CAPITULO 25
El hombre que murió
Amelia volvió a leer el mensaje.
No regreses a casa.
Después apareció el segundo.
Él ya está allí.
No sabía qué le daba más miedo.
Que su madre supiera quién estaba en la casa.
O que no hubiera querido decirle su nombre.
—¿Qué significa eso? —preguntó Sophie.
Amelia levantó la mirada.
—No lo sé.
Vincent tomó el teléfono y volvió a leer ambos mensajes.
—Tu madre sabía que esto iba a pasar.
—¿Y cómo sabes eso?
—Porque no te dijo que fueras a buscar ayuda. Te dijo que no regresaras.
Sophie seguía mirando la fotografía de su padre.
No había pronunciado una sola palabra desde que Vincent había ampliado la imagen.
—Mi padre está muerto —dijo finalmente.
—Eso creías —respondió Vincent.
Sophie negó con la cabeza.
—Yo estuve en su funeral.
El silencio cayó sobre los tres.
Amelia sintió un escalofrío.
—Entonces alguien tuvo que hacerte creer que murió.
Sophie levantó la mirada.
—¿Por qué alguien haría eso?
Nadie respondió.
Vincent arrancó el automóvil.
—Tenemos que averiguar quién era realmente tu padre.
—¿Y cómo?
—Hay una persona que puede saberlo.
Amelia lo miró.
—¿Quién?
Vincent no respondió inmediatamente.
—Mi padre.
Sophie soltó una risa nerviosa.
—¿Tu padre?
—Si él tuvo acceso a la llave de Eleanor y estuvo relacionado con su desaparición, probablemente también sabía quién era el hombre de la fotografía.
Amelia sintió que todo volvía a conectarse.
Blackwood.
Eleanor.
Su madre.
El padre de Sophie.
Y ahora el padre de Vincent.
Demasiadas personas habían estado guardando secretos.
Y cada secreto parecía llevar a otro.
Llegaron a una pequeña oficina abandonada que pertenecía antiguamente a la familia Blackwood.
Vincent abrió la puerta con una llave que llevaba en el bolsillo.
—¿También tienes las llaves de lugares abandonados? —preguntó Amelia.
—En mi familia las cosas funcionan así.
—Eso no me tranquiliza.
Por primera vez en horas, Vincent sonrió ligeramente.
—No pretendía tranquilizarte.
Entraron.
Había archivadores viejos, cajas y documentos cubiertos de polvo.
Vincent comenzó a buscar.
Sophie permaneció cerca de la puerta.
—No puedo creer que esté vivo.
Amelia se acercó.
—Lo vamos a encontrar.
Sophie la miró.
—¿Y si no quiero encontrarlo?
Amelia no respondió.
Porque entendía perfectamente lo que quería decir.
A veces descubrir la verdad no significaba sentirse mejor.
A veces significaba perder para siempre la versión de la historia con la que habías aprendido a vivir.
—Aquí está —dijo Vincent.
Sacó una carpeta.
En la portada había un nombre.
Gabriel Vale.
Sophie palideció.
—Ese es mi padre.
Vincent abrió la carpeta.
Había contratos, fotografías y registros de diferentes propiedades.
Pero había algo más.
Un documento oficial.
Sophie lo tomó.
Lo leyó una vez.
Después otra.
—Esto no puede ser.
Amelia se acercó.
Era un certificado de defunción.
El nombre era Gabriel Vale.
Pero la fecha de fallecimiento no coincidía con lo que Sophie recordaba.
Sophie tragó saliva.
—Este documento dice que murió tres años después de la fecha que me dijeron.
Vincent tomó el papel.
—Entonces alguien falsificó la fecha que conocías.
—¿Quién?
Vincent continuó revisando los documentos.
Hasta que encontró una firma.
Se quedó inmóvil.
Amelia observó su rostro.
—¿Qué pasa?
Vincent giró lentamente el documento.
Abajo aparecía una firma.
Amelia Laurent.
La madre de Amelia.
Sophie dio un paso atrás.
—Tu madre firmó esto.
Amelia sintió que el estómago se le cerraba.
—Mi madre hizo que todos creyeran que tu padre había muerto.
Nadie habló.
Entonces una hoja cayó de la carpeta.
Era una nota escrita a mano.
Vincent la recogió.
Solo tenía una frase:
“Gabriel no murió. Lo hicieron desaparecer porque sabía dónde estaba la niña.”
Sophie dejó escapar el aire lentamente.
—La niña...
Amelia sintió que la palabra le atravesaba el pecho.
La niña.
La misma de las fotografías.
La misma cuyo nombre habían intentado borrar.
La misma que parecía estar relacionada con ella.
Vincent levantó la mirada.
—Tenemos que encontrar a Gabriel antes que ellos.
En ese momento, el teléfono de Sophie comenzó a sonar.
Número desconocido.
Ninguno de los tres se movió.
Finalmente, Sophie contestó.
—¿Hola?
No hubo respuesta.
Solo respiración.
Sophie miró a Amelia.
—¿Quién es?
Una voz masculina respondió.
—Sophie.
Ella dejó de respirar por un segundo.
Conocía esa voz.
—Papá...
La llamada terminó.
Inmediatamente llegó un mensaje.
“No busques a Eleanor.”
Sophie abrió el siguiente.
“Búscame a mí.”
Debajo había una dirección.
Y una hora.
18:40.
Vincent miró el reloj.
18:12.
—Está vivo —susurró Sophie.
Amelia miró la dirección.
No estaba lejos.
Pero había algo que la inquietaba.
Una última línea acababa de aparecer en la pantalla.
“Y ven con Amelia. Ella tiene derecho a saber por qué su madre me ayudó a desaparecer.”
Amelia levantó lentamente la mirada.
Por primera vez, la verdad parecía estar a punto de alcanzarlos.
Y esta vez no sabían si querían encontrarla.