Lazos

Capítulo 18

Temblorosa y pálida, Patricia se derrumbó en el suelo.

Las lágrimas cayeron sobre su regazo. Se hizo ovillo junto al retrete, sin ningún deseo más que de quedarse allí para siempre. No podía seguir ocultando su estado porque Imelda tenía razón.

No podía mentirse más, tampoco debía actuar como si el bebé que esperaba no existiera. Tenía que ir con el médico para que la aconsejara, que le hiciera algunas pruebas, porque la criatura había sido engendrada por medios hermanos.

Si tenía al bebé, ¿iba a nacer bien? Había leído algunas cosas desagradables al respecto y había encontrado que el tema sobre los hijos por incesto era muy debatido. ¿Debía simplemente interrumpir el embarazo porque en la creencia de muchos era una aberración? ¿Podía valerse de la disculpa de que el bebé podía nacer con algún retraso mental u otra clase de deformidad para no dejarlo llegar al mundo?

¿Y qué culpa tenía ese nuevo ser que crecía en su interior?

Había sido creado en la ignorancia, ¿tenía por eso el derecho de interrumpir su vida? Ya tenía tres meses de embarazo, ¿podía decir que todavía no era una vida? Mas, por otro lado, si llegaba a término y lograba nacer, pero con un impedimento físico, ¿no sería como si lo hubiera obligado a vivir una vida llena de limitaciones? ¿Por qué debía imponer a ese nuevo ser esa clase de existencia?

El tema, visto desde esas perspectivas, era muy complejo, sin embargo, ella tenía qué simplificarlo. A pesar de que socialmente había sobre el tema opiniones divididas, lo único que importaba en realidad, era qué iba a hacer ella. Seguir la corriente social o respetarse a sí misma. Era su vida y la de nadie más. Ella debía tomar la decisión sin dejarse influir más que de su propia ética. Sabía quién era, quién la había criado. Sabía qué principios morales había recibido y en base a eso, supo cuál decisión debía tomar.

Debía dejar que la vida siguiera desarrollándose. Tenía qué dejar vivir, porque a ella un día, también se le dio la oportunidad de vivir.

Tomada por fin la decisión, se sintió mejor. Hasta ese momento, sus ideas habían estado en un torbellino de dudas.

Se secó las lágrimas y fue entonces que reparó en la presencia de los Kalil. Los dos se habían acercado a la puerta y la miraban. Su frágil figura, más pequeña aún por la posición enroscada que había tomado, logró conmover a los hombres, aun a Ibrahim, quien había devuelto su estado retrógrada al lugar que pertenecía: a las cavernas más ocultas de su ser.

Dabir entró y con una delicadeza insospechada, la levantó del suelo para cargarla y llevarla a la cama en donde Ibrahim la recibió con las sábanas levantadas. Patricia les permitió hacerlo, pues aunque había conseguido un poco de sosiego, en ese momento no tuvo ganas de hacer nada, ni siquiera de replicarles por tratarla como si fuera una inválida, así que mejor decidió descansar unos minutos.

—Quédate aquí el tiempo que desees —le dijo Dabir.

Su voz fue baja y en apariencia, sin sentimiento, pero mostró emoción cuando, sentándose en la orilla de la cama, retiró el cabello de su pálido rostro con dedos muy gentiles. Ella lo vio, avergonzada, después se volvió a mirar a Ibrahim y le sorprendió descubrir que él la miraba con compasión, aunque rápidamente se escondió detrás de su fría fachada. ¡Cómo podían cambiar las cosas en tan poco tiempo! Ella jamás pensó que ellos pudieran tratarla con ese afecto.

—Iré a cambiarme —informó Ibrahim, sintiendo de repente el deseo de salir de esa habitación, de esa casa—. Por cierto, Dabir, saldré, así que no te preocupes si no regreso en todo el día.

Salió de la habitación, pero casi enseguida, Ibrahim volvió a asomarse por la puerta y con un tinte de bochorno, dijo rápido:

—Lamento lo que sucedió, antes, Paty.

Volvió a desaparecer sin darle tiempo a ella de decir algo, pero de todos modos Paty no hubiera podido decir nada, pues había quedado muda por la sorpresa. Se preguntó con incredulidad si no había muerto y resucitado en otro mundo, pues no parecía ser el que ella solía habitar.

Luego, lo que sucedió enseguida la hizo pensar que lo más lógico era que estuviera soñando, pues sólo así podía explicar el hecho de que Dabir cogiera una de sus manos y le dijera de súbito:

—Cásate conmigo.

El repentino pedimento sacudió a Patricia. Se ordenó despertar para salir de la fantasía, pero esa escena siguió. La calidez que las manos de Dabir le transmitió era real, muy real. La palidez, la que amenazaba gobernar de manera perpetua sobre el rostro de la chica, fue desplazada cuando un tenue rubor tomó su lugar.

Con mirada bien abierta, preguntó llena de la más extraordinaria incredulidad.

—¿Qué me case contigo?

Trató de rescatar su mano, pero Dabir, apretándola con firmeza, la miró con ansiedad, reflejando en sus ojos la tormenta de sus propias emociones.

—Escúchame —le dijo, sin alterar su voz—. Ésta será la única vez que te lo voy a pedir. Cásate conmigo. Seré un buen padre para tu hijo, porque sin importar qué, vas a tenerlo, ¿verdad?

Ella no podía dejar de mirarlo. ¿Quién era ese hombre que estaba ahí, a su lado? Sí, era verdad que antes él fue el único que la ayudó, pero que le pidiera matrimonio era algo tan inesperado que no podía ni siquiera razonarlo.




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