Chaperones
El noviazgo de mis padres duró seis largos años. En aquella época todavía se estilaba que, cuando él venía a visitarla, alguien de la familia se sentara con ellos a hacer de chaperón. El único y efímero instante a solas que lograban tener era cuando mi madre lo acompañaba hasta el pasillo para tomar el ascensor. En esos breves segundos, mientras bajaba el coche, intentaban robarse algún beso. ¡Pero incluso entonces era una misión imposible! Había una vecina demasiado curiosa que, sin el menor pudor, los espiaba de manera constante a través de la mirilla de su apartamento.
Finalmente, el casamiento llegó en diciembre de 1958. Mi abuelo Raúl todavía estaba vivo, pero por alguna misteriosa razón no quiso ser el padrino de la boda. En su lugar ocupó ese rol el hermano mayor de mi padre, que se llamaba igual que su progenitor.
Revisando la foto del enlace —un detalle en el que jamás había reparado hasta el día en que escribí estas líneas, el 19 de enero de 2025—, descubrí un dato curioso de la época: mi abuelo materno entró del brazo de mi abuela paterna, mientras que mi abuela materna lo hizo del brazo de mi tío. Imagino que así lo dictaba el protocolo de esos años.
Durante décadas creí que el festejo posterior se había realizado en la casa de mis abuelos maternos; un cuadro de esa fiesta estuvo colgado en mi hogar desde que tengo memoria. Sin embargo, un buen día le pregunté a mi madre y me sacó del error: un vecino generoso les había prestado su apartamento para la celebración.
El misterio de la luna de miel
El 12 de enero de 2025, mi hermana Mona nos comentó en una charla familiar que la luna de miel de nuestros padres había sido en Punta del Este, el balneario más importante de Uruguay. Teníamos una foto de ellos en la playa que pensábamos que era de ese viaje, aunque mi otra hermana, Irene, sostenía que en realidad correspondía a Atlántida.
Para sacarme la duda, terminé consultando directamente a la fuente. Mi madre me confirmó que Elena Courtoisie, la esposa de Armin (uno de los hermanos de Mamama), les había prestado su residencia en Punta del Este para que pasaran sus primeros días de casados. Al escucharla, me llamó poderosamente la atención una coincidencia: muchísimos años después, cuando mis propios planes originales fallaron, yo también terminé pasando mi luna de miel en Punta del Este, y el apartamento me lo prestó mi tía Lila, la única hermana de mi padre. Los hilos invisibles de la familia siempre se vuelven a tejer.
Mona agregó otro dato que yo desconocía: tras la boda, mis padres se mudaron y vivieron un año entero en Buenos Aires, ya que mi padre trabajaba allí por los negocios de la familia. Aunque recuerdo haber viajado algunas veces a la capital argentina cuando era niña, no tenía la menor idea de que ellos se habían afincado allá en sus inicios.
Se siente verdaderamente extraño e intrigante pensar que yo estuve a nada de nacer argentina. Soy la hija mayor y llegué al mundo apenas un año y medio después de la boda; si ellos se hubiesen quedado en la otra orilla tan solo unos meses más, mi nacionalidad y mi historia habrían sido completamente diferentes.