Pensamientos, sólo eso hubo en los siguientes segundos que parecieron durar una eternidad. Un torbellino confuso de ideas que giraron en sus mentes sin conseguir formar algo lúcido, algo lógico, algo que les devolviera su sensatez y su seguridad. Al final, cada uno reaccionó de acuerdo al significado que la noticia tuvo para cada quién.
Ben, que continuaba sentado, recapacitó en que él nunca supo que Valeria estaba embarazada, ella nunca se lo dijo. ¡Patricia era su hija!
“¡Oh, Dios!”, gimió, trémulo.
Miró a la chica. De inmediato, los recuerdos de cómo la trató hicieron que por fin las lágrimas saltaran de sus ojos. ¡No! ¿Qué había hecho con esa joven? Puso sus manos sobre la cabeza, incapaz de doblegar la pena que lo sacudió al repetirse aquella verdad. Patricia era la hija de Valeria. Era la hija de los dos.
—¿Entonces, Cat, tú sabías que Valeria estaba embarazada cuando me dejó? —le preguntó en un hilo de voz—. ¿Lo sabías?
Catalina, sin poder hablar, asintió, sintiéndose más enferma bajo la mirada acusadora de Benjamín. Pudo sentir su desdén. ¡No! No soportaría que él la odiara. Dolida, se cubrió el rostro y se derrumbó en un mar de lágrimas. Ella misma se había acusado por ser tan mal amiga. Muchas veces se maldijo por haber vuelto a las vidas de Ben y Val para arruinarlas. Había vivido años de tormento, buscando un perdón que nunca obtuvo, ni siquiera de ella misma. Durante años vivió en una mentira, engañándose con ese amor que Ben en realidad jamás le dio y a pesar de dar todo de sí para conseguirlo, el corazón de él siempre le perteneció a Valeria.
—¿Tengo una media hermana? —preguntó Gemma asimilando la noticia—. ¿De verdad Patricia es mi hermana?
—¿Somos hermanos? —inquirió enseguida Patricia en un desvaído tono de voz, reflejándose el espanto en su mirada.
—¡Deja de decir tonterías, mamá! —gritó Gabriel, porque no podía aceptar que así fuera—. ¡Di que no es cierto! ¡Mientes! ¿Verdad que sí, mamá? ¡Patricia no es mi hermana!
Su voz, descompuesta por todos aquellos sentimientos que lo abrumaron, se perdió en un hilo. Sollozó y miró sus manos, esos dedos que la habían acariciado. Se tocó la boca, esos labios que la habían besado. Cerró los ojos y deseó apagar para siempre esa mirada que la había visto desnuda.
Y ante el recuerdo de esas noches que pasaron en la intimidad, se quedó petrificado. Pero no sólo él, sino que Patricia tuvo el mismo sentir y los dos, sincronizados por padecer tan horrenda calamidad, desearon despertar de lo que por un momento pensaron que era una pesadilla.
—Lo siento, hijo —balbuceó Cat en un penoso suspiro—. Lo siento tanto.
Ante la realidad, un bochorno invadió a los chicos, entonces, las náuseas de Patricia la hicieron arquearse y sin poder controlar su estómago, vomitó. No pudo con la sensación de sentirse enferma, sucia… pecadora.
Cuando las arcadas cedieron, se irguió, se limpió la boca con el dorso de la mano y susurró como disco rayado:
—¡No! ¡No! ¡No!
Aunque su corazón se negaba a a aceptar la dura verdad, su razón no podía rechazarla. El collar que Ben había reconocido, los anillos que Patri le había entregado, las dos fotos en el relicario, el descubrimiento de que su madre se llamaba Valeria Velaz, así como Natalia Quintero: el último nombre confirmado por Catalina, pero sobre todo, el testimonio de Imelda, de la forma en que había nacido en la mansión Kalil, todo demostraba que era cierto.
Ella y Gabriel eran hermanos, hijos del mismo padre. Al admitirlo, su espíritu fue aniquilado por el peso de su pecado y le sobrevino un espantoso frío, de modo que tembló sin control.
Gabriel la miró y al notar su frágil estado, su corazón saltó de amor. Era el amor que le tiene un hombre a una mujer cuando se ha enamorado de ella. De ninguna manera sintió amor fraternal. Rechazó el parentesco mientras se lamentaba, atormentado.
La nueva circunstancia le concedió una terrible ira al joven. Miró a Ben y el desagrado que ya sentía por él, creció. No pudo contra el deseo de desquitar su coraje, por eso se fue directo a su padre. Fue como una bestia salvaje, pues no razonó en lo que hacía.
Gabriel se plantó frente al hombre y le dio un formidable puñetazo en el rostro. Ben no logró reaccionar a tiempo, o mejor dicho, no quiso reaccionar. Escuchar de los chicos que eran hermanos, lo dejó estático y gruesos barrotes fabricados con el repudio y la culpabilidad, forjaron a su alrededor una prisión de la que no pudo salir. El aborrecimiento no era hacia los muchachos, sino hacia él mismo. Sus acciones pasadas le estaban cobrando un precio demasiado alto.
El costo a pagar era la desdicha de sus hijos. No sólo había tratado mal a Patricia, la hija del amor de su vida, sino que quizá por ese trato, él mismo había impulsado a que un amor que era prohibido por la sangre compartida, naciera entre su hijo y su desconocida hija. Que no supiera que Patricia era su hija, no lo disculpaba.
Sintió la fuerza del golpe que Gabriel le dio. Se llevó la mano a la nariz y se miró la sangre en los dedos. Por inercia, sonrió con ironía. ¿No había lastimado él la nariz de su hija? Ojo por ojo, diente por diente... y nariz por nariz. Otro golpe del puño de Gabriel sacudió su quijada. ¿No le había dado un golpe semejante a su hijo, esa noche de la fiesta? ¿No le había prodigado a Gabriel un trato injusto? Permitir que su hijo lo golpeara, ¿le daría el perdón que necesitaba? No lo creía, pero igual, no metió las manos.
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Editado: 19.09.2026