Marcada por el Alfa

Capítulo 15

# Marcada por el Alfa

## Capítulo 15 — El primer rastro

**(POV: Kael)**

Llevamos dos días avanzando a través del territorio montañoso del este, moviéndonos con la cautela silenciosa que la misión exige, cuando finalmente Ren, nuestro rastreador más experimentado, levanta una mano cerrada en el gesto que hemos acordado para indicar que ha encontrado algo significativo.

Nos detenemos de inmediato, cada uno de nosotros deslizándose entre las sombras de los árboles con la disciplina silenciosa de guerreros entrenados durante años para este tipo de operación encubierta. Ren se agacha junto a un grupo de arbustos aplastados, estudiando el terreno con una concentración absoluta que refleja la seriedad del momento.

—Marcas de neumáticos —murmura, apenas lo suficientemente alto para que el resto del equipo pueda escucharlo—. Recientes, quizás de una semana. Y el patrón de las huellas sugiere un vehículo pesado, posiblemente el mismo tipo que se usaría para transportar prisioneros.

Mi corazón se acelera con una mezcla de esperanza desesperada y terror renovado, cada célula de mi cuerpo tensándose ante la posibilidad de que finalmente estemos cerca de encontrar el rastro real que hemos estado buscando durante días de investigación infructuosa.

—¿Hacia dónde se dirige? —pregunto, arrodillándome junto a Ren para estudiar las marcas con mis propios ojos, aunque confío completamente en su experiencia superior para interpretar correctamente lo que estamos viendo.

—Hacia el noreste. —Señala en esa dirección, hacia una zona de la montaña donde la vegetación se vuelve considerablemente más densa, casi impenetrable a simple vista—. Directamente hacia donde marcamos la ubicación más probable en el mapa.

Ezra, que se ha mantenido cerca durante todo el trayecto, se acerca con una expresión que mezcla la esperanza cautelosa con la preocupación estratégica que la situación exige.

—Necesitamos confirmar esto antes de avanzar más. Si nos acercamos demasiado sin la certeza absoluta, corremos el riesgo de alertarlos de nuestra presencia.

Asiento, obligándome a mantener la disciplina calculadora que esta misión requiere, a pesar de que cada instinto en mi cuerpo grita por avanzar inmediatamente, sin ninguna precaución adicional, directamente hacia donde el rastro nos está guiando.

—Continuamos con cautela extrema —decido finalmente—. Ren, tú lideras el rastreo. El resto mantenemos formación dispersa, listos para replegarnos de inmediato si detectamos cualquier indicio de vigilancia enemiga.

Avanzamos durante las siguientes horas con una lentitud metódica que resulta casi insoportable considerando la urgencia que consume cada pensamiento consciente que tengo, pero que sé, con la disciplina de una década de liderazgo estratégico, que es absolutamente necesaria para no comprometer toda la misión con un movimiento apresurado.

Es al caer la tarde, cuando el sol empieza a proyectar sombras largas entre los árboles densos de esta zona remota de la montaña, cuando finalmente Ren se detiene de nuevo, esta vez con una tensión mucho más marcada en cada línea de su cuerpo.

—Ahí —susurra, señalando hacia un punto distante entre la vegetación, apenas visible incluso con la vista aguda que compartimos como lobos—. Estructura de piedra. Antigua, probablemente construida hace generaciones. Y hay actividad, Kael. Guardias patrullando el perímetro.

Siento que el aire se me escapa de los pulmones de golpe, una mezcla devastadora de esperanza y terror asentándose en mi pecho con una intensidad que amenaza con quebrar toda la disciplina cuidadosamente mantenida que he exhibido durante los últimos dos días de búsqueda.

Nos deslizamos más cerca, manteniéndonos ocultos entre la vegetación densa, hasta que finalmente logro obtener una vista clara de la estructura que Ren identificó: un edificio de piedra antigua, medio en ruinas, pero claramente fortificado con adiciones más recientes que sugieren un uso activo y cuidadosamente mantenido. Cuento al menos seis guardias visibles patrullando el perímetro exterior, con la disciplina y coordinación que sugiere una fuerza militar considerablemente más organizada de lo que había anticipado.

—Es aquí —murmuro, sintiendo el tirón instintivo en mi pecho intensificarse hasta convertirse en algo casi doloroso, una certeza absoluta que trasciende cualquier duda racional—. Puedo sentirla, Ezra. Está aquí, en algún lugar dentro de esa estructura.

—Necesitamos confirmar visualmente antes de reportar esto al resto de la manada —dice Ezra, con una cautela que reconozco como necesaria, aunque cada instinto protector en mi cuerpo grita por avanzar inmediatamente hacia la estructura, sin importar el riesgo personal que eso pudiera implicar.

Pasamos las siguientes horas observando cuidadosamente los patrones de movimiento de los guardias, memorizando los cambios de turno, identificando puntos débiles potenciales en su sistema de vigilancia, cada detalle acumulándose en un plan mental que empiezo a construir con la precisión estratégica que una década liderando Ravenswood me ha enseñado a desarrollar incluso en las circunstancias más emocionalmente devastadoras.

Es casi medianoche cuando finalmente veo algo que hace que mi corazón se detenga por completo: una figura familiar, escoltada por dos guardias, siendo trasladada brevemente entre dos secciones de la estructura, iluminada momentáneamente por la luz de una antorcha cercana. Aria. Más delgada de lo que recordaba, con el cabello enredado y la postura de alguien que ha estado soportando semanas de condiciones difíciles, pero innegablemente viva, innegablemente ella.

—La vi —susurro, con una voz cargada de una emoción tan intensa que apenas logro mantener el control necesario para permanecer oculto entre las sombras—. Ezra, la vi. Está viva.

La expresión de Ezra refleja exactamente el mismo alivio devastador que siento yo, aunque mantiene la disciplina necesaria para susurrar su respuesta con la cautela que la situación todavía exige.




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