Meses Junto a ti

Capítulo 22 - Lo diez deseos

Berlian

La algarabía en la multitud resuena en todo el lugar. Hay mucha gente en la salida. Nos tiran fotos, hasta nos piden autógrafos, aunque tenemos prohibido hacer ese tipo de cosas. Realmente, por seguridad, las personas no tienen permitido acercarse y menos cuando están en manada.

Se han visto casos en que las personas se acercan a las celebridades como si fueran simples fans, pero es con la finalidad de hacernos daño. Aunque suene algo ridículo, así como hay personas que nos adoran y quieren, hay personas que nos odian.

Llevar un país no es fácil. No siempre podemos tener a todos con buenas opiniones, y a veces las personas no comprenden que lo que sucede no es siempre culpa de quien está al mando. Pero, si no lo entienden, es más fácil pensar que lo que está pasando es culpa de otra persona.

La seguridad se encarga de que nadie se acerque a nosotros mientras nos dirigimos al auto y salimos de las actividades del día de hoy. Gunter nos abre la puerta del coche para que subamos, y lo hago luego de que mi madre suba. Cierra la puerta del auto y, aun así, se escucha el murmullo de las personas.

—Me gustó la actividad, madre —digo, recostándome del asiento y tomando una pequeña botella de agua de la nevera—. Aunque estoy agotado, ¿cómo es que haces esto todos los días?

Mi madre tenía una actividad con una fundación que se dedica a ayudar a mujeres que son madres solteras. Se ayudan entre ellas y crían a sus hijos juntas. No todas son aquellas cuyos esposos las abandonaron; un grupo de ellas perdió a sus esposos o estos no están lo suficientemente aptos para criar hijos.

Se encoge de hombros.

—Costumbre —responde—. Y ya que sabemos que yo vine por costumbre, ¿por qué viniste tú? —Enarca una ceja.

Me giro y finjo estar ofendido.

—¿Un hijo no puede querer ayudar a su madre? —Toco mi pecho.

—Un hijo normal, sí. —Quizá ahora sí debería ofenderme—. Tú no.

—Solo quería acompañarte, mamá. —Me encojo de hombros, dejándome caer en el asiento nuevamente —. Te había prometido que trataría de involucrarme más en las cosas del castillo, y eso hago.

Levanta la barbilla como si estuviera evaluando cada cosa que digo. Sé que no me cree; no soy muy buen mentiroso. Eso lo comprobé cada vez que hacía algo y siempre me descubrían en tiempo récord.

—¿Esto no tiene que ver con el hecho de que estás evitando a cierta visita que tenemos en el castillo? —Mi madre enarca las cejas.

¿Ves lo que te dije? Me descubren en tiempo récord.

—No sé de qué hablas —me encojo de hombros.

—Hablo del hecho de que ayer la mandaste con Lucas a ir al hospital y no la llevaste como siempre. —Demonios, mi madre me tiene demasiado vigilado —. Te conozco muy bien, Berlian. Yo a ti te parí y te crié.

Giro los ojos.

—Bueno, puede ser —suspiró—. No quiero que se encariñe más de la cuenta conmigo.

Después de lo del beso, me di cuenta de que Zafira ha estado confundiendo las cosas. Ella tiene un tiempo haciéndolo, pero pensé que era algo sutil, ya que la veo tan inocente... pero ya no tanto. Y ni siquiera pude reaccionar cuando vi que prácticamente se me subió encima a besuquearme.

Y lo peor de todo es que, como si fuera un adolescente que está al control de sus hormonas, no pude controlarme. Bueno, por lo menos los diez primeros segundos. Creo que disfruté más el beso que ella. Todavía no tiene mucha experiencia ni muchas ideas de besar, pero eso no impide que sus labios se sientan...

¡Demonios, Berlian! Así como no puedes permitir que ella se encariñe contigo, tú no debes encariñarte con ella.

—Hijo, sabes que intento no meterme en tus cosas. —Levantó las cejas. ¿En serio lo estás intentando? Porque si lo estás intentando, déjame decir que lo estás haciendo muy mal —. Pero sé lo que tratas de hacer. Tienes que dejar de alejar a la gente que se encariña contigo.

Mi pecho se aprieta, pero no le doy tanta importancia.

—No quiero que se encariñe conmigo. Cuando este programa se acabe, ya se irá —respondo—. Y probablemente no nos volvamos a ver.

—¿Así de drástico? —pregunta mientras sube una ceja.

—Sí, por eso no quiero que se encariñe más de la cuenta. No quiero que sufra cuando se tenga que ir. Zafira es muy vulnerable —. Ese es el programa, no lo organicé yo, simplemente lo estoy cumpliendo.

—¿Y tú no la extrañarás a ella?

Me quedo en silencio, no le respondo su pregunta. Me recuesto del espaldar del asiento, evitando mirarla, ya que mi madre es muy buena para descubrir cuándo le estoy mintiendo.

—No sé qué pasa entre ustedes —sigue hablando a pesar de que la ignoré anteriormente—. Pero, hijo, deberías hablar con ella. Recuerda que esa Zafira no es tan como nosotros —arruga las cejas—. No me tomes a mal, pero sabes que Zafira prácticamente es como una niña pequeña y puede tomarlo de otra manera.

—¿Qué te hace pensar eso?

—El hecho de cómo te mira cuando la ignoras y que la he visto más decaída de la cuenta. —Arrugo las cejas aún más. No la había visto decaída.




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