Mi padre

Gitano

Los estudios de mi padre, el «Gitano»

A mi padre toda la vida le dijeron «Gitano». Era un hombre extraordinariamente inteligente, pero carecía por completo de perseverancia. Mi madre tuvo que estarle encima, con una paciencia infinita, hasta que finalmente logró que se recibiera de contador. Según me enteré después, pasaba perdiendo una y otra vez la misma materia porque el profesor de la mesa examinadora sostenía una postura teórica y mi padre, testarudo e idealista como él solo, se plantaba en la contraria. No se bajaba del caballo por nada del mundo.

¡En eso salí idéntica a él, soy igual de cabezadura! Sin embargo, yo no soy tan tonta como para perder un examen tantas veces por puro orgullo. A veces en la vida hay que aprender a ser un poco más flexibles; el profesor es el que tiene el poder de la lapicera y, lamentablemente, hay que agachar la cabeza aunque a uno le moleste el alma. Mi padre recién pudo salvar esa dichosa materia el día en que ese docente no estaba en la mesa examinadora. Finalmente, recibió su título el 22 de julio de 1958 y se casaron en diciembre de ese mismo año.

Casi nunca ejerció la profesión. Su padre lo había obligado a estudiar ciencias económicas, pero su verdadera vocación frustrada era la medicina. De hecho, cuando alguno de nosotros se enfermaba en la infancia, él mismo nos revisaba con esmero. Con los años, le había dado por leer de arriba a abajo una enciclopedia de dieciséis tomos que teníamos en casa. Obviamente le fascinaba aprender por el puro placer del saber; otro rasgo entrañable que compartimos.

El telégrafo y las demoras de antaño

Muchas décadas después, hurgando entre los papeles que guardaba mi madre, encontré un telegrama amarillento que ella había atesorado desde antes de mi nacimiento.

En aquellos años de mediados del siglo XX, casi nadie tenía teléfono en Uruguay; en muchas localidades del interior no había ni una sola línea. Para comunicarse a la distancia, había que trasladarse hasta el pueblo más cercano y preguntarle a la operadora de la centralita cuánta demora había para la línea de larga distancia. La espera solía ser eterna hasta que lograban conectarte, y las llamadas costaban una fortuna.

No había celulares ni internet, por supuesto, y las cartas o postales eran una lotería: nunca sabías cuándo llegarían o si se perderían para siempre en el camino. Para los asuntos verdaderamente urgentes o importantes, la única vía segura era enviar un telegrama. No eran baratos en absoluto, ya que cobraban estrictamente por cada carácter utilizado, incluyendo los puntos de la puntuación y los datos del destinatario.

Un trozo de historia en un folio plástico

Aquel telegrama rescatado lo había enviado mi padre el día exacto en que logró salvar el examen (sospecho que fue el último, con el que se coronó contador). El papel está fechado un día 12 de octubre, presumiblemente de 1958. En ese momento, mi madre se encontraba en el campo con su familia y él estaba en Montevideo dando la batalla universitaria.

Estaba dirigido a: «FLIA LABANDERA PARA MABEL». Yo ya no me acordaba de que a mi madre la llamaban así en su juventud; a ella le reventaba ese apodo y, con el paso de los años, logró que todo el mundo empezara a llamarla por su verdadero nombre: Isabel o María Isabel.

El texto, conciso y directo para ahorrar caracteres, decía textualmente: «APROBE. SALUDOS Y BESOS». Y la firma al pie: «GITANO».

En cuanto lo tuve en mis manos, le saqué una fotografía. Se lo pedí a mi madre, sabiendo que en esta etapa de su vida ella está desprendiéndose de todas sus pertenencias materiales. Le reenvié la imagen a todos mis hermanos y conservé el papel original protegido en un folio plástico, tal como he hecho con tantos otros tesoros históricos de nuestro clan.

Decidí empezar a volcar todas estas historias en la computadora porque me niego a que mueran conmigo, o a que se borren para siempre de la faz de la tierra si el día de mañana me llega a tocar el fantasma del Alzheimer. Los recuerdos son lo único que nos queda.




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