Lazos

Epílogo

Gabriel se recargó en el barandal de la terraza de aquella hermosa mansión y con una sonrisa de satisfacción, miró a lo lejos, hacia los extensos cultivos. Los viñedos abarcaban incontables hectáreas, o así le pareció a él, que no tenían fin.

—Es muy hermoso, ¿verdad?

Gabriel se volvió a mirar a Patricia, quien sentada en una cómoda mecedora, se balanceaba en un rítmico vaivén.

—Sí. ¡Quién iba a decirnos que al final, nuestra luna de miel sería aquí, en este mismo lugar al que veníamos cuando nos fugamos.

—Los Monarquet fueron muy amables al recibirnos así, tan de repente.

—Son lindas personas. Y Angelina, ¡cuántos cuidados te ha dado desde que llegamos! ¿Crees que así la cuidaron de sus hijas?

—Seguro, así que por eso lo hace, aunque debo decir que a veces me abruman sus atenciones. Sabes que no me gusta depender de esa manera de nadie.

Gabriel se retiró de la baranda y acercándose a Patricia, cayó de rodillas ante ella, interrumpiendo su balanceo. La abrazó por la cintura con tanta ternura, que la mirada de Paty se llenó de lágrimas.

—No quiero volver a vivir esos días tan horribles, Paty, cuando creí que te había perdido para siempre.

Ella acarició su colorida cabeza. Bien que lo comprendió porque pasó por lo mismo. Cuando le llegó a Benjamín el resultado de la prueba de paternidad una semana después de haberse tomado la muestra de ADN, cada uno demostró sus sentimientos de diferente manera. Por cierto, también Patricia se hizo la prueba puesto que había ido también al laboratorio y quiso aprovechar.

De acuerdo al resultado del análisis, Benjamín Roid no era el padre biológico de los gemelos porque el resultado de paternidad arrojó 0% de probabilidad, de modo que el ADN de Ben y el de los chicos no coincidió, mientras que el resultado de probabilidad entre Benjamín y Patricia fue consistente, arrojando más del 99.9%, así que el ADN de los dos coincidió.

En cuanto lo supieron, Patricia y Gabriel no pudieron seguir soportando el deseo de expresarse cuánto se querían, así que se arrojaron uno en brazos de la otra.

Sin embargo, para Gemma, la decepción se clavó más en su corazón y por unos días anduvo muy triste, pero como Patricia la sumergió mucho en los preparativos de su boda con Gabriel, aunque esta fue bastante sencilla y discreta, logró sacarla de su melancolía.

Benjamín, por otro lado, se sintió liberado de la culpa que sentía por la desdicha de sus hijos. Si bien para él fue un desengaño descubrir la verdad, también le dio la oportunidad de demostrar que a pesar de que Gabriel y Gemma no eran sus hijos biológicos, él sí los quería como si lo fueran. Se los demostró tanto como pudo. Fue generoso con ellos de muchas formas e incluso, le permitió a Gemma escoger una nueva universidad porque ya no quería volver a la de antes.

Y como no hicieron el viaje, los abuelos tuvieron que volar a México. Patricia los conoció unos días antes de la boda. Pronto se encariñó con ellos y los abuelos fueron tan atentos con Imelda, sin dejar de agradecerle por haber cuidado a su nieta, que la pobre mujer, colmada de varias atenciones, se sintió muchas veces fuera de lugar, sin embargo, estaba muy feliz al ver lo dichosa que era su hija.

Los únicos del círculo de Benjamín Roid que fueron invitados a la boda, fue la familia kalil, de hecho, Dabir fue padrino de anillos, demostrando así que aceptaba la felicidad de Patricia al lado de Gabriel y no hubo padre más orgulloso que Benjamín Roid cuando entregó a la novia al novio.

Todo fue como un sueño. Finalmente las penas habían pasado.

—Un hijo, Paty, apenas puedo creerlo —Gabriel se separó de ella para acariciar su vientre—. Todavía me estremece pensar que estuve a punto de irme sin saber que sería padre. ¿Cómo pudiste ocultármelo así?

—Creí que era lo más conveniente, ya te lo expliqué.

—Y sí, lo entiendo, pero piensa que por poco me pasa lo que le pasó a papá con tu mamá.

—Pero en nuestro caso sí era mucho más necesario, Gabriel.

Gabriel suspiró y volvió a abrazarla.

—Bueno, ya olvidemos todo eso. Ahora pensemos en nuestro futuro, qué vamos a hacer cuando volvamos a la Capital.

—Pues yo tendré a nuestro hijo, claro.

—Por supuesto y yo voy a estar ahí. Siempre voy a estar a tu lado, lo prometo. Nunca jamás nadie me va a separar de ti, por eso iremos juntos a la universidad para prepararnos. Papá pondrá su negocio en nuestros hombros aunque no queramos.

—Lo importante es que estaremos juntos, cariño, ni la muerte podrá separnos —susurró ella besando su frente—. En nuestro testamento dejaremos que queremos que nos entierren juntos, en el mismo ataúd y en la misma tumba.

—¡Oigan, oigan! —les dijo alguien desde el umbral de la puerta que daba a la terraza—. ¡No es tiempo de hablar de esas cosas!

—¡Señora Angelina! —exclamó Gabriel y se levantó rápido.

—Que soy Angie, ya se los dije como mil veces —dijo su anfitriona con una tierna sonrisa—. ¿Cómo te sientes, Paty?

—Bien, gracias —respondió la chica levantándose de la mecedora.

Gabriel miró lo bonita que se veía en su bata de maternidad y no la abrazó porque Angie se acercó y acarició su barriga de siete meses de gestación.




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