La vida después de…
Han pasado algunas semanas desde el funeral.
La vida en Savigno continúa.
Al principio, me parecía extraño.
Ver a las personas caminar por la plaza.
Escuchar las campanas.
Ver las puertas de los negocios abrirse cada mañana.
Como si nada hubiera pasado.
El café del abuelo ha vuelto a abrir.
—No es lo mismo —susurro.
Las mesas están en el mismo lugar.
Las tazas siguen sobre la barra.
Pero falta su voz.
Su presencia.
Supongo que así es la vida.
No espera a que estemos preparados.
Simplemente continúa.
Quizás eso es lo más extraño de perder a alguien.
No es solamente que esa persona ya no esté aquí.
Es descubrir que el mundo seguirá funcionando, aunque una parte de ti todavía permanezca detenida en una de las tantas estaciones que tiene la vida.
Últimamente he pensado mucho en eso.
En la vida después de.
Después del festival.
Después del abuelo.
Después de todo lo que creí que tenía que dejar atrás.
Y, por primera vez, también he pensado en la vida que podría existir después de todo lo que he vivido.
⸻
Por la noche me dirijo al restaurante de Matteo.
Llego a la cocina.
Matteo está ahí, como siempre.
Nos miramos, pero no hablamos.
Últimamente eso ocurre con frecuencia.
Podemos pasar varios minutos juntos sin sentir la necesidad de llenar cada silencio.
Él se acerca y me susurra que me preparará un té.
Mientras tanto, me siento y comienzo a revisar algunas fotografías en mi computadora.
Por encima de la pantalla, lo observo.
—¿Nunca te sientes cansado de hacerte el que puedes con todo? —pregunto.
Matteo sonríe ligeramente.
—Podría preguntarte lo mismo.
Levanto la mirada y hago un gesto de desagrado.
—Yo no me hago la que puedo con todo —digo entre dientes.
—No.
Me mira.
—Tú haces otra cosa.
—¿Qué? —pregunto.
—Haces como si no necesitaras nada.
No sé qué responder, así que bajo la cabeza y vuelvo a mirar la computadora.
Después de unos segundos, Matteo se sienta frente a mí.
—Mi padre siempre fue así —susurra.
Levanto la mirada.
Esta vez no sonríe.
—¿Así cómo? —pregunto.
Matteo permanece en silencio durante unos segundos.
—Difícil de complacer.
No digo nada.
—Cuando era niño, pensaba que, si hacía las cosas bien, algún día sería suficiente.
Siento algo dentro de mí.
Lo miro a los ojos y puedo sentir su dolor.
Porque conozco demasiado bien esa sensación.
—¿Y nunca fue suficiente?
Matteo niega lentamente con la cabeza.
—No lo sé.
Hace una pausa.
—Quizás el problema era que yo siempre estaba esperando que él me dijera que lo era.
Lo observo.
—¿Y el abuelo?
Matteo sonríe, pero esta vez hay melancolía en sus ojos.
—El abuelo nunca me hizo sentir que tenía que demostrar nada.
Baja la mirada.
—Por eso es tan difícil.
No necesito preguntarle qué quiere decir.
Lo sé.
Nos quedamos en silencio.
Matteo parece cansado.
Mucho más de lo que quiere admitir.
Apoya los brazos sobre la mesa de preparación.
Se ve agotado, pero aun así me parece tan lindo con su uniforme de chef.
Después de unos minutos, deja caer la cabeza sobre sus brazos.
Pienso que se quedó dormido.
Sonrío ligeramente.
Yo también estoy cansada.
Apoyo la cabeza sobre la mesa, cerca de él.
Lo observo.
Incluso dormido parece estar intentando mantener el control de todo.
Un mechón de cabello cae sobre su rostro.
Levanto lentamente la mano y lo aparto.
Mis dedos rozan su cabello.
Lo miro durante unos segundos.
Y entonces susurro:
—Yo también tengo miedo de no ser suficiente de nuevo. De no ser suficiente para ti.
Silencio.
Entonces Matteo abre los ojos.
Me quedo completamente inmóvil.
Me está mirando con sus ojos color avellana.
Y, por un segundo, no sé si ha escuchado lo que dije.
—Para mí lo eres, Abigail.
Me quedo en silencio.
Siento cómo las lágrimas llenan mis ojos.
No respondo.
No puedo.
Una lágrima cae sobre mi mejilla.
Matteo sonríe ligeramente.
Se levanta de la silla y se acerca a mí.
Me abraza.
Esta vez no intento esconder las lágrimas.
Me quedo entre sus brazos y me sujeto fuertemente a él.
Por primera vez, siento que no tengo que explicar por qué lloro.
⸻
Antonella
Lucca finalmente comienza a salir.
No mucho.
Todavía evita hablar del abuelo.
Pero ya no permanece encerrado todo el día.
Una mañana lo veo sentado en la plaza.
Tiene un café frente a él.
Lo observo detenidamente desde la distancia.
—Ese tonto no parece el mismo de antes —susurro.
Pero, al menos, está ahí.
Paso cerca.
Lucca solo observa.
No me detengo.
Continúo caminando hacia la floristería.
Él baja la mirada.
⸻
Lucca
Mientras Antonella pasa frente a mí, prefiero evitarla.
Después de aquel día en mi habitación, me avergüenza que me haya visto así.
Sé que ella está molesta.
Recuerdo sus palabras.
Las cosas que nos hacen daño no desaparecen simplemente porque dejemos de hablar de ellas.
Por primera vez, empiezo a entender algo.
Antonella no es fría.
No es distante porque no le importe nadie.
Quizás simplemente aprendió demasiado pronto que acercarse a las personas también podía doler.
Susurro para mí mismo:
—Ahora entiendo por qué no dejas que nadie se acerque.
Puedo ver cómo Antonella se detiene unos metros más adelante.
Aunque intenta actuar indiferente, se gira y me saca la lengua para luego continuar caminando.
—Me habrá escuchado —susurro.