Punto Ciego

Capítulo 14

Día 9 – 10:30 A.M.

En los barracones de la compañía femenina, el silencio de la mañana solo era interrumpido por el eco del agua al caer. Misaki dejó su muda de ropa sobre una banca de madera y avanzó hacia la zona de duchas llevando únicamente la toalla.

Giró la llave del agua caliente, cerró los ojos y se sumergió bajo el chorro de vapor, soltando un largo suspiro acumulado.

—Necesitaba esto hacía rato —murmuró para sí misma, sobándose las sienes—. Maldita sea, todavía me patea la cabeza.

Estuvo disfrutando del agua durante unos cinco minutos en completa soledad, hasta que el sonido de la puerta principal anunció la llegada de dos mujeres más. Entraron a los puestos contiguos y, entre el ruido del agua, comenzaron a hablar sin reparar en quién estaba al lado.

—¿Ya viste a los extranjeros que llegaron? —comentó una de ellas—. Están bastante bien, la verdad. Todos y cada uno.

—Bueno, por lo que oí, los británicos ya tienen pareja —respondió la otra—. Y del grupo uruguayo solo son tres: una chica y dos hombres. Si Juan no fuera tan grande y no estuviera comprometido, le daría una oportunidad.

—¿En serio? A mí me llama más la atención el otro sargento... ¿Acuña, no?

—Sí, creo que sí. Pero corren rumores de que está saliendo con la comandante Misaki. Yo que tú no me metería en su camino.

—Ah, no le hagas caso a los rumores. En cuanto la vea le pregunto directamente.

Al escucharse mencionada, Misaki apretó los dientes. Incómoda y con la paciencia agotada, cerró la llave de golpe y salió del cubículo enrollándose la toalla en el pelo. Una de las soldados, al notar el movimiento, giró la cabeza y se quedó helada al reconocer la figura de su superior.

—Buenos días, comandante —dijo de inmediato, cuadrándose con cierta torpeza—. Disculpe la molestia, no sabía que estaba aquí. Me presento: soy la cabo Gutiérrez. Me trasladaron hace dos semanas, antes de que llegaran los extranjeros.

Misaki se bajó la toalla del cabello y le estrechó la mano con un gesto frío y calculado.

—Un gusto, cabo. Si me disculpa, me gustaría vestirme.

—Sí, claro, comandante... Aunque, perdón que me atreva a preguntar —continuó la cabo, incapaz de contener la curiosidad—. ¿Es verdad el rumor de que está saliendo con el sargento Acuña?

Misaki se detuvo un instante antes de responder, manteniendo el rostro inexpresivo.

—No. Solo estoy a cargo de su instrucción y guiándolo en la base.

—Entiendo... O sea que se encuentra disponible —comentó la cabo con una sonrisa ligera.

La mirada de Misaki se endureció al instante, volviéndose cortante como el hielo de la superficie.

—Esto no es un hotel, soldado —sentenció con voz baja pero firme—. No debería distraerse con esas estupideces. Si la trasladaron a este complejo es porque demostró capacidad operativa. No eche a perder su rendimiento pensando en tonterías.

Sin esperar respuesta, Misaki dio media vuelta y caminó hacia la zona de lockers.

Apoyada contra el marco de la puerta del vestíbulo la esperaba Caperucita, cruzada de brazos y con una sonrisa socarrona dibujada en el rostro. Había escuchado toda la conversación.

—Interesante, comandante —murmuró Caperucita, alzando una ceja—. Así que no sucedió absolutamente nada en la guardia nocturna...

Misaki no bajó la guardia. Se ajustó el cinturón táctico del uniforme, le devolvió una mirada neutra y respondió con amargura:

—Ya lo escuchaste. No es un hotel.

Misaki se alejó a pasos firmes hacia el pasillo principal. Tras su partida, la cabo Gutiérrez soltó un suspiro de alivio y se volvió hacia su compañera.

—Bueno… la comandante dijo que no sale con él. Eso significa que el terreno está libre —dijo Gutiérrez, ajustándose la toalla—. Voy a ver si me lo cruzo en el comedor.

Caperucita, apoyada en el marco de la puerta, dejó escapar una risa burlona mientras se cruzaba de brazos.

—No te hagas ilusiones, novata. A ese sargento uruguayo ya le puse el ojo yo. Vas a tener que esforzarte bastante si quieres competir conmigo.

—¿No tienes nada mejor que hacer en esta base que andar cazando hombres por los pasillos? —resonó una voz fría a sus espaldas.

Luna emergió de la zona de casilleros, secándose el cabello oscuro con una toalla. Sus ojos brillaban con una hostilidad abierta mientras clavaba la mirada en Caperucita.

Caperucita ni se inmutó; al contrario, su sonrisa se volvió más provocadora.

—Miren quién llegó… la protectora del escuadrón —dijo en tono de burla—. Tranquila, francotiradora. Solo decía que tarde o temprano iré a hablar con el sargento Acuña a ver si tengo oportunidad.

—No tienes la más mínima oportunidad con él —respondió Luna, dando un paso al frente con el cuerpo rígido de tensión.

—Vaya, qué celosa nos saliste —provocó Caperucita, acortando la distancia hasta quedar a pocos centímetros de Luna—. Hagamos algo: si tanto te molesta, arreglemos esto como se debe. Nos vemos en el gimnasio a puño limpio. La última que quede en pie se gana el derecho de acercarse a él. Es más… podríamos invitar a la comandante para que sea un todos contra todos, ¿qué dices?

Luna apretó los puños, pero antes de que pudiera responder, Caperucita ladeó la cabeza con lástima simulada.

—Ah, no, espera… Se me olvidaba que tú solo eres una francotiradora. Lo tuyo es esconderte a kilómetros y jalar un gatillo mientras el resto hacemos el trabajo sucio en el combate cuerpo a cuerpo, ¿verdad?

Caperucita le dio un golpe de hombro intencional al pasar a su lado, saliendo al pasillo con una risita ahogada. Luna se quedó en el vestidor, con la mandíbula apretada y la respiración agitada por la rabia acumulada, mientras las otras dos cabos prefirieron guardar un silencio sepulcral para no convertirse en su siguiente objetivo.

Día 9 – 18:30 P.M.

​El peso del cansancio acumulado se disipó despacio mientras Mickael abría los ojos en la penumbra de sus aposentos. El reloj digital en la pared marcaba las seis y media de la tarde. Tras estar más de veinticuatro horas en pie, el descanso le había devuelto el alma al cuerpo, aunque los hombros le pesaban por la postura rígida de la guardia.




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