Misaki parpadeó rápido, apartando la vista hacia las brasas con un leve rubor asomando en sus mejillas. Se llevó una mano a la sien, fingiendo un gesto de cansancio. —Nada... pensé en voz alta —murmuró, sacudiendo la cabeza—. El alcohol me está mareando más rápido de lo que creí. Es tu turno de preguntar, sargento. No pierdas tu oportunidad.
Mickael notó la evasiva, pero decidió no presionar. Le dio una pitada al cigarro y señaló hacia el suelo. —Bien. Entonces dime, ¿qué hay más abajo? Sé que la base llega hasta el Nivel -10.
Misaki soltó una risa nasal, apoyando la cabeza en el respaldo del sillón. —Esa es información clasificada. Pero... supongo que te has ganado un poco de confianza hoy. Cuando regresemos, te daré un recorrido oficial. Ya conoces el Nivel -5, así que te llevaré hasta el Nivel -6: los laboratorios de ensamblaje de armaduras tácticas. Es lo máximo que puedo mostrarte. Yo tengo autorización hasta el Nivel -8, pero lo que hay de ahí para abajo no te incumbe.
La conversación continuó fluyendo entre tragos y anécdotas menores hasta rozar la medianoche. El viento afuera era un rugido constante. Mickael giró la cabeza hacia la mesada para sacudir la ceniza, pero su mirada se clavó de golpe en el radar.
Tres puntos rojos parpadeaban en el límite del sector norte.
—Misaki, mira esto —dijo Mickael, poniéndose de pie al instante.
La comandante se levantó despacio, parpadeando con pesadez, y se acercó a la pantalla. Para cuando enfocó la vista, dos de los puntos desaparecieron entre la estática, y el último se desvaneció un segundo después.
—No hay nada, Mickael. El whisky te está haciendo ver cosas. —Acabo de ver tres firmas térmicas acercándose al perímetro —insistió él, tomando su abrigo—. Voy a salir a revisar.
Misaki le agarró el brazo con una fuerza sorprendente, deteniéndolo en seco. —No seas idiota. Afuera hay cuarenta grados bajo cero y visibilidad nula. Te vas a congelar por salir a perseguir a unos osos o ciervos desorientados.
—¡No eran putos animales! —estalló Mickael, soltándose del agarre, con la frustración acumulada desbordándolo—. ¡Ese es exactamente el problema! ¡Nadie me cree! En mi escuadrón me decían Ojo Loco porque veía cosas que ellos ignoraban. Juan me dijo que los ruidos que escuché en los conductos de ventilación eran solo el viento. Y tú... tú me dijiste que el androide en la armería solo era un reflejo de luz. ¡No estoy loco, Misaki! ¡Sé lo que vi!
Misaki tensó la mandíbula, con los ojos brillando de furia por el arranque de insubordinación. —¡Sargento, escúcheme bien! ¡Le ordeno que...!
Intentó dar un paso firme hacia él para imponerse, pero el alcohol, el calor de la estufa y el agotamiento acumulado le pasaron factura de golpe. Sus piernas fallaron. La mirada de la comandante se desenfocó y su cuerpo se desplomó hacia adelante como un peso muerto.
Mickael reaccionó por puro instinto, soltando el abrigo para atraparla antes de que su cabeza golpeara contra la mesada de acero. Quedó sosteniéndola en brazos, inconsciente, mientras el radar a sus espaldas seguía emitiendo su monótono zumbido verde en medio de la madrugada solitaria.
Día 9 – 08:50 A.M.
Misaki se despertó de golpe, sentándose en el catre de un salto.
«¿Dónde estoy?», pensó, llevándose ambas manos a la cabeza. Una punzada sorda le palpitaba en las sienes. Miró a su alrededor y la memoria volvió a ella. Cierto. Estaba de guardia en el Puesto Norte.
Notó que aún llevaba puesta la ropa táctica de la noche anterior. Se calzó las botas con pesadez y avanzó por el pasillo corto hasta la estancia principal, donde parpadeaban los monitores.
Al llegar, vio a Mickael. Ya tenía su mochila lista a un costado y bebía una taza de café negro, sentado frente al radar con la vista fija en la pantalla.
—Buenos días, comandante —dijo él, girando apenas la cabeza—. Le informo la situación desde que quedó inconsciente anoche: pasé el reporte de los contactos térmicos tal como me indicó, aclarando que se trataba de fauna local. No ha habido más novedades. La tormenta paró a las siete de la mañana, ya confirmaron que el relevo viene en camino y me encargué de todo el papeleo.
Misaki se frotó la frente, procesando la información.
—Espera… ¿Me estás diciendo que llevas veinticuatro horas seguidas despierto?
—No es nada. Por suerte fue un servicio tranquilo y ya estoy acostumbrado. En el pasado he llegado a estar más de setenta y ocho horas operativo sin dormir.
—Entiendo, pero podrías haberme despertado para descansar un poco.
—Estaba de servicio, comandante, no se preocupe —respondió Mickael con un tono neutro, señalando una libreta sobre la consola—. Por cierto, ahí tiene anotados todos los reportes que transmití durante la madrugada. Puede chequearlos. Si no le molesta, iré afuera a fumar un cigarro mientras esperamos.
Sin añadir nada más, Mickael tomó un cigarrillo, lo encendió, se colgó la mochila al hombro y salió al exterior frío.
Misaki, todavía lidiando con el rastro del dolor de cabeza y la resaca moral de la noche anterior, fue a recoger sus cosas. Minutos después, el sonido áspero de un motor rompió el silencio de la montaña. El relevo había llegado.
Tras entregar el reporte sin novedades a los recién llegados, Misaki salió de la cabaña. Mickael ya estaba acomodado al mando de la moto de nieve, con el motor en marcha.
—Si no le molesta, comandante, yo conduzco de regreso.
Ella asintió en silencio y subió a la parte trasera.
El viaje fue rápido y cortante por el viento helado. Quince minutos después, cruzaban los portones principales de la base. Misaki bajó del vehículo y observó a Mickael ajustar su mochila para reincorporarse al interior del búnker.
—Sargento —lo llamó ella con voz firme, recuperando su postura de mando—. Dado que cubrió el turno completo, tiene el resto del día libre. Descanse. En cuanto a lo que hablamos anoche sobre los niveles inferiores… solicitaré las autorizaciones pertinentes y le estaré informando mañana a primera hora.