Berlian
"Estoy allí en cinco minutos".
Veo el mensaje en el teléfono de mi mejor amigo, el pelirrojo; le respondo con un simple "está bien", para luego apagar el teléfono y ponerlo en el bolsillo trasero del pantalón. Tomo mi chaqueta, me la pongo y me preparo para salir.
Salgo de mi habitación y no me dirijo a la escalera, sino a la habitación que está al lado. Suspiro. Ella decidió quedarse en el castillo hasta que el programa termine, cosa que no sé en qué estaba pensando cuando se lo propuse.
Solo diré que cuando Olivia me dijo que Zafira podía volver al hospital, sentí como si algo me apretara el pecho, como si yo no quisiera que ella se fuera. Me agrada ver que ella es una de las primeras cosas que veo en la mañana y su forma de ser me levanta el ánimo. Realmente no quería que ella se fuera.
Cuando vi la oportunidad de que ella tampoco, al parecer, quería irse, aproveché y le propuse que por qué no se quedaba hasta que terminara el programa, ya que aún faltan dos meses para eso. Ella automáticamente aceptó, bueno, luego de todo lo que pasó.
Realmente me sorprendí al ver cómo Zafira manejó mi ataque de pánico; es como si ya estuviera acostumbrada a hacer ese tipo de cosas. Nunca se lo había dicho a nadie. Casi no me pasaba; tenía tanto que no me daba un ataque de pánico, aunque eso podría ser por el hecho de que tenía mucho sin manejar.
Le digo a la gente comúnmente que, por seguridad, tengo que dejar que otros manejen por mí, pero eso no es cierto. No estoy obligado a que manejen; sí que tienen que estar siempre conmigo, pero no justamente en el mismo carro. Años atrás, yo tenía mi propio auto y no montaba a nadie que fuera de la seguridad del reino. Pero eso es más fácil que explicar que el hecho de que desde que tuve ese pequeño accidente donde perdí a esa persona tan importante en mi vida, cada vez que siento un camión o escucho uno, tengo un pequeño ataque de pánico.
Y lo que más me impresionó fue el hecho de cómo Zafira me pudo sacar del trance. Mi madre a veces duraba horas para que yo saliera de él; sin embargo, Zafira lo hizo, creo que en menos de 10 minutos, como si algo de ella me pudiera volver a traer a la realidad.
Me coloco frente a la puerta que ha sido su habitación desde que ella está aquí y solo tengo que tocar para que a los cinco segundos ella abra la puerta.
Me sonríe, haciéndome sonreír a mí.
—Hola —me sonríe—. Buen día.
—Buen día —me dice—. ¿Quieres pasar?
Al principio dudó, pero luego pasó. Miro la habitación y está muy decorada. Tiene flores y pinturas en las paredes. Mi madre les dio permiso para que ella y Gabriela la pusieran como quisieran.
Y el cuarto tiene una característica: como productos de cabello rizado. Sí, Zafira me ha hecho aprenderme cada producto que usa para mantener su cabello en los lindos rizos que tiene y me sorprende. No pensé que fueran tantos. Ella me dice que Olivia se los regala, pero, Dios mío, para mantener un cabello así, ¿por qué hay que tener tantas cosas?
—Te levantaste temprano —le digo.
—Yo siempre me levanto temprano —se encoge de hombros—. Estoy acostumbrada, ya que soy parte de la que prepara el desayuno en el hospital —me explica— y normalmente a las seis y media ya estoy despierta.
Seis y media, demonios, no recuerdo la última vez que me levanté a esa hora. Con razón siempre escucho la ducha y movimientos tan temprano. Pensé que era parte de mi sueño, pero aparentemente es ella.
—Quiero decirte que voy a salir hoy por muchas horas —le explico; no sé por qué tuve una gran sensación de que debía decirle—. ¿No tienes problemas?
—Creo que no —más bien como si se lo preguntara—. ¿A dónde vas?
—Tengo cosas que hacer. —No es que no quiera decirle a dónde voy, pero prefiero reservarlo para más adelante —le dije a Gabriela y está dispuesta a quedarse contigo —le respondo—. Me dijo que tenían un tema que repasar.
Gabriela me ha quitado el puesto de tener que enseñarle a Zafira. Ella disfruta hacerlo y, por lo que veo, Zafira lo disfruta más haciéndolo con ella.
—Sí, luego Orlando me prometió que me enseñaría a hacer un pay de manzana.
Un amargo me sube por el esófago, y mi estado de ánimo baja como si me acabara de dar la noticia más desastrosa de mi vida.
—¿Orlando?
Asiente. —Sí, el asistente de cocina, o eso me dijo —se encogió de hombros—, así que me dijo que en cualquier momento que estuviera libre me ayudaría.
—¿No crees que pasas demasiado tiempo con Orlando? —pregunto, y la pregunta sale más molesta de lo que planeé.
Se encoge de hombros y su cara se contrae, confundida, como si no entendiera qué es lo que le quiero preguntar.
—No lo sé. —Se acerca a mí y sus ojos tienen un brillo de preocupación. —¿Te molesta?
Sí.
—No —respondo más rápido que mi cerebro—, solo es que recuerda que Orlando trabaja aquí y puede ser que le estés atrasando.
Busco la mejor manera de decirle eso a Zafira, porque sé que tengo que tratar de comunicarme con ella como si fuera pequeña. A veces me gusta vigilar mucho lo que digo.
Editado: 20.10.2026