[Día 8 – 16:45] — Nivel -5 (Armería)
Mickael acomodó el resorte recuperador dentro del cajón de mecanismos. Sentía la presencia de Misaki a su espalda, tan cerca que podía percibir el suave aroma a menta que contrastaba con el olor a aceite de armas del taller.
—Veo que tus manos están intactas, sargento —habló Misaki de repente, cruzándose de brazos y rodeando la mesada hasta quedar a un costado de él, mirándolo desde arriba—. Aunque por lo que vi en la enfermería, no necesitabas descanso, sino un guardia en la puerta.
Mickael no se detuvo, pero levantó una ceja de reojo.
—¿A qué se refiere, comandante?
—A que antes de entrar a tu habitación vi salir a esa tiradora canadiense, Caperuza Roja, con una sonrisa bastante particular —soltó Misaki, con una frialdad medida en la voz que no lograba ocultar del todo una pizca de veneno—. Y cuando crucé el pasillo, me encontré a Luna parada cerca de la entrada, mirando hacia adentro como si estuviera custodiando un trofeo.
Misaki se inclinó despacio sobre el borde de la mesa de acero, acortando la distancia hasta que su rostro quedó a escasos centímetros del de Mickael. Sus ojos se clavaron en él.
—Le recuerdo que esto es una instalación militar de alta tecnología en medio de Alaska, Acuña. No es un hotel de citas ni un centro de vacaciones. No quiero que te estés distrayendo, y mucho menos quiero un circo de celos en mi equipo de patrulla.
Mickael encajó el cerrojo de su fusil con un clack metálico y firme. Sostuvo la mirada de la comandante sin pestañear.
—Solo fueron a ver si seguía entero después del lío en el comedor, comandante. Mis ojos están bien puestos en mi trabajo. No se preocupe por eso.
—Más te vale que así sea... —susurró Misaki, manteniendo el contacto visual un segundo más de lo profesional, dejando una electricidad tensa flotando en el aire.
De repente, un estallido sordo retumbó desde los conductos superiores.
En una fracción de segundo, las luces blancas del techo, las pantallas táctiles y el zumbido de los generadores se apagaron de golpe. La colosal armería del Nivel -5 quedó sumida en una oscuridad total.
Mickael soltó el arma por instinto, llevando la mano derecha a la empuñadura de su cuchillo táctico. Escuchó a Misaki dar un paso atrás, poniéndose en guardia en la penumbra. Tres segundos después, un silbido grave anunció la activación del sistema secundario: una secuencia de luces rojas de emergencia parpadeó a lo largo de las paredes, bañando la bóveda en un tono carmesí siniestro.
—¿Un apagón? —preguntó Mickael en voz baja, escaneando el perímetro.
—No debería ser posible —respondió Misaki, tocando el comunicador de su oído—. Aquí la Comandante Misaki. Reporte de estado del Nivel -5. ¿Qué pasó con la red?
Mientras ella escuchaba una respuesta distorsionada por el auricular, la mirada de Mickael —potenciada por su aguda visión— se fijó en la zona de los elevadores.
A unos quince metros de distancia, el androide AX-04, que los había saludado al llegar, permanecía erguido en medio del pasillo. Pero algo andaba mal. Los servomotores de su cuello emitieron un rasguño metálico áspero, un sonido grave que parecía un gruñido ahogado de engranajes forzados. Su cabeza giró con un ángulo antinatural hacia ellos.
Mickael abrió los ojos de par en par: la lente óptica derecha del robot no estaba reflejando la luz roja de la pared. Emitía su propio brillo carmesí brillante, parpadeando con un patrón de pulso de datos ajeno al sistema.
—Comandante... mire a ese robot —señaló Mickael de inmediato, sin quitarle la vista de encima—. El AX-04. Su lente cambió de color por sí sola y sonó como si estuviera forzando el cuello.
Misaki cortó la comunicación y echó una mirada rápida hacia el autómata. Justo en ese instante, el sistema principal dio un chasquido, las luces blancas de LED regresaron de golpe a toda potencia y la iluminación roja se apagó. El androide AX-04 volvió a quedar completamente rígido y silencioso, con sus lentes en el tono azul habitual.
—Es el reflejo del alambre de cobre de los sensores ante el destello de la luz de emergencia, Acuña —desestimó Misaki con frialdad, haciendo un gesto con la mano para restarle importancia—. No busques fantasmas donde no los hay. Los chasis de la serie AX están blindados contra interferencias. Fue solo una fluctuación del núcleo.
—Comandante, le juro que escuché un...
—Termina de ensamblar tu fusil, sargento —lo interrumpió ella con tono tajante, recuperando su máscara de mando—. Es una orden. Te quiero en los cuarteles descansando. Mañana a las nueve salimos a la superficie y no voy a tolerar que te quedes dormido en la nieve.
Sin darle espacio a replica, Misaki dio media vuelta y caminó a paso firme hacia los elevadores, dejándolo solo. Mickael miró una última vez al androide AX-04, que permanecía inmóvil, sabiendo en el fondo que lo que acababa de presenciar no tenía nada que ver con un simple reflejo de luz.
Misaki se detuvo abruptamente antes de cruzar las puertas del elevador. Dio tres pasos firmes de regreso hacia Mickael, acortando la distancia con una postura rígida, y le apuntó directo al pecho con el dedo índice.
—Sargento, no tiene permitido hablar de lo que vio en esta armería —advirtió con una frialdad cortante—. Si alguien pregunta, solo vino a calibrar armamento convencional. El resto de la base, en especial los que están de paso por un mes, aún no conocen esta tecnología. En el correr de los días se les informará gradualmente de los androides. Así que, si escucho un solo rumor, sabré exactamente que salió de su boca.
Sin añadir más, dio media vuelta y desapareció tras el cierre de las puertas de acero.
Mickael terminó de ensamblar el fusil en silencio. Antes de marcharse, caminó despacio hacia el androide AX-04 que había fallado durante el apagón, mirándolo con profunda desconfianza. El robot seguía inerte, pero el eco del gruñido metálico aún lo perseguía. Tomó el ascensor y marcó el Nivel -3, subiendo directamente hacia los cuarteles.