Meses Junto a ti

Capìtulo 21- Segundo beso

Zafira

Una de las cosas que más me gusta hacer es bajar por estas enormes escaleras, aunque suene estúpido; cada vez que lo hago me siento una princesa de cuento de hadas. Me encanta la parte donde tengo que levantarme, bañarme, vestirme y bajar por las enormes escaleras hacia el comedor, que casi siempre están llenas de las chicas del servicio. Parece de película.

Y eso es exactamente lo que hago ahora mientras bajo despacio las escaleras para llegar al primer piso. Voy feliz porque esta mañana llamé a Olivia y hablé un buen rato con ella y, después, hablé con Mateo. Me sentí tan feliz cuando hablé con él; sé que cada vez está mejor. Estoy feliz de que esté bien.

No sabía qué haría si Mateo no salía de esa. Mateo y Olivia son lo más cercano a una familia que tengo. Miro el gran ventanal donde se ve oscuro; ya cayó la noche y las estrellas se asoman, dando iluminación. Si le sumamos las lámparas del castillo, se ve precioso. Termino de bajar la escalera y una hermosa armonía entra por mi oído, guiándome como un mapa.

Sonrío. Esa melodía ya la había escuchado ayer. Sé de dónde viene el sonido, así que me dirijo al lugar que ya conozco: el estudio de música donde está el piano.

Las dos personas, Gabriela y Berlian, están en el piano jugando y tocando juntas. Una enorme sonrisa se instala en mi rostro al verlos a los dos juntos, compartiendo una pasión que ambos tienen. Sé que fue su padre quien les enseñó a tocar el piano, como me dijo Berlian.

Por el tiempo que he estado aquí, me he dado cuenta de que, a pesar de la diferencia de edad, él y su hermana son bastante unidos y confían mucho el uno en el otro. Son como mejores amigos.

Los dedos de Berlian se deslizan por el piano con cierta agilidad, logrando esa hermosa melodía. Me quedo en silencio escuchando el piano, y me mantengo mirándolo mientras mi estómago se aprieta. Siento algo raro, quizás tengo hambre. Los miro y veo cómo su cabello brilla y le cae por la frente y la nuca; no es tan largo, pero tampoco tan corto. Realmente, nunca había visto un chico tan guapo.

Salgo un poco del salón mientras sigo la melodía, choco con algo y automáticamente me giro, encontrándome con la reina.

—Oh, lo siento mucho, majestad —me inclino torpemente—. No la vi.

—De eso sí me di cuenta —su voz suena algo graciosa—. Estabas concentrada en otras cosas.

Dirige su mirada al salón, donde sus hijos siguen tocando el piano.

—¿Te gusta la melodía? —pregunta volviendo la mirada hacia mí.

Asiento.

—Sí, Berlian toca muy bien.

—Ayer pude comprobar eso —añado.

—Mi esposo, aparte de ser el rey, era pianista —me cuenta—. Lo hacía de hobby y tocaba en muchas actividades. Se encargó de enseñárselo a nuestros hijos, aunque Berlian no le tomó tanta pasión como mi esposo quería —se ríe—. En cambio, a mi hija ese es su sueño.

—Sí, Berlian me contó la historia.

—¿Ustedes eran los que cantaban ayer?

Y por una extraña razón mis mejillas se sonrojan, siento mi piel arder.

—Sí, éramos nosotros —le sonrío, pero intento cambiar el tema—. También me habló de que Gabriela quiere ser pianista profesional.

—Así es —me sonríe.

—Sé que le irá bien, ella es muy talentosa, igual que su hermano —vuelvo a mirar a Berlian.

La reina me mira y noto cómo se ríe. Sonrío por cordialidad, porque no sé de qué se ríe.

—¿Sucede algo, majestad? — pregunto al ver el brillo en sus ojos y la sonrisa.

—Zafira, ¿existe la posibilidad de que a ti te guste mi hijo? —pregunta.

Miro hacia Berlian y arrugo las cejas, realmente no me esperaba esa pregunta. Vuelvo la mirada a la reina arrugando las cejas. ¿Gustar Berlian a mí? Pues no lo sé. Yo... sé que me gusta estar con él, y ¿cómo no va a ser así si es el chico más amable y más guapo que he conocido, aunque no he conocido muchos?

Conozco la palabra, la he escuchado y he experimentado con muchos libros de romance, sé lo que es; sin embargo, no sé si yo lo siento. Cada protagonista de cada libro lo siente de una forma diferente, así que no sé identificar exactamente cómo se siente, pero realmente no lo sé.

Yo sé que siento algo por él, algo más que amistad, pero no sé si lo definiría como gustarme.

— ¿Gustar? — me pregunto a mí misma —. Pues, reina, yo no sé mucho sobre gustar a una persona; sin embargo, no negaré que me gusta estar con su hijo. Él es muy amable y me gusta pasar tiempo con él — ella sonríe, contagiándome su risa —. Y... siento muchas cosas, pero no sé si es gustar.

Ella me sonríe.

— Lo entenderás más adelante, mi niña — me acaricia el brazo —. Pero, créeme, él siente lo mismo por ti.

— Madre, Zafira.

Berlian sale del salón.

— No sabía que estaban por aquí.

Sus ojos se posan en mí unos segundos, sin embargo, vuelve a su madre.

— Solo hablaba con Zafira — dice —. Pero ya me voy a acostar. Iré a convencer a tu hermana de que es hora de dormir — nos da una enorme sonrisa —. Buenas noches.




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