Marcada por el Alfa

Capítulo 13

Pierdo la noción del tiempo durante el trayecto, encerrada en la parte trasera del vehículo con las manos todavía atadas y la mordaza cortándome las comisuras de la boca, sintiendo cada bache del camino resonar dolorosamente en un cuerpo ya exhausto por el terror y la desesperación. Cuando finalmente el vehículo se detiene, la puerta se abre con brusquedad y unas manos me sacan sin ninguna consideración por mi estado, arrastrándome hacia una estructura oscura que apenas logro distinguir en la penumbra: un edificio de piedra antigua, medio en ruinas, escondido en lo profundo de un territorio boscoso que no reconozco en absoluto.

Me encierran en una habitación pequeña, con una única ventana demasiado alta y estrecha para ofrecer cualquier posibilidad de escape, y una puerta de madera reforzada con metal que se cierra con un chasquido metálico definitivo. Solo entonces alguien retira la mordaza y las ataduras de mis manos, dejándome sola en la oscuridad casi total, con apenas un rayo de luna filtrándose a través de la ventana alta.

Me dejo caer contra la pared fría, con las manos protectoras instintivamente cubriendo mi vientre, sintiendo el llanto que había estado conteniendo durante todo el trayecto finalmente desbordarse sin control. Pienso en Kael, cubierto de sangre, luchando contra fuerzas que lo superaban numéricamente, sin saber siquiera si logró sobrevivir esa noche. Pienso en Rosie, probablemente aterrorizada al descubrir mi ausencia repentina, sin ninguna explicación de lo que me sucedió. Pienso en mi bebé, ahora en un peligro que jamás imaginé cuando decidí que huir era la forma más segura de protegerlo.

Los días que siguen se convierten en una rutina de terror controlado, cuidadosamente calculado para mantenerme desestabilizada sin cruzar del todo hacia el daño físico directo. Me traen comida a intervalos irregulares, apenas lo suficiente para sobrevivir, siempre entregada por guardias silenciosos que nunca responden a mis preguntas desesperadas sobre lo que planean hacer conmigo, sobre si Kael está vivo, sobre cuánto tiempo más van a mantenerme encerrada en esta habitación fría y sin ventanas practicables.

Es al tercer día cuando Damien aparece por primera vez desde el secuestro, entrando a mi celda improvisada con una tranquilidad arrogante que hace que cada instinto de supervivencia en mi cuerpo se dispare de inmediato.

—Aria. —Pronuncia mi nombre con una familiaridad que no me ha ganado, sentándose en la única silla de la habitación con una elegancia calculada que contrasta agudamente con la crueldad que sé que es capaz de ejercer—. Espero que las condiciones no sean demasiado incómodas. Créeme, podrían ser mucho peores.

—¿Qué quieres de mí? —pregunto, con una voz que intento mantener firme a pesar del terror que corre por mis venas—. ¿Por qué me tienen aquí?

—Eres la pieza más valiosa que he tenido en años para negociar con Ravenswood. —Su sonrisa se ensancha, cargada de una satisfacción que resulta profundamente perturbadora—. Kael nunca ha permitido que nada le importe lo suficiente como para comprometer su territorio. Pero tú... —Su mirada baja hacia mi vientre con una atención que hace que se me revuelva el estómago—. Tú eres exactamente la debilidad que necesitábamos encontrar.

—No soy una debilidad —replico, con una furia que logra sobreponerse momentáneamente al miedo—. Soy una persona. Y este bebé no tiene nada que ver con tu conflicto con Ravenswood.

Damien se pone de pie entonces, acercándose con pasos lentos y deliberados que hacen que retroceda instintivamente hasta que mi espalda choca contra la pared fría de piedra.

—Tienes razón en una cosa —dice, deteniéndose a una distancia que resulta incómodamente cercana, estudiándome con una intensidad que no logro descifrar del todo—. No eres solo una pieza de negociación. Eres... interesante, Aria. Más de lo que esperaba cuando Kael empezó su búsqueda desesperada por toda la región.

Algo en su tono, en la forma en que sus ojos me recorren con una atención que va más allá del simple cálculo estratégico, hace que un escalofrío de repulsión me recorra completamente.

—No te atrevas —susurro, con una advertencia clara en mi voz, sintiendo el instinto protector hacia mi bebé mezclarse con una furia primitiva que nunca antes había experimentado con esta intensidad.

Damien se ríe, un sonido bajo y controlado que resulta más aterrador que cualquier grito.

—Relájate. No tengo ninguna intención de tocarte de esa forma, si es lo que temes. —Da un paso atrás, aunque su mirada sigue estudiándome con una fascinación que no logro comprender del todo—. Pero admito que entiendo por qué Kael abandonó su territorio, su responsabilidad como Alfa, durante semanas enteras solo para encontrarte. Hay algo en ti, Aria. Una fuerza que no esperaba encontrar en una loba sin manada.

—No sabes nada sobre mí.

—Sé más de lo que crees. —Se acerca de nuevo, esta vez rodeándome lentamente, como un depredador evaluando a su presa desde múltiples ángulos—. Sé que sobreviviste a la caída de tu propia manada. Sé que pasaste dos años completamente sola, sobreviviendo por tu propia cuenta sin depender de nadie. Eso requiere una fuerza considerable, Aria. Una fuerza que, francamente, encuentro bastante... cautivadora.

—Detente. —La palabra sale con toda la firmeza que puedo reunir, aunque mi voz tiembla ligeramente ante la proximidad amenazante de su presencia—. Sea lo que sea que estés insinuando, no me interesa. Nunca me interesará.

Damien se detiene frente a mí de nuevo, con una expresión que oscila entre la diversión y algo más oscuro, más posesivo, que hace que mi piel se erice de aprensión.

—Eso lo veremos —dice finalmente, con una calma que resulta mucho más aterradora que cualquier amenaza directa—. Tienes tiempo de sobra para reconsiderar tu posición, Aria. Kael no va a encontrarte fácilmente. Nuestro territorio está oculto por generaciones de precaución cuidadosa, y para cuando finalmente logre localizarnos, si es que lo logra, quizás hayas empezado a ver las cosas de forma diferente.




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