—Patricia —susurró Gabriel, mirándola ávido. ¡Cuánto la había extrañado!—. ¿Qué haces aquí?
Patricia no respondió, porque Gemma, que estaba al lado de Ben, intervino desde la puerta del comedor:
—¡Gabriel! ¡Estás aquí!
Gabriel miró a sus parientes. Se sorprendió ante el cambio de Ben, quien se había bañado, rasurado y parecía sobrio. Se veía presentable a pesar de lo demacrado de su rostro y su delgadez. Dirigió su atención a Patricia y no necesitó que nadie le dijera que ese milagro era de ella. Sintió un nudo en la garganta por la generosidad de la chica. Al parecer, ella había perdonado a Ben, que la había tratado como a una escoria. ¿Por qué él no podía perdonarlo?
—Ven, Gabriel —dijo Gemma mientras se dirigía hacia él con una sonrisa de satisfacción—, estamos por cenar y nos gustaría que nos acompañaras. ¿Verdad, Paty?
“¿Qué es esto?”, se preguntó Gabriel con irritación, pero no se opuso cuando Gemma lo tomó del brazo y se encaminaron al comedor. Al entrar a donde los esperaba la servidumbre para servirles, se preguntó con amargura:
“¿Ahora vamos a fingir que somos una familia feliz?”.
De reojo, miró a Patricia, la que no tuvo más remedio que caminar al lado de Gemma, como si la chica estuviera tirando de una soga invisible para llevarla también en contra de su voluntad y compartir una cena que los representaría en una comedia digna del teatro. Una obra que por título debería llevar: La gran familia Roid.
“¡Maldición!”, renegó Gabriel al sentir que sus tripas se hacían nudo cuando tuvo que tragarse su deseo de gritar sus pensamientos.
“!Yo no quiero ser su hermano! ¡Quiero ser su esposo! ¡Quiero ser el amor de su vida, uno que la ame y la proteja hasta el fin de su existencia!”.
Por su parte, Patricia también gimió en la intimidad sus pesares:
“¡Dios mío! ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Por qué me dejo torturar así cuando lo único que deseo es salir corriendo y desaparecer este dolor que casi me extermina? ¿Debo aprender a vivir a su lado aceptándolo como mi hermano?” .
Lo miró de reojo, pero rápido retiró la vista al descubrir que él también la miraba de ese modo.
“!No! !No puedo verlo como a mi hermano! !No puedo, no puedo!”.
Se tragó las lágrimas que ansiaban salir.
Se sentaron ante la mesa y dos sirvientas les sirvieron los alimentos de esa noche que consistían en un asado de res, sopa de champiñones y fruta de temporada, pero la verdad, nadie comió mucho, ni siquiera Gemma que se veía alegre. Que la joven comiera poco, manifestó que su animación era pura actuación.
Una prueba de que esa reunión no era más que la escena de una obra bien montada.
—Debemos hablar —dijo Ben, después de que el último plato fue retirado de la mesa—. Necesitamos hacerlo porque nuestra situación es delicada.
Gabriel lo fulminó con la mirada sin importarle el tono mesurado que usó al hablar. No estarían en esa situación si él hubiera sido más responsable en el pasado.
Ben enfrentó la mirada de su hijo por un instante y al retirarla, se sintió muy avergonzado.
Jamás imaginó que llegaría un día en el que se sentiría muy mal ante Gabriel, a quien había considerado un muchacho consentido, débil e inepto.
Tampoco pensó que habría un día en el que no tendría derecho de decir algo, pero tanto Gabriel como Patricia eran sus hijos y estaban sufriendo demasiado. Él tenía que buscar la manera de ayudarlos a encontrar una solución para que pudieran convivir sin que padecieran tanto. ¿Pero existía esa solución? Tenía qué existir, porque no iba a permitir que Patricia volviera a la casa Kalil. Ella era su hija y su lugar estaba ahí, con ellos. No sería la sirvienta de nadie, ya no. ¡Nunca más! Y tampoco iba a permitir que otros la humillaran. ¡Jamás!
—Por mí no tienes de qué preocuparte —intervino Patricia mirando a Ben con expresión pasiva—. Sé que tu deseo es que viva aquí con ustedes, pero no va a ser posible. Dabir Kalil me pidió matrimonio y voy a casarme con él.
Gabriel contuvo la respiración, luego, viéndola con desagrado, arrojó la silla hacia atrás y levantándose, le gritó, enardecido de celos.
—¡Qué pronto has encontrado consuelo! ¡Qué falsa resultaste ser! —Y sintiendo cómo la ira lo sofocaba, salió del comedor sin dejar de hablar con resentido agravio—. ¡Mentirosa! ¡Tu amor era uno muy falso! ¡Farsante!
Patricia dejó fluir las lágrimas. No tomó en serio las hirientes palabras de Gabriel, porque sabía que las había dicho cegado por los celos. Para nadie pasaba desapercibido que en él había mucha pena y resentimiento, sin embargo, el que lo supiera, no la exoneraba del dolor.
—Patricia —se expresó Ben sin cambiar su tono—, sé que no tengo derecho de inmiscuirme en tus asuntos…
La disgustada mirada que le lanzó Paty, lo enmudeció, mas aclarándose la voz, continuó:
—Pero lo haré porque de verdad me importas.
Patricia torció la boca en una sonrisa que tenía todo, menos diversión. A punto estuvo de decir que la ironía de la vida era macabra.
—Seguir con tus estudios, Paty, ¿no es eso lo más importante? No estás yendo a la universidad, ¿verdad? ¿No te gustaría…?
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Editado: 19.09.2026