Los domingos se suponía que Ian saldría. No lo hizo y fue horrible, no por su presencia, sino por algo que exactamente él no hizo.
Milo salió porque iba a hacer un trabajo en equipo en la biblioteca y entonces me quedé solo, con Ian. Él estaba hablando sobre lo que le sucedió en clases el viernes, de pronto me preguntó:
—¿Sabes si Milo tiene a alguien?
—No lo sé —dije sin despegar la vista de mi libro.
—Ustedes parecen ser cercanos —mencionó—. ¿Podrías preguntarle si alguien le gusta? Si le pregunto yo tal vez se incomode, no sé. Parece reservado, pero no tanto como tú —pareció agregar algo más pero ya comenzaba a irritarme.
—¿Para qué quieres saber? —pregunté para interrumpirlo.
—Hay una chica en las clases que compartimos que está interesada en él. Se llama Nahomi.
Finalmente despegué la vista de mi libro, sentí un extraño vacío en el pecho. No encontré una razón de por qué me puse alerta como si hubiera dicho una amenaza.
—Solo que esa chica es muy tímida, lleva desde el inicio del semestre interesada en Milo desde lejos. La única manera en que logró acercarse es uniéndose a un trabajo en equipo con él. Le di mi lugar, ¿sabes? Por eso no trabajé esta vez con Milo. Soy todo un cupido.
Siguió alardeando de lo buen cupido que es y cómo les ha conseguido novias a sus amigos, hasta dijo que podría conseguirme a alguien a mí. Me sentía abrumado. No por todo lo que decía y cómo cambiaba de tema, sino porque esa chica que estaba interesada en Milo justo ahora estaba con él y eso no me gustaba, no entendía por qué.
Algo en mí quiso correr hacia donde estaba Milo y asegurarme de la escena. Pero… ¿para qué? ¿Asegurarme de qué exactamente?
Tampoco me pude responder a eso. Con cada pregunta que formulaba por una simple situación me sentía cada vez más impotente. Ian ya había dejado de hablar y yo seguí en mi ovillo de pensamientos. El libro seguía en mis manos en la misma página que llevaba diez minutos sin leer.
Hundí mi cara en las páginas, dejando que el olor a libro me inundara. Concentrarme en ese olor y no pensar en nada. Claramente no funcionó.
Dejé el libro en mi pecho y me quedé mirando el techo. Volvía a jugar con las mangas de mi suéter y miles de escenarios se formaron: Milo de la mano de una chica, Milo en una cita, Milo besando a una chica.
Esas imágenes me hacían doler el pecho. Como si hubiera algo pesado que me presionara el pecho, similar a cuando siento miedo.
Ridículo. Estúpido. Mierda.
[⋆⋅☆⋅⋆]
Milo regresó a las 5 de la tarde. No es que estuviera al pendiente. Ian estaba jugando en la computadora. Iba a hablar, pero Ian habló primero:
—¿Cómo te fue?
No disimuló nada. Era clara su intención, pero como siempre Milo con lo despistado que es no notó la intención.
—Pues bien, esta vez el equipo es bueno trabajando —explicó—. No como alguien que solo me usa para sacar buenas notas —acusó mirando con los ojos entrecerrados a Ian.
Ian levantó las manos en señal de paz.
—Te hice un favor —dijo con orgullo, luego añadió: — Hice dos de hecho.
Milo no agregó nada, se había acercado a mí, pero Ian habló de nuevo.
—Nahomi está en tu equipo, ¿verdad?
—Sí, ¿por qué?
—Trabaja muy bien, ¿no? Es muy lista y todavía bonita. El paquete completo, ¿no crees?
—Es simpática —contestó.
—¿Solo eso?
—¿Qué más quieres que diga? Nunca la había tratado.
Ian pareció cansarse de las indirectas, tomó sus llaves y cartera, me dio una mirada cómplice antes de salir.
No iba a preguntarle nada y él confía plenamente en mí. Es extraño.
—No entiendo nada cada que abre la boca ese chico —comentó Milo y se acercó finalmente a mí, se arrodilló a lado de mi cama para revisar mi tobillo. Sus dedos rodearon mi tobillo con delicadeza—. Ya casi no está hinchado, ¿te duele?
—Es soportable.
Levantó la mirada, examinando mi rostro.
—No te estoy mintiendo —dije demasiado rápido.
Levantó las manos en señal de paz.
—No te acusé de nada.
Acomodó la espalda contra mi cama, jaló su mochila hacia él y sacó su computadora para dejarla sobre sus piernas.
Revisaba la presentación que había hecho él y su equipo. Lo sé porque no pude evitar buscar el nombre de esa chica. Se encontraba justo debajo del suyo.
—¿Es tardado ese trabajo?
—Podría decir que sí. Nos dieron un plazo de 2 meses.
—¿Se van a reunir todos los días?
—Tal vez no sea necesario —respondió, eso me dejó un alivio extraño—. Hoy avanzamos bastante, casi el 10%, trabajan bien sorprendemente.
—¿Te refieres a Nahomi?
—¿Eh? —se volteó hacia mí—. Ah… no, el equipo en general.