“Mañana seré la esposa de Dabir. ¿Hago lo correcto al casarme con él?”, se volvió a preguntar Patricia.
Se había repetido esa pregunta desde que se levantó, por eso, cuando a medio día Gemma le pidió que la ayudara a preparar sus maletas, aceptó con gusto. Entre más ocupada estuviera, mejor se le daba controlar sus pensamientos.
A primera hora del domingo, la familia Roid saldría de viaje a Europa.
Al principio, cuando Gemma se lo comunicó a Gabriel, se negó a acompañarlos, pero no tardó mucho en acceder, pues al final decidió alejarse de Patricia que verla como esposa de Dabir, aunque desafortunadamente no habían podido irse antes de la boda. Para Benjamín no había sido fácil encontrar a alguien de su confianza para que se quedara en su lugar en la empresa.
Gabriel, sin que hubiera vuelto a recorrer las calles de la ciudad en la moto, se había encerrado en su habitación y sólo salía de ahí para lo estrictamente necesario, como ese día que Gemma le dijo que iba a ayudarle a hacer sus maletas porque a él parecía no importarle si llevaba o no llevaba equipaje en el viaje, así que dándose cuenta que Patricia participaba también en esa tarea, cambió el lugar del encierro. De su alcoba se desplazó a la biblioteca y ahí estuvo intentado leer, pero después de unos minutos, se echó sobre el diván y estuvo dormitando en una apatía inalterable.
Entre tanto, en la habitación de Gemma, ella no dejaba de hablar de lo bonito que sería visitar a sus abuelos. Dijo que que esperaba que algún día Paty también pudiera conocerlos en persona, pues aunque Benjamín la había presentado a sus padres virtualmente como la hija de él y Valeria, Patricia decidió no estar presente en sus reuniones vía Internet el día que se comunicaban con los señores Roid.
Los abuelos habían respetado la decisión de Patricia, pues comprendían que para la chica era difícil aceptarlos como familia. Jamás los había visto en su vida, había crecido con la idea de que solamente Imelda Iturbide era su familiar y coincidían en que necesitaba más tiempo para asimilar todos los cambios que se estaban dando en su vida.
—Por cierto, Paty —dijo Gemma—. Ya antes te comenté que en la universidad Belén es muy molesta. Siempre quiere saber qué pasa con Gabriel, por qué no se le ha visto en la universidad, qué ha pasado contigo y un montón de tonterías, bueno, pues el día que se supo que eran mis últimos días ahí, Belén me preguntó si era cierto que papá te había adoptado como su hija. ¿Quién le diría eso? Tuve qué morderme la lengua para no gritarle que no te adoptó, sino que eres su hija de verdad.
—Para mí que se lo dijo Ibrahim, ese es un chismoso de primera, aunque agradezco que no lo dijera de plano como es. ¡Qué bueno que tú supiste controlarte! Debemos tener mucho cuidado con eso, en especial con los que saben que Gabriel y yo… mmm.
Paty se atragantó, se ruborizó y luego el dolor la dominó.
—Sí, lo sé, pero aunque no la saqué de su error, sí le afirmé que papá te adoptó. También le dije que él y toda mi familia te íbamos a proteger, así que mejor era que se olvidara de ti.
—Gracias, Gemma, pero sabes bien que no necesito de la protección de ustedes.
—Sí, claro, pero no te enfades conmigo por decirle eso a Belén. Ver la cara de envidia y celos que puso fue un verdadero deleite y, ¿sabes?, es un alivio que no la veré más, ni a ella ni a esos que la siguen. La verdad que a veces la Marín me da una jaqueca horrible por su manera de ser. ¡Espero que un día se le quite lo metiche, lo egoísta y todo lo demás malo que tiene!
—Cada quién es como es, ni modo.
—Eso sí. ¡Mira, creo que acabamos aquí! —exclamó Gemma cerrando la última de sus maletas—. Ahora, vamos al cuarto de Gabriel.
—Gemma —pidió Patricia con voz cansada, sin ánimos de entrar a la habitación de él—. ¿No podemos tomar un descanso? Esto me ha cansado mucho. ¿Para qué quieres tanta ropa? Seguro ni la usas toda.
Gemma se sonrojó un poco, pues sí que reconoció que tenía debilidad por adquirir todo lo que le gustaba, lo usara o no. Sus padres siempre la consintieron en eso y al recordar a su madre, inclinó la vista al suelo mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Su voz cuando hablo, sonó muy triste.
—Es que, Paty, se nos va a ir el día sin que terminemos, por eso hay que darnos prisa. Verás, yo quería pedirte también si me ayudas a guardar las cosas de mamá. Papá no ha querido meterles mano y yo sola no quiero hacerlo. Hay tantos recuerdos ahí, que también me ha sido difícil hacer algo antes, así que comprendo a papá.
—Bueno, si todavía no estás preparada para ver qué quieres conservar de tu mamá, puedes cerrar ese cuarto y dejar sus cosas como están.
—No, Paty, no quiero irme sin darme la oportunidad de volver a ver sus pertenencias. ¿Qué tal si tardo mucho para volver aquí… o qué tal si ya no regreso?
Sollozó y Patricia sintió ternura por ella. La abrazó con cariño. Su amistad, desde que se conocieron, estuvo sostenida por cierto afecto, así que con el trato de esos días, se había fortalecido.
—Está bien, sé que es algo que debes hacer tarde que temprano, pero te ayudo. Las cosas que no quieras llevarte, las puedes dejar en el sótano.
—Gracias por todo, Patricia. No sé qué hubiera hecho sin tu ayuda en estos días tan difíciles. Has sido un enorme apoyo para nosotros, incluso para Gabriel que, aunque no lo ha dicho, es por ti que ha dejado de practicar ese juego suicida.
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Editado: 27.09.2026