Horizonte prohibido

Capítulo 16. Una nueva alianza.

La caverna se extendía ante ellos, vasta y abombada. Algunas grietas del techo rocoso dejaban entrar haces de luz que iluminaban las paredes, pero estas no eran como las de las cavernas que Lux conocía.

En algunos pasajes, la piedra se abría en grietas oscuras, dejando ver algo brillante y extraño en su interior, como venas de un metal enfermo, roído por el tiempo. El suelo, aunque cubierto de polvo y piedras pequeñas, no era desigual como debía ser un terreno natural; en algunas zonas, sus pies resbalaban sobre una superficie lisa y fría.

Aquí y allá, cosas que no eran rocas sobresalían entre los escombros. Eran demasiado rectas, demasiado formadas para ser obra de la propia naturaleza. Algunas parecían huesos de bestias muertas hace siglos, largas barras retorcidas, planchas de algo más duro que la piedra pero que el tiempo había agrietado, y protuberancias en las paredes que recordaban a los nudos de los árboles, pero demasiado simétricos, como si alguien los hubiera tallado con un propósito que ella no alcanzaba a comprender.

Entre los escombros, le llamó la atención unas jaulas. No eran como las que su tribu usaba para atrapar presas. Estas eran de un material que no se parecía al hierro, era más liviano pero increíblemente resistente. Algunas estaban rotas, como si algo desde dentro las hubiera destrozado en un arranque de furia. Dentro, había huesos secos y restos de criaturas que no reconoció. Y entre estos, algunos ugartas dormían plácidamente.

Lux sintió un escalofrío y, acto seguido, el estómago se le encogió al contemplar cómo los lagartos reptaban por el techo, desplazándose con una agilidad inquietante.

Algunos se arremolinaban en grupos, descansando sobre grandes rocas y calentando sus fríos cuerpos bajo los haces de luz. Otros se dedicaban a devorar a sus presas, criaturas que habían cazado en las profundidades, abriendo sus caparazones con precisión, lamiendo con lenguas largas y viscosas las entrañas de las víctimas con un sonido húmedo y repulsivo.

En otra parte de la caverna, los más jóvenes competían entre sí, luchando por territorio o, tal vez, simplemente jugando con una crueldad que los hacía aún más peligrosos. Se empujaban y golpeaban con sus colas, exhibiendo una fuerza que dejaba claro que incluso los más pequeños no debían ser subestimados. Entre ellos, se erguían algunos guardianes, vigilantes que patrullaban los nidos abiertos en las paredes, protegiendo a las crías que esperaban silenciosas en el interior de los huevos.

El aire estaba denso, cargado de humedad y un olor fétido a carne en descomposición que provocaba náuseas. Lux entrecerró los ojos, intentando bloquear el hedor, pero su mente no podía apartarse de la realidad brutal que se desplegaba ante ellos. Eran cientos, tal vez más, lagartos repartidos por toda la caverna hasta el extremo dónde se encontraba la bendita salida.

—¿Cómo vamos a atravesar esto? —murmuró Lux, su tono tembloroso apenas contenía el pánico. Sabía que enfrentarse a una colonia de esa magnitud sería una sentencia de muerte si no encontraban una solución.

Lux observó a Sirhan de reojo: quieto, con los nudillos pálidos por la fuerza con que aferraba el hacha. No hacía ruido, ni siquiera respiración que delatara su presencia.

Los ojos de Sirhan barrían la caverna sin pestañear. Lux siguió su mirada: las grietas en el techo, las protuberancias metálicas en las paredes, los lagartos agazapados entre las jaulas rotas. Él lo veía todo, lo medía todo. Hasta la posición de sus propios pies sobre el suelo.

Ella apretó los dientes. No necesitaba preguntar para saber que estaba calculando un plan.

"¿Alguna idea?", preguntó Sirhan, mientras su tercer ojo se abría de nuevo.

Lux exhaló un suspiro cansada antes de volverse hacia el cadáver del lagarto, que yacía muerto en el suelo. Demasiados. Había demasiados para enfrentarlos como a aquel. Atravesar la caverna sin ser descubiertos parecía una hazaña imposible, pero quizás... La piel del muerto, gruesa y escamosa, podía ser su salvación. No solo los ocultaría, sino que también les daría una ventaja si la situación se volvía violenta. Entonces señaló el cuerpo.

“Arranquémosle la piel”

No hubo discusión. Trabajaron con rapidez, despegando la piel rugosa del cadáver, aún tibia y pegajosa por la sangre coagulada. Lux se cubrió la cabeza y los hombros, Sirhan se envolvió en el torso, y solo quedó el hueco de la cola.

Byron los observaba desde atrás con los ojos luminosos. La sombra de ellos se proyectaba de forma grotesca y ridícula en las paredes.

—No va a funcionar. Se darán cuenta de que no caminamos como ellos, ni sabemos comportarnos Nos descubrirán a los tres pasos que demos.

Lux giró lo suficiente para clavar la mirada en él, desafiante.

—¿Tienes una idea mejor?

Byron permaneció en silencio. Por un momento, pareció sopesar otras opciones, pero al final, con un gesto casi imperceptible, negó. Sin otra alternativa, se agachó y se deslizó bajo la cola escamosa.

Lux avanzaba a gatas, con las palmas de las manos aplastadas contra el suelo frío. La cabeza disecada del ugarta le cubría como un yelmo, su mandíbula colgaba justo frente a su rostro, llenando su visión con hileras de dientes amarillentos. El calor se acumulaba bajo la piel del ugarta como un horno. Cada inhalación le quemaba los pulmones con aire viciado de sudor y putrefacción.




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