La Llamada

Capítulo 22 — El reinicio

Ibáñez dio vuelta la hoja.

Era una foto. Una sola, sacada con flash, el tipo de fotografía que no se toma para ningún álbum familiar. Un hombre tendido, los ojos entreabiertos, la piel de un color que Luisa no quería reconocer, aunque su cuerpo entero ya lo estaba reconociendo antes de que su cabeza terminara de procesar la imagen completa.

Pedro.

— ¿Lo conoce?

Luisa no pudo contestar enseguida. Se quedó mirando la foto, esperando que cambiara, que se convirtiera en otra cosa, en cualquier otra cosa que no fuera lo que era.

—Es Pedro.

—Pedro Salcedo. Sí.

—Está vivo. —Lo dijo con una firmeza que ya no sentía del todo—. Lo llamé hace unos días. Hablé con él.

Ibáñez la miró con esa misma lástima de antes, más pesada ahora, casi insoportable.

—Está muerto, Luisa. Desde hace una semana.

—Eso no es cierto.

—Lo encontraron en un refrigerador. En la fábrica donde ambos trabajaban. Congelado. La palanca de emergencia estaba rota.

Cada palabra le caía encima con el peso exacto de algo que ella ya conocía, que ya había vivido, pero que ahora volvía a ella desde un lugar completamente distinto, como si el tiempo se hubiera doblado sobre sí mismo y la hubiera devuelto al mismo punto sin que ella se diera cuenta del viaje.

—Yo estuve con él esa noche —dijo Ibáñez, con la voz baja, casi con cuidado, como quien maneja algo que puede cortar—. Con él, no. Con el caso. Un testigo la vio salir de la fábrica furiosa, cerrando la puerta de un golpe. Otro testigo, en un bar, esa misma madrugada, la escuchó decir que lo había matado. Sin querer, pero lo había matado.

—Eso no puede ser. Yo lo vi. Hablé con él por teléfono. Nos encontramos en un bar hace unos días, tomamos un café, él me acompañó hasta la puerta.

Ibáñez no dijo nada. Dejó que el silencio hiciera, otra vez, el trabajo que las palabras ya no alcanzaban a hacer.

—Pregúntele a cualquiera —insistió Luisa, con la voz subiendo, sin poder controlarla—. Pregúntele a la fábrica. A los policías que me interrogaron la primera vez. Al detective que...

Se detuvo sola. Recordó, de golpe, con una claridad que le heló la sangre en las venas, la comisaría vacía de Aranda. El joven detrás del mostrador que le había dicho, con total seguridad, que ningún detective con ese nombre trabajaba ahí. Que no había ningún reporte de una muerte en esa fábrica. Ni esa semana ni el mes anterior.

Ella había pensado, en aquel momento, que eso era la prueba de que la Voz había cumplido. Que Pedro estaba vivo y el mundo entero se había acomodado alrededor de esa verdad, borrando cualquier resto de la otra.

Ahora entendía que había interpretado el reloj al revés.

***

—Cortó el vínculo —dijo Luisa, en voz muy baja, casi para sí misma.

— ¿Qué vínculo?

No contestó. No había forma de explicárselo a Ibáñez, no de una manera que él pudiera creer, no sin sonar exactamente como la mujer a la que ya una vez habían amenazado con llevar a un servicio de salud mental.

Entendió, en ese momento, con una precisión fría que le costó sostener sin que le temblaran las manos, el mecanismo completo de lo que había hecho.

Cuando cortas el vínculo, todo vuelve al punto anterior a la primera promesa. Como si nunca se hubiese cumplido.

La primera promesa había sido Pedro vivo.

Cortar el vínculo no significaba que el mundo siguiera adelante desde donde ella lo había dejado, con el auto robado, con el choque, con las heridas y los muertos de la ruta acumulados como capas de tierra sobre algo más viejo. Significaba que todo eso —absolutamente todo, desde la primera llamada en el bar— se desarmaba hacia atrás, hasta el momento exacto en que ella había cerrado la puerta del refrigerador y se había ido furiosa, sin mirar atrás, dejando a Pedro adentro con una palanca rota que él todavía no sabía que estaba rota.

El robo del auto no había pasado nunca. El choque en la ruta no había pasado nunca. Miguel no había muerto nunca, porque Miguel nunca había llegado a buscarla al hospital, porque ella nunca se había enfermado de radiación, porque nunca había entregado ninguna estatua, porque nunca había habido ningún abogado esperándola en la comisaría, porque nunca había habido ninguna comisaría, porque Pedro nunca había vuelto a la vida.

Todo se había desarmado, capa por capa, hasta el fondo.

Menos una cosa.

Ella. Luisa seguía siendo la misma que había vivido cada uno de esos días, con cada uno de esos muertos todavía pesándole en la memoria, aunque el mundo entero a su alrededor insistiera en que nada de eso había existido jamás.

***

—Necesito que me cuente qué pasó esa noche en la cámara fría —dijo Ibáñez, con el mismo tono de siempre, profesional, cansado, ajeno por completo a la magnitud de lo que Luisa estaba entendiendo en ese momento—. Con sus palabras.

Luisa lo miró. Pensó en negarlo todo, en pedir un abogado, en repetir la misma estrategia que ya le había funcionado una vez, hacía una vida entera, en otra comisaría, con otro detective que ya ni siquiera existía.

Pero esta vez no había ningún hombre nervioso en un bar. No había ningún número que terminara en trece. No había ninguna Voz esperando del otro lado de una llamada para arreglar lo que fuera que ella dijera a continuación.

Había cortado el vínculo. Ella misma lo había elegido, esposada en un patrullero, pesando los años de una condena por robo de auto contra el riesgo de que algo dejara de protegerla justo quisiera. No había pensado, ni por un segundo, que el precio real iba a ser este: no su propia muerte, sino la certeza de que Pedro ya estaba muerto otra vez, en algún refrigerador de una morgue, esperando un entierro que ella misma había provocado dos veces.

—Fue un accidente —dijo, con la voz quebrada de una forma que ya no le importaba disimular—. Discutimos. Salí furiosa. No sabía que la palanca estaba rota. Nadie sabía.

—Eso ya lo sabemos.




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