Vincent

La casa del lago

CAPITULO 16

—¿Dónde está? —pregunté.

Vincent no respondió.

—La casa del lago.

—Amelia…

—¿Dónde está?

—A unos cuarenta minutos de aquí.

—Entonces vamos.

Sophie me miró como si hubiera perdido la cabeza.

—¿Ahora?

—Ahora.

Vincent negó.

—No.

—¿Por qué?

—Porque eso es exactamente lo que quieren.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Quedarme en mi habitación esperando otro mensaje?

—Quiero que pienses antes de actuar.

—Llevo días pensando.

Lo miré fijamente.

—Y cada vez que pienso, aparece otra cosa que tú ya sabías.

Vincent se quedó callado.

—Voy a ir —dije.

—Entonces voy contigo.

—No necesito que me acompañes.

—No te lo estoy preguntando.

Sophie suspiró.

—Perfecto. Entonces voy yo también.

Llegamos poco antes de que oscureciera.

La casa estaba rodeada de árboles y parecía abandonada desde hacía años.

No había luces.

No había vehículos.

Nada.

Vincent apagó el motor.

—Quédate aquí.

—Ni siquiera lo pienses.

Salí del automóvil.

Sophie hizo lo mismo.

—Definitivamente no deberíamos estar haciendo esto —murmuró.

—Probablemente no.

Caminamos hasta la puerta.

Estaba cerrada.

Vincent sacó una pequeña linterna.

—Hay otra entrada detrás.

Rodeamos la casa.

Encontramos una puerta de madera.

También estaba cerrada.

Pero no tenía seguro.

Vincent la empujó.

Se abrió.

El interior olía a humedad.

Encendimos las luces de nuestros teléfonos.

Había muebles cubiertos con sábanas y fotografías antiguas sobre las paredes.

Me acerqué a una de ellas.

Era Eleanor.

Sonreía.

A su lado estaba mi madre.

Las dos parecían muy jóvenes.

—Mi madre nunca me habló de esto.

Vincent no dijo nada.

Seguí caminando.

Entonces vi una puerta al final del pasillo.

Tenía una cerradura.

—¿Qué hay ahí?

Vincent observó la puerta.

—No lo sé.

—¿Nunca entraste?

—No.

—Pero conocías esta casa.

—Sí.

—Entonces, ¿por qué nunca entraste?

Vincent me miró.

—Porque Eleanor me pidió que nunca abriera esa puerta.

Sentí un escalofrío.

—¿Y por qué ahora debería hacerlo?

Vincent no respondió.

Saqué la llave que había encontrado en mi habitación.

La observé.

Después miré la cerradura.

Encajaba.

Sophie dio un paso atrás.

—Amelia…

Introduje la llave.

Giró.

La puerta se abrió lentamente.

Dentro había una habitación pequeña.

Un escritorio.

Una estantería.

Y una caja de madera.

Me acerqué.

Sobre la caja había una fotografía.

La levanté.

Era mi madre.

Pero no estaba sola.

A su lado estaba Eleanor.

Y entre ellas había una niña.

Me quedé paralizada.

—Vincent…

Él se acercó.

Miró la fotografía.

Su expresión cambió.

—No.

—¿Quién es la niña?

No respondió.

Miré la fotografía otra vez.

Había algo familiar en aquel rostro.

Demasiado familiar.

—Vincent.

Él tomó la fotografía.

—Tenemos que irnos.

—¿Quién es?

—Ahora.

—¡¿Quién es la niña?!

Vincent me miró.

Y entonces escuchamos un ruido afuera.

Una puerta cerrándose.

Sophie se quedó inmóvil.

—¿Escucharon eso?

Vincent apagó inmediatamente la linterna.

—No hagan ruido.

Los tres quedamos en silencio.

Pasos.

Alguien estaba caminando dentro de la casa.

Lentamente.

Cada vez más cerca.

Vincent se colocó frente a nosotras.

Los pasos se detuvieron frente a la puerta.

Nadie respiró.

Entonces alguien habló desde el otro lado.

Una voz tranquila.

Una voz que reconocí.

—Amelia.

Sentí que el corazón se me detenía.

Era mi madre.

—Sé que estás ahí.

Vincent me miró.

Y en ese instante comprendí algo.

Mi madre no había venido a buscarme.

Había venido a buscar la fotografía.



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Editado: 19.09.2026

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