Marcada por el Alfa

Capítulo 20

Las semanas después de la ceremonia de apareamiento transcurren con una normalidad que todavía me sorprende cada mañana al despertar: desayunos compartidos con Kael antes de que atienda sus responsabilidades como Alfa, tardes aprendiendo de Greta sobre las tradiciones de la manada, noches tranquilas contemplando las estrellas desde nuestro balcón mientras mi vientre crece cada vez más, anunciando que el momento del parto se acerca inevitablemente.

Estoy en el jardín interior de la fortaleza, disfrutando de la brisa cálida de una tarde particularmente hermosa mientras converso con Elena sobre los preparativos finales para la llegada del bebé, cuando siento la primera punzada aguda que atraviesa mi espalda baja con una intensidad que me hace detener completamente mi conversación.

—¿Aria? —Elena nota mi expresión de inmediato, con una preocupación instantánea reemplazando la calma relajada que habíamos compartido hasta ese momento—. ¿Estás bien?

—No estoy segura —respondo, sintiendo otra oleada de tensión recorrer mi cuerpo, esta vez lo suficientemente intensa para hacerme sujetar el respaldo de la silla cercana con ambas manos—. Creo que... creo que podría ser el momento.

El pánico controlado que sigue es casi cómico en retrospectiva: Elena gritando instrucciones hacia los guardias más cercanos, quienes corren inmediatamente a buscar a la sanadora principal de la manada mientras otros se apresuran a localizar a Kael en medio de sus responsabilidades diarias como Alfa. Me ayudan a caminar hacia nuestros aposentos con un cuidado extremo, cada contracción intensificándose gradualmente con una regularidad que confirma, sin ninguna duda posible, que el momento tan esperado finalmente ha llegado.

—Respira, cariño —dice la sanadora, una mujer mayor llamada Fiona con manos expertas y una calma profesional que ayuda a contrarrestar el pánico creciente que amenaza con consumirme completamente—. Todo está progresando exactamente como debería. Vamos a cuidarte muy bien.

Kael llega minutos después, con una expresión de terror puro que contrasta dramáticamente con la autoridad absoluta que normalmente define cada uno de sus movimientos como Alfa. Se arrodilla junto a la cama donde Fiona me ha instalado cuidadosamente, tomando mi mano con una desesperación protectora que refleja exactamente el mismo pánico controlado que siento yo.

—Estoy aquí —dice, con una voz cargada de una emoción que apenas logra contener—. No voy a irme a ningún lado, Aria. Voy a estar aquí contigo durante todo esto.

—Los partos de las lobas suelen progresar más rápido que los de las humanas comunes —explica Fiona, examinándome con una eficiencia calmada que ayuda considerablemente a mantener mi propio pánico bajo control—. Considerando que estás en las primeras etapas, yo diría que vamos a conocer a este pequeño antes de que caiga la noche.

Las horas siguientes se convierten en un torbellino intenso de dolor, determinación, y una conexión profunda con Kael que trasciende cualquier palabra que pudiera encontrar para describirla completamente. Se mantiene a mi lado durante cada contracción creciente, susurrando palabras de aliento, permitiéndome apretar su mano con toda la fuerza que mi cuerpo puede generar sin quejarse jamás del dolor evidente que le causo.

—Lo estás haciendo perfectamente —murmura durante uno de los momentos más intensos, con su frente apoyada contra la mía mientras respiramos juntos a través de una contracción particularmente brutal—. Eres la persona más fuerte que he conocido en toda mi vida, Aria. Nuestro hijo tiene muchísima suerte de tenerte como madre.

A medida que la tarde avanza hacia el atardecer, con el dolor intensificándose hasta niveles que jamás había imaginado posibles, encuentro una fortaleza dentro de mí que reconozco como la misma determinación que me ayudó a sobrevivir la pérdida de mi manada original, los dos años de soledad completa, y las semanas devastadoras de cautiverio en manos de los Thornwood. Si logré sobrevivir todo eso, puedo sobrevivir esto también, puedo traer a esta pequeña vida al mundo con la misma fuerza inquebrantable que me ha definido durante cada momento difícil de mi existencia.

—Ya casi, cariño —anuncia Fiona, con una urgencia calculada en su voz que indica que estamos acercándonos al momento culminante de todo este proceso—. En la próxima contracción, necesito que empujes con toda tu fuerza.

Miro hacia Kael, encontrando en sus ojos dorados una mezcla devastadora de amor absoluto, terror protector, y una fe inquebrantable en mi capacidad de completar exitosamente este último esfuerzo monumental.

—Puedes hacerlo —dice, con una certeza absoluta que me proporciona exactamente la fuerza adicional que necesito en este momento crítico—. Estoy justo aquí contigo. Siempre voy a estar aquí contigo.

Cuando la siguiente contracción llega, con una intensidad que trasciende cualquier dolor que había experimentado hasta ese momento, empujo con toda la determinación que puedo reunir, sintiendo a Kael sosteniendo mi mano con una firmeza protectora mientras Fiona guía cada movimiento con una experiencia profesional tranquilizadora.

—Una vez más —instruye Fiona—. Puedo ver la cabeza. Ya casi terminamos, Aria.

Con un esfuerzo final que consume cada gota de energía que me queda, empujo una última vez, y el mundo entero parece detenerse durante un instante eterno antes de que el sonido más hermoso que jamás he escuchado llene la habitación completamente: el llanto agudo y vigoroso de nuestro bebé, anunciando su llegada al mundo con una fuerza que confirma inmediatamente su salud robusta.

—Es una niña —anuncia Fiona, con una sonrisa radiante mientras envuelve cuidadosamente a nuestra hija en una manta suave antes de colocarla directamente sobre mi pecho—. Perfecta y completamente saludable.

El momento en que finalmente sostengo a nuestra hija entre mis brazos, todavía cubierta con los rastros del nacimiento reciente pero innegablemente hermosa, con un mechón diminuto de cabello castaño oscuro y ojos que ya empiezan a abrirse curiosos hacia el mundo que acaba de encontrar, siento una oleada de amor tan absoluto e inmediato que las lágrimas caen sin control por mis mejillas.




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