Fundador :la nueva vida

EPÍLOGO El Fundado

Tres meses después...

El universo había recuperado su equilibrio.

Las estrellas brillaban.

Los océanos respiraban.

Los árboles florecían.

Las guerras...

Habían terminado.

Por primera vez en miles de años...

Existía paz.

Una enorme puerta apareció sobre el cielo.

No era un portal.

Era...

La entrada entre el Reino del Origen y el mundo mortal.

Kael descendía lentamente.

No caminaba.

Simplemente...

Caía hacia la Tierra.

Detrás de él...

Aether.

Lyra.

Los Diez Apóstoles.

Nox.

El Creador.

Todos regresaban a casa.

Cuando los primeros humanos levantaron la vista...

Guardaron silencio.

Un niño señaló el cielo.

—Mamá...

¿Quién es él?

La mujer comenzó a llorar.

Porque conocía la historia.

Porque todos la conocían.

El rumor se extendió.

Como un incendio.

Por ciudades.

Bosques.

Montañas.

Reinos.

Continentes.

Los elfos salieron de sus bosques.

Los gigantes dejaron sus montañas.

Los dragones descendieron del cielo.

Los demonios abandonaron el inframundo.

Incluso las almas de los héroes caídos...

Aparecieron por un instante.

Millones.

No...

Miles de millones de seres vivos...

Miraban al mismo hombre.

Kael aterrizó lentamente sobre la tierra.

No dijo nada.

Miró el horizonte.

Como si nunca hubiera estado allí.

Entonces ocurrió.

Un anciano dio un paso al frente.

Y se arrodilló.

Después otro.

Luego diez.

Cien.

Mil.

Millones.

Uno tras otro.

Todo el planeta comenzó a arrodillarse.

Los reyes.

Los soldados.

Los niños.

Los ancianos.

Los monstruos.

Los dragones.

Los dioses menores.

Incluso el propio Creador...

Inclinó la cabeza.

No ante un rey.

No ante un dios.

Sino...

Ante el hombre...

Que había rechazado convertirse en ambas cosas.

El viento movía lentamente el cabello de Kael.

Él observó a todas aquellas personas.

Confundido.

No entendía.

Se acercó a Aether.

Y preguntó en voz baja.

—¿Por qué... todos están arrodillados?

Aether sintió un nudo en la garganta.

Sonrió entre lágrimas.

Y respondió.

—Porque...

Les diste un mañana.

Kael miró otra vez a la multitud.

No recordaba haber hecho nada de eso.

Solo sonrió con humildad.

Y dijo:

—Entonces...

Espero que ese mañana...

Valga la pena.

Lyra no pudo contenerse.

Volvió a llorar.

Porque incluso sin recuerdos...

Seguía siendo Kael.

No por lo que recordaba.

Sino por lo que era.

Pasaron los años.

Se levantaron estatuas.

Se escribieron canciones.

Se fundaron academias.

Los niños aprendían en la escuela una frase que nadie olvidaría.

"Si todo tiene un cuerpo..."

Los maestros sonreían.

Y todos los alumnos respondían al mismo tiempo.

"...entonces también tiene una muerte."

Debajo de la estatua más grande jamás construida...

Había una inscripción.

No hablaba del guerrero más fuerte.

Ni del hombre más inteligente.

Ni del Portador de la Muerte.

Solo decía:

"Aquí se honra al hombre que renunció a todo... para que nosotros pudiéramos conservarlo todo."

Muy lejos de allí...

En una pequeña colina.

Un hombre de cabello negro observaba el atardecer.

Nox dormía a su lado.

Kael sonreía sin saber por qué.

Sentía que ese lugar...

Le daba paz.

Escuchó unos pasos detrás de él.

Era Lyra.

Ya no lloraba como antes.

Se sentó a su lado.

Los dos contemplaron el horizonte.

Sin hablar.

Durante varios minutos.

Finalmente...

Kael rompió el silencio.

Sin apartar la vista del sol.

—Perdón...

¿Nos conocemos?

Lyra cerró los ojos.

Una lágrima cayó por su mejilla.

Pero esta vez...

También sonrió.

Porque entendió algo.

No necesitaba que él recordara.

Bastaba con poder seguir a su lado.

Con una voz suave respondió:

—Todavía no...

Pero...

Si me lo permites...

Me gustaría conocerte otra vez.

Kael sonrió.

Con esa sonrisa tranquila.

La misma que había tenido de niño.

Y extendió la mano.

—Mucho gusto.

Mi nombre...

Es Kael.

Lyra tomó su mano.

Como si el destino les regalara una segunda oportunidad.

Y el sol terminó de ocultarse.




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