Mickael barrió con la mirada todo el interior del refugio. La cabaña combinaba la austeridad de la madera rústica con la frialdad del equipo militar: un trío de monitores térmicos parpadeaba en el centro sobre una mesada de acero, flanqueado por un sillón de cuero gastado y una estufa a leña que comenzaba a propagar un agradable chasquido de calor.
Misaki trancó la pesada compuerta blindada tras de sí, dejando afuera el aullido metálico del viento.
—Bien, sargento. Le daré un pequeño recorrido. Venga y traiga su mochila —indicó, señalando un pasillo corto con la cabeza—. Solo hay tres habitaciones. La primera puerta a la derecha es el baño; el calentador de agua de depósito es manual, así que si planea ducharse, tómese su tiempo. La puerta de la izquierda es la despensa, donde encontrará raciones de combate y suministros de emergencia.
Misaki empujó la tercera puerta, ubicada justo en el centro.
—Y este es el cuarto de descanso. Hay un solo catre térmico: mientras uno cumple el servicio de vigilancia, el otro duerme. Deje su maleta aquí; cuando sea su turno libre podrá quitarse el equipo pesado y ponerse ropa más cómoda.
Ambos dejaron sus pertrechos sobre la cama vestida con mantas militares gruesas y regresaron a la estancia principal.
—La leña para la estufa está afuera, al costado de la entrada. No sé si la llegó a ver cuando entramos —continuó Misaki, apoyando la mano sobre la consola central—. Y acá es donde sucede la magia. Tenemos tres pantallas, una computadora con la red de la base y estos handys para comunicarnos entre nosotros. Este otro que está en la base de carga es la línea directa encriptada; cada dos horas exactas hay que dar el reporte de situación al Nivel -1.
La comandante consultó su reloj táctico y levantó la vista hacia Mickael.
—Son exactamente las 09:30. Como tardamos algo más en el trayecto, el relevo nos buscará a las 21:30. Las doce horas las vamos a dividir en dos turnos de seis horas: uno se queda sentado vigilando los radares, las cámaras térmicas y enviando los reportes por radio, mientras el otro sale a despejar la nieve de la entrada, limpiar los sensores y patrullar los puntos de control del perímetro.
Misaki se acercó a la consola central, dando dos pequeños golpes con los nudillos sobre el marco metálico para llamar la atención de Mickael.
—Regla número uno de esta cabaña, sargento —dijo ella, ajustándose el transmisor en el cuello—: las comunicaciones con el Nivel -1 las manejo únicamente yo. Eres nuevo en la instalación y el protocolo de enlace encriptado requiere claves de rango. Los informes de novedad se envían cada dos horas exactas, ni un minuto más, ni un minuto menos. Yo me encargo de la radio; tú concéntrate en los sensores y en la nieve.
Mickael asintió en silencio, reconociendo la lógica militar tras su autoridad.
Durante la primera hora, Misaki lo guio paso a paso por la interfaz del radar. Le enseñó a diferenciar el ruido electromagnético provocado por el frío de las verdaderas firmas térmicas, y cómo calibrar las barreras infrarrojas del perímetro. A las 10:30, ambos se colocaron los abrigos pesados, las gafas tácticas y salieron juntos al exterior para la inducción de campo.
La bofetada de aire helado fue brutal. Entre la nieve que comenzaba a acumularse rápidamente, Misaki lo llevó a través del perímetro, mostrándole los tres puntos de control clave. Le enseñó a despejar el hielo de las lentes ópticas con aire comprimido calentado y a revisar las conexiones de la antena principal.
A las 11:30, de regreso en la calidez de la cabaña y con los pies descongelándose junto a la estufa a leña, fijaron las rotaciones: bloques estrictos de dos horas. Dos horas dentro monitoreando los sistemas, y dos horas afuera recorriendo el perímetro y limpiando la acumulación de hielo.
El día transcurrió en una rutina metódica y demandante.
Con cada turno exterior, la ventisca empeoraba visiblemente. Para las 15:30, el cielo de Alaska se había oscurecido por completo en una noche prematura. Cada dos horas, Misaki tomaba el micrófono encriptado y transmitía al búnker el reporte sin novedades, manteniendo una disciplina impecable mientras Mickael se adaptaba al ritmo del servicio.
[20:15 P.M.] — Cabaña de Vigilancia
El viento aullaba contra las paredes de madera con una fuerza destructiva. La temperatura exterior se había desplomado por debajo de los cuarenta grados bajo cero y las ventanas estaban completamente cubiertas por un grueso tapiz de escarcha blanca.
Mickael acababa de entrar de su último turno en el exterior. Temblando, se despojó del abrigo térmico, dejando los guantes pesados sobre la mesada, y se acercó a la estufa a leña para frotarse las manos. El calor del fuego comenzaba a devolverle la sensibilidad a los dedos.
En la consola, Misaki observó la pantalla del radar, llena de estática provocada por la densidad de la tormenta, y luego tomó el micrófono de alta frecuencia que terminaba de cargar en la base.
—Base Alfa, aquí Puesto Norte —transmitió la comandante con voz firme y clara—. Reporte de las veinte horas. Perímetro sin novedades. Nos preparamos para el relevo de las veintiuna treinta. Cambio.
La respuesta de la radio no fue inmediata. La estática dominó el altavoz durante varios segundos angustiosos antes de que una voz distorsionada por la interferencia lograra abrirse paso:
—Puesto Norte… aquí Base Alfa… —la voz del operador sonaba metálica, cortada por el ruido blanco—. Cancelen preparativos de relevo. Repito: relevo cancelado.
Misaki frunció el ceño y se inclinó sobre el equipo.
—Base Alfa, repita transmisión. La señal se corta. Cambio.
—La tormenta escaló a Categoría Tres en el sector norte, comandante. Visibilidad cero en la ruta de montaña y vientos descontrolados. Los vehículos no saldrán del búnker. Quedan bloqueados en posición. Deberán extender el servicio doce horas más hasta la mañana. Tienen autorización para pasar a protocolo de guardia nocturna reducida. Cambio.