Infusión

19. ⊹ ࣪ ˖ La Cosa ˖ ࣪ ⊹

Ian no es mala persona. Solo es… mucho.

Habla solo. Se levanta y camina por la habitación mientras piensa en voz alta. Cuando está concentrado, golpea el escritorio con los dedos. Cuando está aburrido, silba. Y cuando se aburre de verdad, empieza a reorganizar sus cosas, lo que significa que termina invadiendo mi lado del cuarto.

Ya le he recordado las reglas tres veces.

Las olvida al minuto siguiente. Como olvida dejar su patineta en su lugar.

He estado despertando antes que mis alarmas, no llego al sueño profundo. Ian ronca mucho. La habitación solo estaba iluminada por la luz grisácea de la mañana. Al levantarme y caminar solo unos pasos, tropecé con la patineta de Ian.

Milo se despertó sobresaltado, incorporándose de golpe en la cama de abajo. Ian seguía profundamente dormido.

Me levanté antes de que él pudiera enfocarme. Ya bastante patético era haberme tropezado con la misma patineta por quinta vez en tres días.

—¿Te lastimaste? —preguntó.

Ni siquiera preguntó qué fue lo que pasó. Ya era rutina.

—No —respondí, empujé con el pie la patineta para que quedara debajo de la cama.

Pero sí. Siempre me aparecen moretones nuevos ahora. Me dolía el codo, donde me sostuve.

Era demasiado temprano para estar lidiando con esto. Pero ya estaba despierto. Y el dolor en el codo me recordaba que no podría volver a dormir. Milo se dejó caer de nuevo en las almohadas.

—¿Qué hora es? —preguntó con voz pastosa.

—Las seis.

Se quedó callado un momento. Luego escuché que se incorporaba otra vez.

—¿Quieres desayunar?

Lo miré. Apenas podía mantener los ojos abiertos y estaba ofreciendo cocinar.

—Todavía estás dormido —dije.

—Estoy despierto —dijo todavía con la voz adormilada.

—Tus ojos dicen lo contrario. No puedes cocinar así, seguro vas a agarrar el cuchillo del filo y no del mango.

—No voy a utilizar cuchillos.

—Tú duerme —dije y me encerré en el baño para no alargar más la discusión.

Seguía siendo él después de todo. Persistente, terco. Mas nunca convincente. Nunca hay una razón por la cual actúe así, aunque diga que sí.

No sirvió de nada porque después de la extensa rutina para mi cabello que me enseñó Jazmín (aunque me salto algunos pasos), Milo no se volvió a dormir. Estaba sentado en su cama mirando el celular.

—¿Sigues sin querer que haga el desayuno?

—¿Por qué no te duermes?

—No tengo sueño.

—Anoche te desvelaste haciendo tarea.

—No tengo sueño —repitió, levantándose de la cama—. Si no quieres que cocine vayamos a desayunar a la cafetería que está cerca.

Vaya solución, pensé.

—¿Por qué desayunar fuera si hay comida aquí? Es más barato.

La cara de Milo hizo algo que no supe interpretar del todo. Como si hubiera dicho algo mal sin saber qué.

—Olvídalo.

Pasó a mi lado y se encerró en el baño.

Me dejé caer en la silla de mi escritorio y encendí mi computadora sin saber exactamente que iba hacer. No tenía tarea, ni que estudiar. Solo necesitaba hacer algo con las manos.

Repasé la conversación. Sabía cuándo Milo estaba frustrado, cuándo estaba contento, cuándo estaba incómodo. Ahora todo se mezcla. Y no sé qué hice para arruinarlo. Su expresión era la que tiene cuando está frustrado, pero también decepcionado. ¿Decepcionado de qué?

Él nunca se había puesto así después de que haya rechazado de que cocinara o algo así. ¿Habrá sido eso? Pero no entiendo porque ahora sí le haya decepcionado eso… debía ser otra cosa.

Cuando salió fue directo a buscar sus zapatos que tardo porque estaban entre los zapatos de Ian.

—¿Todavía quieres ir a la cafetería? —pregunté, mi voz salió más baja de lo que quería.

Milo se giró hacia a mí, arqueando una ceja.

—¿Cambiaste de opinión? —preguntó con un tono apagado.

—Eh… —aclaré la voz—. No había dicho que no, solo dije que volvieras a dormir. Ya que estás despierto…

—Está bien —interrumpió, su voz había vuelto a ser la de siempre—. Vamos, yo pago.

Me acerque para tomar también mis zapatos. Me agache para amarrarme las agujetas.

—Mi condición para ir es que pago yo —declaré.

Milo tomo sus cosas mientras me amarraba las agujetas. Al levantarme Milo me tomo del brazo y abrió la puerta.

—No si olvidas tu cartera —dijo jalándome del brazo para salir.

Fue en un pestañeo. No tome ni mi cartera, celular, nada. Al menos tenía mis zapatos. Milo empezó a caminar todavía sujetándome del brazo.

—¿Me estás secuestrando?

—Tal vez.




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