13 de enero
Hace unos días decidí cambiar de cuarto.
Mi antiguo compañero era insoportable. Y mira que a mí me cae bien casi todo el mundo —es una de las cualidades más destacadas en mi extensa lista de virtudes: ser tolerante—, no es que él fuera mala persona, sino porque yo siempre terminaba fuera del cuarto a las 4 a.m. mientras él tenía "tiempo de calidad" con su novia. Y mira que yo he intentado ser comprensivo, pero hay un límite de veces que uno puede fingir que no oye ciertas cosas mientras intenta dormir en el pasillo.
Pedí el cambio. Me lo aprobaron rápido. El destino, supongo, quería ponerme a prueba.
No estoy celoso de que él tenga novia y yo no... Bueno. Tal vez un poco.
En fin, no quiero hacer una lista de todo lo que odio de él. Qué flojera.
Hoy conocí a mi nuevo compañero de cuarto. Se llama Evan.
Ya lo había visto por el campus, pero nunca hablé con él. Tesa me dijo que comparten algunas clases y me advirtió que no es alguien muy sociable.
La habitación está completamente ordenada. Tiene muchos libros. Reconozco pocos. Están acomodados por tamaño, perfectamente alineados. Demasiado exacto. Demasiado seguro.
Y, aun así, él no encaja con ese orden.
No parece alguien que duerma bien. Tiene ojeras marcadas, oscuras. Su cabello está esponjado, parece ser rizado.
Es contradictorio. Su entorno está bajo control. Él no. No debería sacar conclusiones. Pero lo hago.
En nuestra primera conversación —su voz es como una canción lenta. Tiene un tono seco, plano incluso. Me di cuenta de que me estaba quedando dormido escuchándolo. Eso o es que no había dormido bien en semanas— solo se presentó, me pidió que acatara las reglas y me entregó una hoja.
Reglas.
1. No tocar mis cosas sin preguntar.
2. Cada uno limpia su propio desorden.
3. El baño se usa con orden. Dejar todo como estaba.
4. Las visitas se avisan con al menos 2 horas de anticipación.
5. Nada de ropa en el suelo.
6. Mensajes solo para emergencias.
7. Persianas siempre cerradas.
8. Mi lado del cuarto es mío. Tu lado es tuyo.
Debía memorizarlas. Esa mirada que me dio era una advertencia silenciosa de que debía acatarlas al pie de la letra. Y su voz, que no era grave sino cansada, aún así era tajante.
No estoy seguro de qué me provocó. No fue miedo. Tampoco enojo. Vergüenza... quizá un poco. Él se ve demasiado pulcro, demasiado correcto.
Sé no era eso.
Fue... algo más.
Como si mi cuerpo reaccionara antes de que yo pudiera entender por qué. Una especie de vacío breve, justo debajo de las costillas, que se tensó y desapareció casi al instante.
Lo ignoré.
Respetó cuando le dije que me llamo Camilo pero que prefiero Milo. Y no "Mílo", como todos dicen. Le aclaré la pronunciación: Mailow. Como en inglés. No sé si lo entendió del todo, pero asentía con esa cara que pone la gente cuando quiere que dejes de hablar.
No ha cambiado esa expresión neutra. Eso es lo que más me desconcierta. Quiero verlo reaccionar. Sonreír, molestarse, lo que sea. Algo que me diga que no estoy compartiendo cuarto con una estatua.
Mientras escribo esto, está frente a su escritorio. Inmóvil. Tan concentrado que a ratos olvido que está aquí. Es extraño.
Es como un fantasma condenado a quedarse ahí para siempre, pero que no quiere asustarte. Solo cumplir su condena.
Y yo no dejo de cuestionarme cuál es su condena mientras ocupo el espacio que él ha construido para sí mismo, y que yo he invadido sin pedir permiso.