Habían pasado cuatro años.
La guerra...
Ya era un recuerdo para el mundo.
Kael vivía tranquilamente en una pequeña casa construida sobre una colina.
No era un rey.
No era un dios.
Ni siquiera utilizaba una espada.
Solo era...
Kael.
Aunque seguía sin recordar quién había sido.
Nox dormía todos los días en el mismo lugar.
Aether visitaba la casa cada semana.
Los Apóstoles seguían protegiendo el mundo desde las sombras.
Y Lyra...
Nunca dejó de quedarse a su lado.
Jamás volvió a preguntarle si la recordaba.
Porque había entendido algo.
No necesitaba recuperar el pasado.
Solo construir un nuevo futuro.
Una tarde...
Kael estaba arreglando una vieja cerca.
Lyra caminó lentamente hacia él.
Tenía las manos detrás de la espalda.
Sonreía.
Pero estaba muy nerviosa.
—Kael...
Él levantó la vista.
—¿Sí?
Ella respiró profundamente.
—Tengo que decirte algo.
Kael dejó las herramientas.
—¿Pasó algo?
Lyra negó.
Sonrió.
Y tomó lentamente la mano de Kael.
La llevó hasta su vientre.
Hubo unos segundos de silencio.
Después dijo...
Con lágrimas en los ojos.
—Vas...
A ser papá.
...
Silencio.
Kael permaneció completamente inmóvil.
Miró su mano.
Después a Lyra.
Después otra vez su mano.
Volvió a verla.
Parpadeó.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
—...
Lyra empezó a reír.
—Di algo...
Kael abrió lentamente la boca.
La volvió a cerrar.
Miró el cielo.
Volvió a verla.
Y soltó únicamente...
—...
—¿Qué?
Lyra ya no podía aguantar la risa.
Kael seguía completamente confundido.
—¿...Yo?
Ella asintió.
—Sí.
—¿Papá?
—Sí.
Kael volvió a quedarse en silencio.
Nox inclinó la cabeza.
Aether, que justo llegaba con unos papeles, escuchó la conversación.
Miró a Kael.
Y no pudo evitar empezar a reír.
—JAJAJAJAJAJAJA.
Los Apóstoles también comenzaron a reír.
Nunca...
Jamás...
Habían visto a Kael completamente sin palabras.
El hombre que había derrotado al Universo...
No sabía qué hacer.
Después de varios minutos...
Solo preguntó...
Con toda la inocencia del mundo.
—¿...Y ahora qué hago?
Toda la casa estalló en carcajadas.
Un año después...
Llovía.
Kael caminaba de un lado a otro.
Muy nervioso.
Aether intentaba tranquilizarlo.
—Siéntate.
—No puedo.
—Llevas tres horas caminando.
—Lo sé.
—Estás poniendo nerviosos hasta a los médicos.
Kael respiró profundamente.
—Esto da más miedo que pelear contra NÝRAX.
Aether comenzó a reír.
—Jamás pensé escucharte decir eso.
Entonces...
Desde la habitación...
Se escuchó el llanto de un bebé.
Todo quedó en silencio.
La puerta se abrió.
Una anciana sonrió.
—Puedes pasar.
Kael entró lentamente.
Lyra estaba recostada.
Cansada.
Pero sonriendo.
Entre sus brazos...
Había un pequeño bebé.
Dormía tranquilamente.
Lyra levantó la vista.
—Ven...
Kael se acercó.
Muy despacio.
Como si tuviera miedo de romper el momento.
Tomó al bebé entre sus brazos.
El pequeño abrió lentamente los ojos.
Y sonrió.
En ese instante...
Algo ocurrió.
Un recuerdo.
Luego otro.
Después otro.
Orion.
Nox.
Lucien.
Aether.
Los Diez Apóstoles.
La guerra.
El Réquiem.
El Universo.
NÝRAX.
Lyra llorando.
La promesa.
El sacrificio.
Todo.
Todo volvió.
En apenas unos segundos.
Kael sintió que el corazón le temblaba.
Lo recordaba todo.
Absolutamente todo.
Miró a Lyra.
Ella seguía sonriendo.
Sin darse cuenta.
Aether entró en la habitación.
—¿Todo bien?
Kael levantó lentamente la vista.
Los observó a todos.
Sintió unas enormes ganas de llorar.
De abrazarlos.
De decirles...
"Los recuerdo."
Pero no lo hizo.
Simplemente...
Sonrió.
La misma sonrisa tranquila de siempre.
Y volvió a mirar al bebé.
Le acarició suavemente la cabeza.
Mientras una lágrima silenciosa recorría su mejilla.
Nadie la notó.
Solo él sabía por qué lloraba.
Porque había recuperado todo aquello...
Que creía haber perdido para siempre.
Lyra le preguntó en voz baja:
—¿En qué piensas?
Kael respondió sin apartar la mirada de su hijo.
—En que...
Tenemos que darle el mejor futuro posible.
Lyra sonrió.
—Lo haremos.
Kael bajó la mirada.
Y, solo para sí mismo, murmuró tan bajo que nadie pudo oírlo:
"Volví..."
Miró a Lyra.
Aether.
Nox.
Y a su pequeño hijo.
Esta vez...
Los recordaba a todos.
Pero decidió guardar silencio.
Porque ya no necesitaba demostrar quién era.
Ellos ya le habían devuelto aquello que el Réquiem le había arrebatado.
Y entendió que, a veces...
El regalo más grande no era recuperar los recuerdos.
Sino tener la oportunidad de volver a vivirlos.