La mañana había comenzado tranquila.
Demasiado tranquila.
Eryn caminaba por las calles de Duskaria, con la espada de entrenamiento colgada a la espalda y las manos dentro de los bolsillos.
Tenía dieciséis años.
La misma edad que muchos de los estudiantes que caminaban a su alrededor.
Pero había una diferencia.
Todos sabían quién era.
Eryn no podía caminar diez metros sin escuchar un susurro.
—Es él.
—¿El hijo?
—Sí.
—El hijo del Fundador.
—Dicen que su padre derrotó a Nýrax.
—Dicen que podía destruir una montaña con una mano.
—Dicen que...
Eryn apretó los dientes.
No quería escuchar.
Pero era imposible.
Al pasar frente a una enorme estatua de Kael, levantó la mirada.
Allí estaba.
Su padre.
Representado con una espada en la mano.
El rostro serio.
El cabello movido por el viento.
Debajo de la estatua había cientos de flores.
Eryn se quedó mirándola unos segundos.
—Otra vez él...
Una voz apareció detrás.
—¿Te molesta?
Eryn giró.
Era una muchacha de cabello oscuro y ojos dorados.
Llevaba el uniforme de la Academia Central.
Su nombre era Selene.
Y era una de las pocas personas que no parecía impresionada por el apellido de Eryn.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Eryn.
—Camino.
—Eso ya lo veo.
—Entonces no preguntes cosas obvias.
Eryn soltó una pequeña risa.
—Eres insoportable.
—Y tú eres demasiado serio.
Selene miró la estatua.
—¿Te molesta que todos hablen de tu padre?
Eryn tardó en responder.
—No.
—Mentiroso.
—¿Cómo sabes?
—Porque cuando alguien dice "Kael", aprietas la mandíbula.
Eryn se quedó callado.
Selene sonrió.
—Te descubrí.
—No tienes nada mejor que hacer.
—No.
—Qué triste.
—Muchísimo.
Ambos siguieron caminando.
Después de unos segundos, Selene preguntó:
—¿Es verdad?
—¿Qué cosa?
—Que tu padre es el hombre más fuerte que ha existido.
Eryn miró hacia adelante.
—No lo sé.
Selene frunció el ceño.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Nunca lo he visto pelear en serio.
—Pero es tu padre.
—Precisamente.
Eryn se detuvo.
—Todos hablan de él como si fuera una leyenda. Pero yo lo conozco como papá.
Selene guardó silencio.
Eryn continuó:
—Para ustedes es el Fundador.
Para mí es el hombre que me despierta cuando llego tarde.
El que me obliga a comer verduras.
El que me dice que deje la espada cuando llevo demasiado tiempo entrenando.
El que se ríe cuando me caigo.
El que...
Eryn sonrió ligeramente.
—El que nunca me deja ganar.
Selene sonrió.
—Eso sí parece algo que haría el Fundador.
—¿Ves?
—Pero...
Selene lo miró directamente.
—¿Alguna vez has querido superarlo?
Eryn dejó de sonreír.
—Todos los días.
La Academia Central
La campana sonó.
Los estudiantes entraron al enorme patio de entrenamiento.
La Academia no era solamente para humanos.
Había elfos.
Elarim.
Demonios.
Incluso algunos jóvenes dragones capaces de adoptar forma humana.
En el centro del patio había un grupo de estudiantes esperando.
Uno de ellos era particularmente alto.
Cabello blanco.
Ojos azules.
Una pequeña marca en forma de estrella atravesaba su mejilla.
Se llamaba Kaien.
Hijo de uno de los antiguos Apóstoles.
Cuando Eryn llegó...
Kaien sonrió.
—Miren quién llegó.
Algunos estudiantes voltearon.
Eryn suspiró.
—No empieces.
—¿Por qué?
Kaien se acercó.
—Solo quiero saber algo.
—¿Qué?
—¿Cuándo vas a demostrar que realmente eres hijo del Fundador?
Silencio.
Eryn lo miró.
—No tengo que demostrarte nada.
Kaien soltó una carcajada.
—Eso dicen todos los que saben que no pueden hacerlo.
Selene dio un paso adelante.
—Déjalo.
Kaien la ignoró.
—Tu padre salvó el universo.
Tu padre derrotó a los dioses.
Tu padre fue capaz de enfrentarse a la propia muerte.
Y tú...
Kaien miró la espada de madera que Eryn llevaba.
—Ni siquiera puedes vencerme.
Eryn permaneció tranquilo.
—¿Quieres pelear?
Kaien sonrió.
—Ahora sí.
El instructor levantó una mano.
—¡Comiencen!
Kaien desapareció.
Su cuerpo se convirtió en una ráfaga de luz.
Apareció frente a Eryn.
CLANG.
Eryn bloqueó.
El impacto hizo retroceder sus pies.
Kaien atacó otra vez.
Y otra.
Y otra.
Eryn bloqueaba.
Pero cada golpe era más rápido.
—¡Vamos! —gritó Kaien—. ¡Demuestra quién eres!
Eryn recibió un golpe en el hombro.
Retrocedió.
Kaien volvió a atacar.
Eryn levantó la espada.
CLANG.
Bloqueó.
Pero esta vez...
Su cuerpo reaccionó de una manera extraña.
Su pie se movió.
Su hombro giró.
Su espada cambió de ángulo.
Y utilizó un movimiento que jamás había aprendido.
Kaien perdió el equilibrio.
Eryn lo derribó.
Silencio.
Todos quedaron sorprendidos.
Kaien abrió los ojos.
—¿Qué...?
Eryn también estaba confundido.
Miró sus propias manos.
No sabía cómo había hecho eso.
El instructor se acercó.
—¿Dónde aprendiste esa técnica?
—No la aprendí.
—Imposible.
Eryn miró a Kaien.
—Mi cuerpo simplemente...
Se adaptó.
Esa noche...
Kael estaba sentado en el jardín.
Lyra llevaba una taza de té.
—Hoy volvió a ocurrir.
Kael levantó la mirada.
—¿Qué?
—Eryn.
Kael dejó la taza sobre la mesa.