Seis razones para amarte y odiarte

Capítulo 1

CAPÍTULO 1: EL NUEVO VECINO

El camión de mudanzas se detuvo frente a la casa de dos pisos con un chirrido quejumbroso, como si también estuviera cansado de aquel viaje interminable de ocho horas.

Valentina Morales se bajó del auto con la espalda crujiendo y el alma hecha pedazos, pero con una sonrisa que había ensayado durante semanas. Miró la fachada de ladrillo desgastado, el jardín descuidado, la puerta azul que necesitaba una mano de pintura. No era el palacio que su madre le había prometido cuando se casó con aquel hombre adinerado. No era nada de eso.

Era suyo. Suyo y de sus seis hijos. Y eso lo hacía perfecto.

—¿Ya llegamos? —preguntó Emma desde el asiento trasero, con su vocecita de cuatro años arrastrando las palabras por el sueño.

—Sí, mi amor. Ya llegamos a casa.

—¿Esta es nuestra casa? —Sofía, diez años, arrugó la nariz desde la ventanilla—. Se ve... vieja.

—Se ve con carácter —corrigió Valentina, abriendo la puerta para que los niños bajaran—. Y con carácter significa que tiene historia. Como nosotros.

Lucas, el mayor, de doce años, fue el primero en saltar al pavimento. Se ajustó la mochila en los hombros y escaneó el vecindario con la mirada seria de un general inspeccionando el campo de batalla. A su izquierda, una casa con jardín impecable. A su derecha, otra casa con jardín impecable. Enfrente, una más con jardín impecable.

—Mamá —dijo, con ese tono que Valentina ya conocía demasiado bien—. Aquí vive gente... normal.

—Nosotros somos normales.

—Mateo se comió un gusano en el parque la semana pasada.

—Eso fue un experimento científico —protestó Mateo, de ocho años, saltando del auto con la energía de un resorte—. ¡Quería saber si sabía a pollo!

—No sabía a pollo —murmuró Diego, cinco años, bajando con calma y mirando la casa con sus grandes ojos oscuros—. Sabía a tristeza.

Valeria, siete años, ya estaba llorando antes de tocar el suelo.

—¡No quiero vivir aquí! ¡Quiero mi cuarto viejo! ¡Quiero mi escuela vieja! ¡Quiero a mi papá!

Valentina sintió el puñetazo familiar en el pecho. Se agachó y tomó la cara de su hija entre las manos.

—Lo sé, mi amor. Lo sé. Pero este es un nuevo comienzo. Y los nuevos comienzos dan miedo, pero también dan... aventuras.

—¿Aventuras como las de los piratas? —preguntó Emma, animándose.

—Mejores. Aventuras como las de una familia que empieza de cero y se hace más fuerte que nunca.

Lucas resopló. No creía en los discursos. Pero ayudó a bajar las cajas sin quejarse, lo cual, para él, era casi un abrazo.

---

Las primeras horas fueron un caos organizado.

Valentina dirigía la mudanza como una generala: «Lucas, lleva esa caja al cuarto de la esquina. Sofía, no abras esa, tiene las cosas frágiles. Mateo, ¿dónde está Mateo?».

Mateo estaba en el jardín del vecino, intentando trepar un árbol que tenía un letrero de PROHIBIDO SUBIRSE.

—¡Mateo! —gritó Valentina, corriendo hacia él con Emma en brazos—. ¡Bájate de ahí ahora mismo!

—¡Pero mamá, desde aquí se ve toda la cuadra!

—¡No me importa si se ve toda la ciudad! ¡Abajo!

Mateo bajó, refunfuñando, justo cuando una puerta se abrió al otro lado de la cerca.

—¿Se puede saber qué está pasando aquí?

La voz era profunda, grave, con un tono de autoridad que no pedía permiso. Valentina se giró, todavía con Emma en brazos, y sintió que el aire se le atascaba en la garganta.

El hombre era alto. Muy alto. Tenía el cabello oscuro, ligeramente despeinado, como si acabara de pasar la mano por él con frustración. Llevaba una camisa blanca impecable, arremangada hasta los codos, y unos pantalones de vestir que costaban más que el alquiler de su antigua casa. Sus ojos eran de un gris intenso, como el cielo antes de una tormenta, y en ese momento estaban fijos en ella con una mezcla de irritación y... algo más.

—Lo siento muchísimo —dijo Valentina, recuperando el aliento—. Mi hijo... bueno, los niños... acabamos de mudarnos y...

—¿Ese árbol es suyo? —interrumpió Mateo, señalando el roble—. Porque es genial para escalar. ¿Puedo subirme mañana?

El hombre parpadeó.

—No. No puedes subirte a mi árbol.

—¿Por qué?

—Porque... —El hombre pareció buscar una razón lógica—. Porque es peligroso.

—No es peligroso. Me subo a árboles más altos en el parque. Una vez me caí y me rompí el brazo, pero fue divertido.

—¿Divertido? —El hombre miró a Valentina como si esperara que ella confirmara que su hijo estaba loco.

—Mateo, cállate —siseó Lucas, apareciendo detrás de su madre con los brazos cruzados—. El señor nos va a demandar.

—¿Demandar? —El hombre arqueó una ceja—. ¿Cuántos años tienes?

—Doce. Y sé lo que es una demanda. Mi mamá tuvo que demandar al casero anterior porque no arreglaba la calefacción.

—Lucas —dijo Valentina, con una sonrisa tensa—, ve adentro con tus hermanos.

—Pero...

—Ahora.

Lucas obedeció, pero no sin antes lanzarle al hombre una mirada que decía te tengo vigilado.

Valentina se ajustó a Emma en la cadera y extendió la mano libre.

—Valentina Morales. Acabo de mudarme a la casa de al lado. Perdone el escándalo. Los niños están... emocionados.

El hombre miró su mano por un segundo, como si no estuviera acostumbrado a que la gente lo saludara. Luego la estrechó. Su apretón fue firme, cálido, y Valentina sintió un cosquilleo que no tenía ningún derecho a sentir.

—Alejandro Duarte. Alex.

—¿Alex? —Emma levantó la cabeza de su hombro y lo miró con curiosidad—. ¿Eres un príncipe?

Alex parpadeó.

—¿Perdón?

—Emma, cariño, no es un príncipe. —Valentina sonrió, avergonzada—. Es... un vecino.

—Pero tiene cara de príncipe. Como el de La Cenicienta. El que es malo al principio pero luego es bueno.

—Emma —dijo Valentina entre dientes—, vamos adentro.

Alex los miró a los dos, y por un segundo, algo se movió en su expresión. Una grieta en esa máscara de seriedad. Casi una sonrisa.



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En el texto hay: amor romance humor

Editado: 02.10.2026

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