Horizonte prohibido

Capítulo 17. La maldición que todo lo devora.

Xion recorría Enkai por tercera vez. Los faroles de papel del par de guardias que lo acompañaban dibujaban sombras danzantes sobre los árboles ásperos y los poblados abandonados. Ninguno estaba acostumbrado a aquella luz azul: tétrica, fría y apenas capaz de iluminar.

—No pueden haberse esfumado —rugió Xion, hundiendo sus uñas en la corteza de un tronco.

—Las minas colapsaron, las barcas siguen amarradas. —dijo el guardia más joven —. ¿Y si vuelan?

—¡No son pájaros! Deben haberse escondido en algún lugar. Como todo animal que se oculta, tarde o temprano saldrá en busca de comida o agua. Hay que buscar cerca de los ríos, donde es más probable encontrar rastros. Avisad a los demás para que vigilen cada cauce; cuando necesiten agua, estaremos allí esperando. Es más todo debe estar vigilado. Cada rincón.

—¡Sí, señor! —respondieron al unísono antes de partir con las nuevas órdenes.

Horas después, todos los ríos de Enkai estaban vigilados: al este, lanceros ocultos entre las rocas custodiaban los vados; al oeste, barcas con arqueros patrullaban las aguas; y al sur, donde los pantanos exhalaban vapores morados, los guardias usaban zulins, crustáceos blindados de ojos alargados y pinzas capaces de triturar huesos como ramas secas, para rastrear a los ninsens.

Pero fue en el norte, en los cañones tan estrechos que la luz jamás los alcanzaba, donde Xion decidió apostarse. Solo lo acompañaban dos guardias. Apagaron los faroles y esperaron en silencio absoluto. Solo la luz mortecina de Sekh iluminaba tenuemente la superficie del agua.

Pasaron las horas y, Xion no se equivocó, dos sombras emergieron entre los helechos: Guni y Mei, arrastrando sus cántaros vacíos. Avanzaban con cautela, mirando constantemente a su alrededor.

Xion ordenó a los guardias que los acorralaran y avanzó con calma, como quien intenta acercarse a un animal tembloroso sin provocarle miedo. Movió las manos con suavidad, un gesto pacífico para evitar una reacción violenta.

Guni, presa del pánico, no lo dudó: se tiró al suelo, arrastrándose detrás de su cántaro como si la frágil vasija pudiera protegerle. Mei, en cambio, reaccionó como una fiera: sacó una daga oculta bajo su falda y se lanzó contra Xion.

Este con un leve movimiento de su mano, detuvo la daga en el aire, como si unas corrientes invisibles la hubieran atrapado en un puño de viento, desviando su inercia y obligando a Mei a retroceder bruscamente.

En un instante, el entorno cambió. Un viento repentino y violento sopló río arriba, forzando al agua a fluir en sentido contrario. Las hojas que caían de los árboles fueron arrancadas de su caída y empujadas con furia contra las ramas, solo para ser hechas trizas por la fuerza centrípeta de un remolino repentino que desintegró incluso la daga. Sin necesidad de contacto, Xion apretó el puño y un muro de aire comprimido golpeó a Mei, lanzándola contra un árbol. Una punzada ardiente le recorrió el brazo derecho, era el precio de su magia. Domar la furia del viento y someterla a su voluntad deterioraba más que cualquier otro don, pues tensaba cada fibra de su ser hasta casi romperla. Cada uso le costaba un dolor agudo y una fatiga profunda. Y aun así, su rostro permanecía impasible.

La muchacha cayó con un gemido, con los pulmones vacíos de aire por el golpe.

—El poder del aire es caótico, ¿verdad? —musitó Xion, inclinándose sobre ella—. Te puede acariciar o desgarrarte. Dar aliento o robártelo. Sostenerte o aplastarte. Pero tú no lo entenderías. Al igual que no me entiendes ahora. Qué lástima.

Mei respondió con palabras que Xion no logró entender. Xion la observó por un instante. Se echó a reír, una risa seca y despectiva que hizo que Mei apretara los dientes. Su acento le resultaba ridículo, y no se molestó en ocultarlo. Sin embargo, cuando giró la cabeza hacia Guni, su diversión desapareció. Su rostro recuperó la seriedad y su mirada se tornó inquisitiva. Un cobarde era el testigo perfecto. No haría falta demasiado esfuerzo para hacerle hablar. Solo debía encontrar la manera de entenderlo. Galerna sí podría hacerlo.

Con un leve movimiento de cabeza, ordenó a los guardias que apresaran a Mei. Ella apenas pudo resistirse; el golpe la había debilitado demasiado. Guni, en cambio, se levantó por su cuenta. Sus pasos eran vacilantes y su piel estaba perlada de sudor frío, pero no ofreció resistencia. Caminó junto a ellos, encogiéndose entre los soldados, como si así pudiera evitar el destino que le esperaba.

El aire cambió cuando abandonaron el bosque de Enkai.

La maldición de Kael se extendía cada vez más en toda Xishen hasta el último rincón. Xion recorrió el paisaje con la mirada, y por un instante, solo un instante, sus pupilas se estrecharon como si un dolor físico, muy agudo, lo hubiera atravesado. La tierra, otrora fértil, ahora se retorcía bajo una alfombra de malezas estranguladoras, sus tallos gruesos como venas sobresaliendo del suelo agrietado. Los campos de cultivo, antes ordenados, eran un mar de hojas dentadas y vainas hinchadas, que reventaban al menor tacto, esparciendo un polvo que le provocaba quemazón en los ojos.

El agua de los campos de cereal, estancada y cubierta de una película irisada, bullía con formas oscuras: peces negros que habían desarrollado glándulas venenosas. Xion apretó los puños, rabioso. Había jurado proteger Xishen, pero cada día la maldición se extendía, imparable, como un cáncer bajo su vigilancia. Su poder no traería orden, solo más caos. Y lo sabía: no podía detenerlo.




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