Durante las siguientes semanas...
no ocurrió ningún ataque.
Y precisamente eso era lo preocupante.
Los demonios habían desaparecido.
Los Elarim habían cerrado sus fronteras.
Los elfos comenzaron a movilizar tropas.
Los gigantes abandonaron sus territorios.
Incluso los dragones ancestrales...
habían comenzado a despertar.
Algo estaba sucediendo.
Algo que todavía nadie comprendía.
El Consejo
En el continente de Duskaria...
representantes de distintas razas se reunieron.
El salón era gigantesco.
Demonios.
Elfos.
Elarim.
Humanos.
Gigantes.
Dragones.
Todos estaban presentes.
Y ninguno confiaba en los demás.
Un rey demonio golpeó la mesa.
—¡Esto es absurdo! ¡No podemos quedarnos esperando mientras esas criaturas preparan otro ataque!
Una reina elfa respondió:
—¿Y qué propones? ¿Atacar primero?
—Exactamente.
—Eso provocaría una guerra.
El demonio sonrió.
—La guerra ya comenzó.
Silencio.
Entonces...
las puertas se abrieron.
Todos se giraron.
Kael entró.
Sin armadura.
Sin espada.
Con las manos en los bolsillos.
Miró a todos.
—¿Ya empezaron a discutir?
El rey demonio frunció el ceño.
—Fundador.
Kael bostezó.
—Sí, sí.
—Esto no es un asunto para bromas.
Kael se sentó.
—No estoy bromeando.
La reina Elarim lo observó.
—Entonces dinos qué debemos hacer.
Kael miró alrededor.
—Nada.
Todos quedaron sorprendidos.
—¿Nada?
Kael asintió.
—Todavía no.
Un general golpeó la mesa.
—¡Nos están provocando!
Kael lo miró.
—Eso es precisamente lo que quieren.
El salón quedó en silencio.
—Si atacamos ahora —continuó Kael—, ellos decidirán cuándo empieza la guerra.
—¿Y si esperamos?
Kael sonrió.
—Entonces nosotros decidimos.
Eryn estaba afuera.
Había escuchado todo.
Aren se acercó.
—Tu padre tiene razón.
—Lo sé.
—¿Te preocupa?
Eryn miró el cielo.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque cuando mi padre dice que todavía no debemos atacar...
Aren esperó.
Eryn terminó:
—significa que está esperando algo mucho peor.
Mientras tanto...
Muy lejos del consejo...
un ejército avanzaba.
No pertenecía a ninguna raza conocida.
No tenían banderas.
No tenían nombres.
Todos llevaban máscaras blancas.
Miles.
Decenas de miles.
Y al frente...
caminaba una mujer.
Cabello negro.
Ojos rojos.
Una sonrisa tranquila.
Uno de los soldados se acercó.
—¿Cuándo atacaremos?
Ella levantó la mirada.
—Todavía no.
—¿Por qué?
La mujer sonrió.
—Porque todavía falta alguien.
—¿Quién?
Ella respondió:
—El Fundador.
La familia
Esa noche...
Kael regresó a casa.
Lyra estaba cocinando.
—Llegaste tarde.
—Había una reunión.
—¿Y?
Kael se sentó.
—Todos quieren comenzar una guerra.
Lyra suspiró.
—¿Y tú?
—Yo quiero comer.
Lyra lo miró.
—Kael.
—¿Qué?
—Estoy hablando en serio.
Kael sonrió.
—Yo también.
Lyra puso el plato frente a él.
—Come.
Kael empezó a comer.
Eryn entró.
—Papá.
—¿Sí?
—¿Realmente crees que habrá una guerra?
Kael dejó el tenedor.
—Sí.
Eryn se sentó.
—¿Y qué vamos a hacer?
Kael miró a su hijo.
—Lo mismo que siempre.
—¿Pelear?
Kael negó.
—Proteger.
Eryn quedó callado.
Kael continuó:
—No quiero que pelees porque eres mi hijo.
—Entonces ¿por qué?
—Porque llegará un momento en que tendrás que decidir por ti mismo qué quieres proteger.
Eryn lo miró.
—¿Y tú qué protegerías?
Kael miró a Lyra.
Después a Eryn.
Sonrió.
—Esto.
Lyra bajó la mirada.
Eryn sonrió.
Durante unos segundos...
solo fueron una familia.
Pero afuera...
algo observaba la casa.
Una sombra.
Pequeña.
Silenciosa.
Y cuando Kael levantó la mirada...
la sombra desapareció.
Kael siguió comiendo.
Eryn preguntó:
—¿Qué pasa?
Kael negó.
—Nada.
Pero su expresión había cambiado.
El primer movimiento
Tres días después...
una frontera humana fue atacada.
No hubo masacre.
No hubo destrucción.
Solo dejaron un mensaje.
Una enorme marca negra sobre la muralla.
Eryn llegó con los demás.
La observó.
—¿Qué significa?
Liora respondió:
—No lo sé.
Kael apareció detrás.
La miró.
Y su rostro cambió.
—Sí lo sabes —dijo Eryn.
Kael se acercó.
Tocó la marca.
—Esto no es una amenaza.
—¿Entonces?
Kael levantó la mirada.
—Es una invitación.
Aren preguntó:
—¿Invitación a qué?
Kael respondió:
—A la guerra.
Todos quedaron inmóviles.
Kael retiró la mano.
—Pero todavía no quieren que luchemos.
Eryn preguntó:
—¿Cómo lo sabes?
Kael señaló la marca.
—Porque si quisieran matarnos...
no habrían dejado esto.
—¿Qué dejaron?
Kael sonrió.
—Una dirección.
Muy lejos...
en una montaña...
la mujer de los ojos rojos recibió un mensaje.
Un soldado se arrodilló.
—La marca fue encontrada.
Ella sonrió.
—Perfecto.
—¿Comenzamos?
La mujer negó.
—No.
Miró hacia el cielo.
—Primero quiero ver cuánto ha cambiado.
—¿Quién?
La mujer respondió:
—Kael.
Y por primera vez...
su sonrisa mostró una intención que todavía nadie podía comprender.