El muchacho enredó sus dedos en los jirones de su propia ropa, y la mirada se le hundió en el suelo, como si quisiera desaparecer.
—Tú...— musitó Galerna, acercándose. Una mano gélida le tomó la barbilla, obligándole a alzar la vista—. No temas. Si me respondes no tiene por qué pasarte nada malo.
—¿P-puedes hablar mi lengua?
Galerna no se inmutó. Sus ojos lo atravesaron con desdén.
—Soy una diosa. Obvio que sí. Ahora dime, ¿dónde se esconden los tuyos? ¿Dónde está el Vigilante?
Guni tragó saliva.
—¿Por qué te interesa eso? —logró articular con apenas un hilo de voz.
Un destello de ira cruzó el rostro de Galerna. Con un gesto brusco, señaló el horizonte, donde la vegetación retorcida y los enjambres de criaturas aberrantes devoraban lo que alguna vez fue una tierra próspera.
—No sé si te haces el tonto o lo eres realmente —escupió—. ¿Acaso no has visto mi isla? —Su voz resonó como un trueno, cargada de amargura—. Está infectada de insectos asquerosos y plantas invasivas. Tu Vigilante ha maldecido toda la vida de Xishen.
El viento aulló entre ellos en respuesta a su furia. Galerna apretó los puños, y por un instante, Xion creyó percibir en sus ojos algo más que odio: un destello de dolor profundo, casi insoportable. Su diosa sufría, y aunque no lo admitiera en voz alta, temía no poder reparar lo que se había roto. Ese temor, esa impotencia muda, también lo hería a él.
—Quiero encontrarlo para remediarlo —murmuró, esta vez con una peligrosa calma—. Solo eso.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier amenaza. Guni intentó retroceder, pero la diosa le tomo del rostro con más fuerza.
—Yo... yo no sé nada— dijo Guni con una voz se quebró como una rama seca, traicionándole con un tono agudo y frágil que delataba su mentira antes que sus palabras.
Galerna inclinó su cuerpo con falsa dulzura hacia él. Una gota de sudor resbaló por la sien de Guni, y ella la siguió con sus ojos.
—Estás sudando...¿ Quieres que te refresque la memoria?
Galerna sonrió. Su dedo índice se posó justo sobre su frente. Al principio, solo fue un roce frío... hasta que el hielo comenzó a extenderse. Lento, deliberado. Como el avance imparable del invierno.
Guni apretó los párpados, pero no respondió. No hizo falta. Una lágrima cálida, rebelde, se abrió paso entre sus pestañas temblorosas y trazó un camino húmedo por su mejilla, derritiendo por un instante el hielo que avanzaba. Fue cuando el frío llegó a sus pómulos que rompió:
—¡Están en las cavernas, bajo tierra!— exclamó como si las palabras le quemaran la lengua.
Galerna retiró su dedo.
—¿Norte, sur este, oeste? ¿Exactamente dónde?
—Oeste —respondió Guni secándose las lágrimas.
Xion la observó alejarse de Guni sin mirarlo siquiera, dándole la espalda con firmeza. Supuso que venía a informarle, pero entonces la vio detenerse, atenta a algo entre las enredaderas que invadían las calles. Él también lo notó: un animal de pelaje oscuro, cola rizada y ojos amarillos que no dejaba de observarles.
Xion lanzó sus colas contra el animal, pero este se apartó con una agilidad sobrenatural y cayó en silencio sobre un tejado elevado, sin apartar la mirada. No pestañeó. Observaba con la calma inquietante de quien sabe algo que los demás ignoran.
—Dice que están al oeste, bajo tierra, Xion— Galerna habló sin apartar los ojos de la criatura—. Pero no estoy segura de que permanezcan allí mucho tiempo. El vigilante ya sabe que lo sabemos.
—Entonces no perdamos tiempo. Reuniré a la guardia y partiremos cuanto antes. No dejaremos piedra sin levantar en el oeste.
Xion vio como Galerna asentía, aunque ya no parecía estar escuchándolo. Su atención se había desviado de nuevo hacia Guni. La vio avanzar con una calma inquietante. Mientras tanto, informó al guardia que lo acompañaba y lo envió a avisar al resto. Él se quedó, dispuesto a presenciar lo que ocurriría con el muchacho.
—Dime— susurró Galerna—¿conoces a la hija del vigilante? ¿Qué poder esconde? ¿Vida o muerte?
Guni carraspeó la garganta, su voz salió firme, orgullosa incluso bajo la amenaza latente.
—¿Qué si la conozco? ¡Es mi prometida! —dijo, y por un instante, el miedo se mezcló con la terquedad en sus ojos—. No tiene ningún poder, pero la quiero igual. Es valiente… demasiado valiente.
—¿Demasiado? —repitió Galerna, arqueando una ceja.
Guni apretó los puños, como si luchara contra sí mismo, pero las palabras se le escaparon:
—¡Sí! Tanto que… que se fue a otra isla en busca de ayuda para su padre, aunque todos le advertimos que era peligroso. Y con ella fue un ser de metal. La vi cuando traté de alcanzarla, corriendo junto a los demás vecinos para detenerla… pero ya era demasiado tarde.
Tan pronto como las palabras salieron de su boca, Guni apretó los puños, como si quisiera tragárselas. Los ojos de Galerna, antes fríos como el hielo, brillaron de pronto con un destello ávido.
—¿Un ser de metal? ¿Dónde fueron?