Lazos

Capítulo 15

Como si no fueran suficientes su decepción y agotamiento emocional por no haber encontrado más información de su madre y sobre eso, la sospecha de que el nombre de Natalia Quintero fuera falso, además de su nostalgia por no haber visto a Gabriel, al día siguiente de la entrevista con Patri, fue solicitada en la biblioteca por el matrimonio Kalil.

Al entrar a la estancia, lo primero que notó fue que el matrimonio no estaba solo, sino que Dabir también estaba ahí.

—Eres el colmo, Patricia, pero esto se termina hoy —la recibió con esas palabras Asim Kalil—. ¡No sólo no cumples con la condición que te pusimos para que puedas seguir en esta casa, sino que tienes la desvergüenza de pasearte con Dabir por todos lados!

—Ya te lo dije, papá, sólo la estoy ayudando en un asunto que es muy importante para ella. ¡No seas escandaloso!

—¡No le hables así a tu padre! —le ordenó Tania muy escandalizada.

—¿Cómo más quieres que me hable, querida? Está visto que hacer amigos de esa índole da malas mañas. ¡Pero no más! Ahora mismo vas y haces tus maletas! ¿Me has oído bien?

—¡Sí, fuerte y claro! —gritó Patricia y miró a los Kalil llena de desdén—. Mi madre y yo nos iremos de aquí, porque no pienso dejarla en un lugar donde la hipocresía es la reina. Ni somos robots ni mucho menos de su propiedad para querer ponerle límite a nuestra independencia, pero está bien, sólo déjenme decirles que ustedes se lo pierden porque no van a encontrar gente tan trabajadora como mi madre.

—Y ustedes no van a encontrar quién les pague tan bien como yo —se defendió la señora Kalil.

—Usted sólo nos paga lo que es correspondiente a nuestro trabajo, señora. Ni un peso más.

—Y siendo así, no tendrán compensación ni carta de recomendación —amenazó la señora Kalil, enfadada.

—¡No podía esperar menos de usted, señora! ¿Cree que nunca supe que los intentos que ustedes hacían por defenderme de sus hijos cuando ellos me maltrataban era pura apariencia? ¡Qué bueno que por fin se quitan sus máscaras!

—¡Fuera de aquí, mocosa mal agradecida! —gritó Tania perdiendo su elegancia y sin poder controlar su ira, fue y le propinó a Patricia una fuerte bofetada—. ¡Tu insolencia no tiene límites!

—¡Ya basta! —intervino Dabir. Su expresión, a pesar de no mostrar su disgusto, sí lo hizo su voz—. Ni Imelda ni Patricia se van. ¿Por qué no ven que son como de la familia?

Su padre lo miró, ofendido y encolerizado, le recriminó:

—¡No digas estupideces! —Y fue el turno del señor Kalil abofetear a Dabir—. ¡Que esta desgraciada haya nacido aquí y su madre tenga todos estos años sirviéndonos, no las convierte en nuestra familia!

—¡Tu padre tiene razón, Dabir! ¿Pero qué te ha dado esta mocosa? Seguro que lo mismo que al inocente y pobre de Gabriel.

La hiel se le reventó a Paty y el rubor por el insulto coloreó sus mejillas aún sobre el golpe de la bofetada. Parpadeó para no llorar de rabia.

—Usted no sabe lo que dice, señora —dijo entre dientes, aunque su deseo era gritar, desgañitarse por la injusta acusación—. Y por respeto a mi madre, que por alguna razón le tiene aprecio, no le daré su merecido. Descuide, ya no pienso quedarme ni un minuto más en esta casa.

Se dio la media vuelta y se dirigió a la puerta. Antes de salir, escuchó la discusión que quedó atrás:

—Siendo así, me voy también a hacer mi equipaje.

—Dabir, si sales de esta casa —sentenció Asim—, no volverás a entrar.

—Que así sea, adiós, mamá.

—¡Dabir, no! —dijo Tania, su voz trémula por la angustia—. ¡No te vayas!

Pero Dabir la ignoró y salió detrás de Patricia. En el pasillo, Imelda la esperaba y acercándose a la joven, le susurró algo en el oído:

—Esta misma tarde, el señor Roid mandará a Gabriel al extranjero.

Patricia palideció y sin decir nada, se apresuró por el corredor. Dabir miró a Imelda, interrogante, pero ella sólo movió la cabeza y fue detrás de su hija, ignorándolo.

—¡Qué grosera! —exclamó Dabir—. ¡Así agradece mi ayuda!

Mientras él se encerraba en su habitación, Patricia salió de la mansión e Imelda la vio dirigirse a la casa Roid, así que también cruzó la calle.

—¡Patricia! ¿Qué piensas hacer?

—¡Lo que sea necesario, mamá!

Patricia no podía controlar la rabia que sentía. Nadie iba a dictarle cómo vivir, ni a quién amar. Dispuesta a enfrentar al mundo entero. Lucharía por su amor, por su independencia, por su condición, por su derecho de ser quien era. Por su derecho a ser tratada con respeto.

—¡Estos estúpidos! ¿Cómo se atreven?

Sin dejar de emitir improperios, se plantó ante la gruesa y hermosa puerta de la mansión Roid. Pulsó el timbre repetidas veces e impaciente, esperó que le abrieran. En cuanto se movió la hoja de madera hacia adentro, empujó con fuerza a Marta, la mujer que le daba información a Imelda, derribándola al suelo, pero no le importó. Pasó por su lado sin mirarla y se introdujo a las entrañas de la mansión, entre tanto, su madre, muy avergonzada, ayudó a su amiga a ponerse de pie.




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