Infusión

Extra. ࣪Parte 1 ˖? 31 de octubre de 1690 ?˖ ࣪ ๋࣭ ࿐

El otoño en los bosques no perdonaba nada. El viento arrastraba un frío húmedo que olía a hojas muertas, tierra mojada y cortaba la piel. Una cabaña, oculta entre la maleza espesa y los robles centenarios, era el único rincón del mundo donde aún no habían encontrado a un "joven brujo" —realmente tenía 300 años—. El joven brujo, llamado Caelum, se encontraba leyendo un grimorio en aquella cabaña, su cabello azabache le estorbaba ya que no se preocupaba mucho por su apariencia. Aún conservaba las marcas en los tobillos de la noche en que su propio pueblo intentó quemarlo vivo.

En su antiguo pueblo, habían visto a las plantas florecer fuera de temporada cuando sus manos tocaban la tierra; habían visto cómo las fiebres desaparecían con solo su aliento sobre las frentes de los niños. Para ellos, era brujería. Para él, simplemente era lo que era: una magia pura, una corriente vital que fluía por sus venas como el agua de un manantial.

Desde aquella noche de llamas y gritos, sobrevivía en la penumbra del bosque, curando ciervos malheridos, halcones con alas rotas y manteniendo su distancia de la especie humana.

Hasta que un silbido del viento trajo consigo un golpe sordo en el límite del jardín, justo donde cultivaba las raíces de valeriana. Tomé su farol de aceite y un cuchillo de caza, saliendo a la oscuridad helada.

Después de pasar los árboles torcidos a propósito para evitar el paso pudo divisar una silueta de un hombre que yacía en el césped. Al acercar la luz del farol, el aire se ke congeló en la garganta: sobresaliendo de su pecho había una estaca de madera de fresno, enterrada con tanta violencia que atravesaba completamente su corazón, empapando su camisa blanca de una sangre oscura y espesa.

Cualquier persona sensata se habría alejado. Pero su instinto no sabía huir del dolor ajeno. Se arrodilló a su lado, dejó el farol en el suelo y posó sus manos sobre los bordes de la herida mortal. La magia reaccionó al instante, enviando un pulso de luz cálida desde sus palmas hacia su carne.

Sim embargo, en lugar de sanar una herida inerte, la madera de la estaca comenzó a crujir. La piel y los tejidos rodeando el artefacto de madera se contrajeron bruscamente, rechazando el objeto y regenerándose con una rapidez violenta. El hombre abrió los ojos de golpe, unos ojos marrones rojizos, profundos y cargados de un cansancio infinito que parecía haber presenciado el nacimiento y la caída de mil imperios.

Antes de que pudiera reaccionar, el extraño llevó una mano pálida a su pecho, sujetó el trozo de madera y lo arrancó de su corazón sin soltar ni un solo quejido. La herida sangró un instante antes de cerrarse por completo, dejando apenas una marca rosada que también comenzó a desvanecerse. La única prueba era su camisa desgarrada y manchada de sangre.

Se quedó sentado en el césped, mirando sus manos con una expresión inescrutable. Luego levantó la vista hacia el brujo. Sus ojos no tenían rabia ni hambre. Solo había cansancio que ocultaba con indiferencia.

Caelum se quedó helado en la hierba nocturna, con la magia aun hormigueando en las yemas de mis dedos. Esa mirada le hizo sentir algo parecido al vértigo.

—Quiero que sepa que arruinó mi momento de sueño —dijo el extraño, y su voz rasposa resonó en el silencio del bosque como un ruego roto.

—¿Qué? —logró decir Caelum.

—No puedo dormir sin esa estaca en mi corazón.

—¿Tú la…? ¿No te atacaron?

—Por supuesto que no —soltó con algo de arrogancia.

Caelum volvió a examinar al hombre. Tenía el cabello castaño enmarañado, con hojas secas enredadas en él, pero que parecían parte de su atuendo. Su piel era tan pálida como la luna de octubre, pero sus rasgos poseían una belleza melancólica que no pertenecía al siglo.

—¿Eres un brujo? —preguntó el castaño.

—Sí, mi nombre es Caelum…

Todavía no terminaba de presentarse y el extraño se abalanzó hacia él para plantarle un beso en los labios. Caelum no intento apartarlo porque le haya disgustado, sino que le dió pánico. Fue la sensación abrumadora, aquel castaño estaba frío como un muerto, pero sus labios eran extrañamente cálidos.

—¡Por las tres lunas! —exclamó al separarse.

Él de piel pálida se levantó de golpe, camino de un lado otro dejando que las hojas crujan debajo de sus pies.

El crujir de las hojas bajo las botas de Elvan se detuvo de golpe. El hombre se giró con la paciencia de quien ha visto desmoronarse imperios, clavando en mí esos ojos marrones rojizos que parecían pesar toneladas.

Caelum se puso de pie con lentitud, aferrado al farol de aceite como si fuera lo único que lo que podía mantenerlo en el lugar. Sus manos aún temblaban, no por miedo a que le hiciera daño, sino por la desconcertante lógica de lo que acababa de ocurrir.

—¿Se puede saber qué demonios creías que ibas a lograr con eso? —le reclamó, con la voz agudizada por la incredulidad.

El de piel pálida exhaló un suspiro largo, un vaho blanquecino que se disipó de inmediato en el aire helado de octubre. Cruzó los brazos sobre su pecho, donde la camisa blanca aún conservaba la mancha oscura de la sangre coagulada.

—Era una teoría —respondió con una calma exasperante, ladeando la cabeza—. Un grimorio del siglo XII, redactado en un latín bastante pretencioso, aseguraba que la magia pura de un hechicero absorbe la vitalidad de cualquier inmortal al primer contacto físico íntimo. Creí que funcionaría.




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