritmo ágil y constante a través del altavoz.

—Ahí las tienen —dijo la genetista con una sonrisa. —Dos embriones perfectamente implantados, creciendo a la par y en impecables condiciones. Son dos niñas. Felicitaciones, vas a tener mellizas.

La joven dejó escapar un suspiro de alivio y alegría, un embarazo menos. A su lado, Amatista reaccionó de una manera inusual: se llevó las manos a la boca, soltó un grito ahogado de júbilo y la abrazó con una efusividad desmedida, mucho más cálida y demostrativa que la que había mostrado durante el procedimiento anterior, y en todo el embarazo de Gizel.

La joven se extrañó levemente por semejante desborde emocional, normalmente tan reservada y analítica.

—¡Es que no puedo creerlo! —se justificó Amatista rápidamente, disimulando el temblor en su voz mientras le apretaba las manos.

—Me alegra tanto que esta vez ninguno de los dos embriones se haya perdido... que los dos hayan sobrevivido y estén acá. Es perfecto, ¿yo puedo elegir un nombre?

Le sonrió, y su movimiento de cabeza dijo si, conmovida por el gesto de Amatista, sin sospechar nada, guardó silencio unos segundos esperando.




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