El tiempo dejó de medirse en horas, semanas o calendarios cuando los ojos de Elvan se abrieron tras dos meses y medio de una oscuridad absoluta. La habitación olía a cera de abeja seca y a pino. No hubo sobresaltos ni confusión; su mente, somnolienta por los fuertes brebajes de Caelum, se deslizó de la inconsciencia a la vigilia con la misma lentitud con la que la niebla se disipa sobre la tierra fría del norte.
Caelum estaba sentado en la mesa de trabajo, moliendo raíces secas bajo la luz tenue de un candil. Al escuchar el roce de las sábanas, detuvo el mortero.
—Ha despertado antes de lo previsto —dijo Caelum sin volverse del todo, aunque su voz delataba su alivio.
Elvan se incorporó con lentitud, sintiendo los músculos rígidos y la garganta reseca.
—Necesito más —murmuró Elvan, con la voz áspera por el desuso—. Aumente la dosis. Es seguro que con una mayor dosis puedo morir.
Caelum se giró entonces, secándose las manos en un trapo áspero. Sus ojos lo examinaron con una mezcla de precaución y tristeza contenida.
—No puedo, Elvan. He usado todo lo que tenía.
—Entonces consígalo —exigió, sintiendo una chispa de desesperación helada quemándole el pecho—. Tráelo de donde sea.
—Tendrá que esperar a que llegue la primavera -explicó Caelum con paciencia, acercándose a la cama para ofrecerle un vaso de agua—. Es la única época en la que la mandrágora brota con la fuerza necesaria y la lunaria florece bajo el rocío adecuado. Solo entonces podré prepararlo como desea.
El desespero golpeó a Elvan como una brisa helada. Quiso gritar, quiso exigir una solución mágica, pero el peso del mundo exterior, la fatiga de existir y la constante lucha contra su propia naturaleza lo aplastaron de inmediato. Cayó de nuevo contra las almohadas, derrotado.
Sin embargo, al pasar de los días, algo comenzó a cambiar.
La cabaña estaba aislada. Caelum apenas recibía a unos pocos clientes; eran los desesperados, aquellos que habían agotado todos los recursos de la medicina convencional y acudían al curandero como último recurso. Eran trabajos grandes, urgencias nocturnas que dejaban a Caelum al borde del colapso.
En ese silencio compartido, la desesperación de Elvan se fue disolviendo en una paz extraña. Convivir con Caelum, ver su rostro concentrado, escuchar el crujir de sus pasos sobre el suelo de madera y sentir la presencia constante del brujo empezó a surtir un efecto hipnótico. Era una quietud tan profunda que se sentía exactamente igual a estar dormido.
Una noche, tras atender una urgencia particularmente larga y desgastante, Caelum se levantó de su mesa de trabajo, camino unos pasos y cayó exhausto al pie de la cama, con la cabeza apoyada en los brazos cruzados sobre la manta, respirando con pesadez.
Elvan se incorporó en silencio. Desde la altura de la cama, contempló la línea de la nuca de Caelum, el desorden de su cabello oscuro y la forma en que sus hombros se relajaban, por fin, en el descanso.
Caelum abrió los ojos de repente, notando la mirada fija sobre él. Giró el rostro y lo encontró observándolo con una intensidad que transmitía ansía.
—Es extraño que me mire así de fijo —murmuró Caelum con la voz rota por el cansancio—. Casi da escalofríos.
—No me importa lo que usted diga —respondió Elvan, sin apartar los ojos de su boca.
En ese instante, una corriente eléctrica recorrió el pecho de Elvan al bajar la mirada a su cuello. No era el hambre voraz que los vampiros sentían por la sangre; era algo infinitamente más visceral. Deseaba besarlo de nuevo, perderse en su calor, pero por debajo de ese impulso habitaba el hambre oscura y ancestral. Quería su sangre también, dejar una marca en su cuello. No para devorarlo, sino para poseerlo de la manera más absoluta, para fundir sus latidos con los suyos en un pacto de colmillos y piel.
Caelum se quedó inmóvil, sosteniéndole la mirada, como si pudiera leer perfectamente el peligro y la devoción que brillaban en las pupilas dilatadas de Elvan.
Esa noche, mientras la casa volvía a sumirse en el silencio, Elvan se hizo la pregunta inevitable:
"¿Realmente quiero seguir durmiendo para escapar de todo, o prefiero la eternidad si es al lado de este hombre?”
La primavera llegó sin previo aviso, trayendo consigo el deshielo y el aroma húmedo de la tierra fértil. Tal como lo había prometido, Caelum comenzó los preparativos. Pasó días enteros seleccionando las raíces de mandrágora y las delicadas flores de lunaria, moliéndolas en el mortero de piedra bajo la luz de la madrugada con una precisión obsesiva.
El líquido denso y oscuro humeaba ligeramente en el fondo de un pequeño frasco de cristal sobre la mesa. Era el definitivo, el que sumiría a Elvan en un sueño profundo e interminable del que ya no habría regreso.
Caelum tomó el frasco con manos firmes, aunque sus nudillos estaban blancos por la tensión, y caminó hacia la cama donde Elvan lo esperaba de pie.
—Está listo —anunció Caelum en un susurro apenas audible, extendiendo el frasco—. Con esto... podrá descansar para siempre de todo lo que pesa.
Elvan miró el cristal oscuro, luego levantó la vista y se fijó en los ojos cansados y tristes del brujo. Con un movimiento rápido y deliberado, alargó la mano y detuvo la muñeca de Caelum, impidiéndole acercarlo más.