Zafira
Caminando entre los pasillos del castillo, voy mirando muchos cuadros que hay en el segundo nivel. No sé en qué momento me entretuve tanto; sin embargo, llegué al final del pasillo, cosa que nunca había hecho, y me encuentro de frente con una enorme puerta blanca.
Es muy bonita, pulcra, digna de un castillo. Miro esa puerta y creo que, si no me equivoco, yo no he entrado en ella. Me acerco levemente a esa puerta y pongo la mano en el manubrio, pero de repente una voz me interrumpe.
—Señorita, no puede entrar a esa habitación —una de las empleadas me hace sobresaltar con su voz.
—Oh, ¿por qué?
—Es una habitación privada; el príncipe Berlían tiene prohibido que las personas entren.
—Oh, está bien —es lo único que digo.
Pero aunque acepté el hecho de que no podía entrar a la habitación, no fue que eso me dejó más tranquila; al revés, activó mi curiosidad: ¿Qué es lo que hay ahí que no quieren que entre?
Bajo las escaleras saltando, como suelo hacerlo todos los días. Ya los empleados ni siquiera me miran extraños; la mayoría de ellos que están en el pasillo simplemente me saludan con una enorme sonrisa. Fui a la habitación de Berlían, pero solo me encontré con las chicas de limpieza, lo que me indicó que no estaba ahí.
Entonces, entro a la mesa principal con la esperanza de encontrarlo desayunando, pero también el lugar está vacío. Miro el teléfono, asegurándome de la hora, a ver si no fue que me desperté más temprano de la cuenta, pero veo que son las 8:00 de la mañana. Me sorprende que Berlían no esté durmiendo; ese chico no es muy amante de estar despierto temprano.
Arrugo la ceja cuando veo todo el lugar vacío. Sé que quizás Berlían no esté despierto, pero ¿y Gabriela? ¿Y la reina? ¿Dónde estarán? Así que me dirijo al único lugar donde sé que siempre va a haber gente, que es la cocina. Y, efectivamente, como me lo imaginé, la mayoría de los empleados están trabajando arduamente. Me mantengo sonriente cuando se trata de ellos. Me gusta verlos trabajando; es como si tuvieran una coreografía para hacer lo que hacen.
—Señorita Zafira, buenos días —me saluda muy sonriente la chef.
Es una pequeña señora regordeta, con la cara bastante redonda, que siempre tiene una sonrisa en ella y me trata muy amablemente. Ella siempre me guarda naranjas.
—Buen día —le sonrío—. ¿Usted ha visto a Berlían?
—Sí, lo vi salir esta mañana, señorita —responde muy amable.
Pues está despierto. Eso es demasiado sorprendente, ese niño despierto temprano.
—¿Necesita algo, señorita? —pregunta, dejando de hacer lo que estaba haciendo hace un segundo.
—No, nada. Solo que no me gusta desayunar sola, y veo que no hay nadie en el comedor. Parece que todo el mundo salió —me encojo de hombros—. Creo que quizás desayunó en mi habitación.
—Pero si no es mucha molestia, señorita, puede desayunar aquí con nosotros y hacernos compañía —me brinda una enorme sonrisa que incluso hasta me la contagia.
—¿En serio no le molestaría que me quede aquí? —pregunto. No quiero sentir que les estoy estorbando a estas personas que trabajan tanto.
—Claro que no, señorita, para nosotros es un honor. Venga y siéntese aquí.
Con una enorme sonrisa me acerco y me siento en la pequeña encimera que hay en medio de la cocina, donde ya me sirve un sándwich y yogur de fresa, que se ha vuelto mi favorito luego de que estoy aquí.
Pasé tanto tiempo con ellos que no me di cuenta de la hora. Pasé hablando con estas personas y disfrutando con ellas. Quizás cuando acabe el programa podía pedirle a Berlían que me ponga como empleada en la cocina. Bueno, no sé cocinar mucho, pero ayudaba en la cocina del hospital, aprendo rápido y puedo ayudar.
Mi conversación es interrumpida, porque veo a Orlando entrando por la cocina. Tenía unos días sin verlo y sin que él me buscara. Antes siempre pasábamos tiempo juntos; bueno, fueron algunos días, pero ya lo consideraba mi amigo. De un tiempo para acá creo que dejé de caerle bien, o eso creo.
—Hola, Orlando —lo saludo cuando veo que entra y deja una bolsa en la esquina de la estufa.
—Hola, Zafira —me da una sonrisa—. Tengo que seguir trabajando, así que volveré afuera.
Veo que no deja ni siquiera que le responda; se da media vuelta y vuelve a salir por la misma puerta que entró. Le doy una rápida mirada a Sofía, que me mira de igual manera, y me bajo del taburete en el que estaba sentada para ir detrás de él.
—¡Orlando, espera! —Veo cómo sus pasos se detienen, pero no se gira—. Orlando, ¿estamos bien? — pregunto —. ¿Por qué siento que estás enojado conmigo?
—No estoy enojado con usted, señorita Zafira. Solo me gustaría mantener mi distancia.
Arrugo las cejas. —Pero ¿por qué? ¡Sí éramos amigos! —o eso creo.
—Señorita Zafira, al príncipe Berlían no le gusta mucho que yo esté cerca de usted —suelta de golpe—; bueno, no le gusta que nadie del sexo masculino esté cerca —susurra, aunque lo escucho, pero no entiendo qué quiere decir.
—Creo que estás confundido, ¿por qué a Berlían le molestaría que tú y yo nos juntáramos? —pregunto—. Él y tú son mis amigos por igual.
Editado: 20.10.2026