21 de abril
Acepto. Acepto ir al cine conmigo. Por primera vez me arriesgue y lo invite a salir… es decir, lo saqué de su cueva. No lo invite a salir como una cita. Es solo una forma de saldarlo de su deuda.
Él tardo en responder, como hubiera estado procesando algo. Creí que iba a negarse y seguir insistiendo en pagarme.
Es perfecto, al fin haremos algo juntos además de solo estar en el dormitorio en silencio haciendo nada. Eso también me gusta porque estando juntos, cualquier cosa se siente cómodo. Pero ahora, verlo en otro lugar que no es el dormitorio.
Aunque lo ví ayer en la cafetería y también fue perfecto, a pesar de que el no entendía que lo que quería era pasar tiempo con él, sin Ian y su patineta. Ni siquiera sé porque la tiene si nunca la usa.
Cómo sea. El punto es que será perfecto. Solo él y yo.
22 de abril
No salió como esperaba, pero no me desanima.
Esta mañana —como ha sido últimamente cada vez que Evan se tropieza con la patineta—, lo primero que escuché fue un golpe. Ahora fue diferente porque hubo un silencio muy largo después y él no se levantó. Me incorporé en la cama y dirigí mi mirada a Evan. Seguía en el suelo, sentado, y sostenía su tobillo derecho.
—Evan…
—Estoy bien —interrumpió.
Ni siquiera me miró cuando lo dijo. Sus mentiras ya no sirven conmigo.
—Entonces párate —dije, buscando provocarlo.
Levantó la vista hacia mí. Con la luz tenue de la mañana pude divisar su molestia. Cuando se levantó, evitó apoyar peso en la pierna derecha. Tampoco disimular funciona ahora conmigo.
—¿Seguro que no te lastimaste? —insistí.
—Que no.
Hizo un intento de caminar hacia el baño, pero se detuvo a medio camino mientras maldecía entre dientes. Eso me era suficiente para saber que en serio le dolía. Él rara vez maldice. Ian seguía roncando en la cama de arriba. Me cruzó la idea de esta vez sí arrojar la patineta por la ventana, pero no me dejé llevar por la tentación.
—Siéntate, Evan —dije, y sin querer me escuché cansado. No lo quería así.
Se sentó. No porque yo se lo pidiera, estoy casi seguro de eso. Se sentó porque el pie le dolía y ponerse de pie era incómodo, y él, cuando la lógica le da una salida, la toma sin admitir que la tomó. Me arrodillé frente a él y revisé el tobillo con cuidado, sosteniéndolo para que no intentara nada más.
—Está inflamado —observé.
—Está bien —intentó soltarse, pero como el otro día, no lo dejé.
—Esa frase ya no tiene significado contigo. Ya deja de decirla.
Su mandíbula se tensó y desvió la mirada.
—Tienes que ir a enfermería a que te revisen.
—No es necesario.
Evan seguía mirándome como si evaluara si mis respuestas eran válidas.
Me levanté y, no del todo consciente, le pasé un brazo por la espalda y el otro bajo sus rodillas. Lo levanté en mis brazos. No fue tan difícil como esperaba.
—¿¡Qué estás haciendo!? —exclamó.
Se cubrió la boca y miramos hacia la cama de Ian. Él seguía roncando. A veces me pregunto si viaja a otro universo mientras duerme.
—Bájame —exigió Evan mientras forcejeaba.
—En la enfermería.
—¡Seguimos en pijama, imbécil!
—A estas horas no hay nadie.
Evan dejó de forcejear. No porque se rindiera —eso nunca— sino porque moverse le dolía. Se quedó rígido en mis brazos, cruzó los brazos sin saber qué hacer con ellos.
Abrí la puerta del dormitorio con más torpeza de la que me hubiera gustado admitir.
—Te vas a lastimar la espalda —masculló.
—Preocuparse es lo mío —admití—. Además, pesas menos de lo que deberías. Si comieras a tus horas…
Me dio un golpe en el hombro para que dejara de hablar. Y terminó dejando la mano ahí, sosteniéndose.
Llegamos a los escalones y bajé con mucho cuidado. Hubiera sido más fácil si tuviéramos un maldito elevador. Aunque supongo que el dinero se va en todo el personal médico, debido a que todavía hay gente estúpida que hace cosas riesgosas sin razón y prefieren ahorrarse en gastos legales para mantener la enfermería accesible a todas horas.
El pasillo olía a detergente y a café de alguna oficina cercana.
—Creo no podré ir al cine.
—No importa —dije—. Podemos ver otra película en mi computadora.
—¿Entonces no irás tu solo?
—Claro que no —dije indignado, como si me hubiera acusado de un delito—. Me quedaré a asegurarme que no intentes forzar el pie así.
Noté que su mano, la que tenía en mi hombro, aflojó un poco la tensión. Solo la aflojó. Como si algo que cargaba se hubiera vuelto, por un segundo, un poco más ligero.
Cuando llegamos, mientras la enfermera lo revisaba, me quedé afuera junto a la puerta porque Evan dijo que seguro podría responder las preguntas por él. Escuché desde afuera cuando la enfermera dijo que no era fractura pero que tenía que descansar el pie dos días mínimo. Evan no respondió. Entonces supe que no pensaba descansar.
Salió, y antes de irnos la enfermera le dijo que ella informaría sobre su ausencia en clases en caso de ser necesario. Esta vez no cargué a Evan cuando íbamos de regreso al dormitorio, pero aceptó mi brazo cuando se lo ofrecí.