Lazos

Capítulo 17

A partir de la muerte de Catalina, una nube de sufrimiento y tristeza cubrió la residencia Roid.

Después del funeral de la señora Roid, Benjamín se enclaustró en su habitación y se negó a recibir visitas, incluida Gemma, quien no paraba de llorar al mirar que su familia se había roto. La joven se sentía sola y abandonada, pero además, le angustiaba mucho que su padre sólo salía de la habitación para bajar al bar, de donde cogía algunas botellas de vino y regresaba a encerrarse, así terminaba los días ebrio y exaltado.

Gabriel, por su parte, comenzó a vivir sólo para arrancar de sí el amor que sentía por Patricia.

Ese amor prohibido que, lejos de aminorar, se hacía más fuerte, así que fue cuestión de pocos días para que se viera dedicado a arriesgar la vida en los deportes suicidas. Su futuro dejó de importarle y lo único que le interesó fue la motocicleta que se compró, por eso, en septiembre que comenzaron las clases en la universidad, desoyó el consejo de Gemma de asistir.

Alejado su padre de sus asuntos, hizo cuanto quiso, así se formó una rutina. A primera hora, antes de salir el sol, se montaba en la moto y corría por las carreteras a alta velocidad y si no estaba en las carreteras, se encontraba en los circuitos de acrobacia con motos. Sin embargo, todo ese riesgo no fue suficiente para hacerlo sentir mejor. El peligro y la adrenalina corriendo por sus venas no era mayor que el sufrimiento que rasgaba día con día su ser.

Y Gemma era quien debía sufrir las consecuencias de la actitud de su padre y su hermano. Ella sintió que no era tan fuerte para soportar todo eso, por ello, una noche de a mediados de septiembre, esperó a Gabriel hasta altas horas de la madrugada para hablar con él, rogando que esa vez su hermano estuviera dispuesto a escucharla. Ya había hecho algún intento de razonar con él, pero su intención había fracasado, pero no pensaba darse por vencida.

Gabriel tenía la obligación de hacer algo con Ben y con ellos mismos.

Su hermano la miró con desagrado al llegar a casa y encontrar que lo esperaba.

—Te he dicho que no me importa nada de lo que tengas que decirme, Gemma —le dijo sin darle tiempo de decirle nada.

Ella se turbó. Jamás le gustó que su hermano le hablara en ese tono frío. Quiso llorar. ¡Cuánto extrañaba su alegría! Mas así la fulminara con la mirada y su tono, se armó de valor y lo siguió a su alcoba, pues Gabriel ni se había tomado la molestia de detener sus pasos.

—Gabriel, deja ya esta actitud —le dijo, estresada—. Tienes qué hacer algo para ayudar a papá. En estos últimos días parece haber enloquecido. Tiene pesadillas, ve a esa mujer llamada Valeria y a mamá también. Pero lo peor es que no para de llamar a Patricia.

—Patricia —musitó Gabriel, opacándose su mirada por el dolor al escuchar su nombre. Se detuvo a medio pasillo, ya en la planta alta y sin volverse a mirar a Gemma, dijo con amargura—: Ben tiene lo que se merece. No puedo hacer nada.

—Gabriel, por favor, ayúdame. Ya no puedo con esto. No sé qué decir en la empresa sobre papá. En la universidad, Belén y los suyos me preguntan por ti y por Paty. No sé qué responder. Belén no me deja en paz. ¿Acaso no podía papá mandarme a otra universidad? Allí coincidimos y es una entrometida a la que trato de ignorar, pero es muy persistente y por si fuera poco, los abuelos no dejan de conectarse porque no te han visto a ti ni a papá desde que mamá se fue, así que amenazan con venir. ¿Quieres que te encuentren así si es que de verdad se vienen? Además, yo no estoy preparada para atender los negocios, pero tú, si quisieras…

Las lágrimas la ahogaron y la chica se tragó el llanto. Miró suplicante la espalda del joven, pero él, sin volverse, emprendió el paso con la única intensión de recluirse en su habitación para seguir llorando en privado su amor imposible, su propio tormento. ¡Qué le importaban a él los clientes, la empresa o la familia!

Pero unos pasos antes de llegar a su puerta, Ben salió de su habitación. A la débil luz de la lámpara de techo que iluminaba el pasillo, Benjamín dio la impresión de ser un espectro. Su rojo cabello estaba alborotado, más enmarañado que un nido de pájaros. La barba de semanas también crecida, le daban un aspecto descuidado. Las ojeras alrededor de sus ojos eran profundas y sus ojos lucían irritados y extraviados. Además de eso, había perdido peso y su delgadez hacía sobresalir sus pómulos, lo que daba la apariencia de que las cuencas de sus ojos parecieran muy profundas. Su apariencia fue muestra de que no se había alimentando y tampoco se había bañado.

En sus manos tenía una botella vacía. Gabriel frunció el ceño al verlo. Hacía semanas que no lo veía y se sorprendió por su aspecto. Ben en cambió, pareció no verlos. Su extraviada mirada estaba concentrada en la botella vacía que había levantado a la altura de su rostro. Estaba muy ebrio e iba por más vino al bar. Con pasos tambaleantes pasó al lado de sus hijos, balbuceando palabras en un hilo de voz.

—¡Ah! Señorita Patricia. No…. usted no es ninguna sirvienta… no señor. Usted es mi hija… y yo… la he tratado a usted… muy mal… muy mal.

Su voz fue rota por los sollozos. Ben le hablaba a la botella, la cual seguía sosteniendo a la altura de su rostro. Se detuvo, tratando de no caer por la ebriedad. Levantó la mano y con el dedo índice señaló el envase y continuó hablando con voz pastosa, aunque entendible.

—Señorita Paricia, recuerdo sus… palabras. “Míreme bien” , dijiste. Pues sí, hija. Te veo bien… “No olvide mi rostro... voy a perseguirlo por el resto de su vida. Le prometo que hasta en sus sueños, estaré… Sí, sí, te sueño y...




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